Lo que se ve es la imagen de Manolo González en la banda tras ser anulado el gol de El Hilali ante el Villarreal. Un gesto de decepción, de abatimiento, de incomprensión. Dura apenas unos segundos pero explica muchas cosas. Esa expresión arrastra todo lo que no se ve, la sensación de impotencia cuando su equipo caminaba hace poco sin dudas hacia Europa, una fragilidad psicológica que convierte cualquier contratiempo en un obstáculo insuperable y la falta de recursos, sobre todo en defensa, para poder recuperar el nivel.
El desgaste mental tras los dos derbis y la presión por seguir en Europa han condicionado a un equipo que permanece unido
Lo que se ve es la imagen de Manolo González en la banda tras ser anulado el gol de El Hilali ante el Villarreal. Un gesto de decepción, de abatimiento, de incomprensión. Dura apenas unos segundos pero explica muchas cosas. Esa expresión arrastra todo lo que no se ve, la sensación de impotencia cuando su equipo caminaba hace poco sin dudas hacia Europa, una fragilidad psicológica que convierte cualquier contratiempo en un obstáculo insuperable y la falta de recursos, sobre todo en defensa, para poder recuperar el nivel.
Lo que se ve es un Espanyol que atraviesa uno de los tramos más delicados de la temporada, no tanto por una derrota concreta como por las muchas señales que apuntan en una misma dirección. El equipo ha perdido cinco de los seis últimos partidos y se ha convertido en el peor conjunto de la segunda vuelta de la Liga. El principal diagnóstico, avalado también por Manolo González, señala la pérdida de la fiabilidad defensiva. Los motivos son que la intensidad ha bajado, los errores individuales se han multiplicado y el equipo ya no domina las áreas.
Lo que se ve también son los números. Siete jornadas consecutivas encajando goles con el peor balance de cualquier equipo del campeonato en la segunda vuelta. Cabrera y Calero, dos bastiones durante el primer tramo del curso, encadenan ahora errores puntuales graves que han costado puntos, que han terminado erosionando la confianza del conjunto. El Hilali, lateral derecho titular, ha sido reprendido en público en varias ocasiones por Manolo González, llegando a ser castigado con alguna suplencia. Pero en el banquillo, el técnico no ha encontrado alternativas, dejando en evidencia la confección de la plantilla en este aspecto. Ni Riedel, ni Miguel Rubio, ni Rubén Sánchez han aprovechado sus oportunidades. Frente al Villarreal, José Salinas, sustituto de Carlos Romero, también acabó señalado.
Lo que se ve son los malos resultados, los errores defensivos y los arbitrajes desfavorables
A este contexto deportivo se le ha añadido un clima de incomodidad con el arbitraje. El equipo blanquiazul protesta decisiones arbitrales y se queda anclado en ellas. Con razón o sin ella, frente al Girona, dos penaltis en contra. Ante el Valencia, un error que incluso el CTA reconoció y que costó dos puntos. Frente al Villarreal, un gol anulado que marca un punto de inflexión psicológico en el partido. Lo que no se ve es cómo esas acciones afectan al juego posterior. Las decisiones arbitrales condicionan, pero más importante es cómo la frustración penaliza al equipo. En Vila-real, tras encajar el primer gol cerca del descanso, el equipo se vino abajo y recibió otros tres tantos en solo 20 minutos.
Y pese a todo ello, no es falso afirmar que el fútbol ha sido injusto con el Espanyol en este periodo, que no ha gozado de fortuna en ningún aspecto. Una derrota inmerecida frente al Barça, la doble zancadilla frente al Girona y el escándalo de Mestalla fueron partidos en los que el equipo blanquiazul no mereció la derrota.
En el vestuario no hay fisuras con respecto a la figura de Manolo González, que conserva el pleno apoyo de los jugadores, aunque sí existe recelo por errores individuales imperdonables, como el gol en propia portería que Kike García recriminó a Salinas a voz en grito en La Cerámica. Acostumbrado a sufrir, el vestuario trabaja para recomponerse cuanto antes y superar el duelo que han provocado las últimas derrotas.
Lo que no se ve es la fragilidad psicológica del equipo ante cualquier mínimo contratiempo
Lo que se ve desde el entorno es el ruido que llega desde Inglaterra por la gestión de Alan Pace en el Burnley, penúltimo de la Premier. La inquietud, hasta ahora latente, ha crecido por la ausencia de decisiones institucionales desde su llegada, que se une a la baja por enfermedad de Fran Garagarza. Un solo fichaje en el mercado de invierno, el belga Ngonge, es lo que se ve. Lo que no se ve es el impacto en el vestuario de esa falta de refuerzos, sobre todo en defensa, y la sensación de ir justo de recursos en un tramo de máxima exigencia.
El Espanyol vive entre lo visible y lo invisible. Se ven los errores individuales, los goles encajados y las protestas arbitrales. No se ven tanto las dudas futbolísticas, el desgaste mental tras derrotas muy emocionales y la presión por los recursos limitados. Pero los resultados también han ocultado los buenos momentos del equipo en este tramo negativo. En ello se apoya Manolo González para levantar al vestuario. El Celta, quien ya le devolvió a la vida hace dos años, vuelve a asomar como el partido clave.
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