Quienes imaginaron (me incluyo) un Barça enrabietado por el mandoble del Atlético en el Metropolitano en la Copa y con ganas de recuperar ese liderato en la Liga que supuestamente le pertenecía se llevaron una decepción mayúscula. El equipo de Flick compareció en Montilivi con el alma secuestrada, mostrando un fútbol inconsistente, desordenado y, lo que es más inexplicable, de andares arrogantes hasta que se vio contra las cuerdas.
Quienes imaginaron (me incluyo) un Barça enrabietado por el mandoble del Atlético en el Metropolitano en la Copa y con ganas de recuperar ese liderato en la Liga que supuestamente le pertenecía se llevaron una decepción mayúscula. El equipo de Flick compareció en Montilivi con el alma secuestrada, mostrando un fútbol inconsistente, desordenado y, lo que es más inexplicable, de andares arrogantes hasta que se vio contra las cuerdas. Seguir leyendo…
Quienes imaginaron (me incluyo) un Barça enrabietado por el mandoble del Atlético en el Metropolitano en la Copa y con ganas de recuperar ese liderato en la Liga que supuestamente le pertenecía se llevaron una decepción mayúscula. El equipo de Flick compareció en Montilivi con el alma secuestrada, mostrando un fútbol inconsistente, desordenado y, lo que es más inexplicable, de andares arrogantes hasta que se vio contra las cuerdas.
Se entregó el Barça desde el inicio a un correcalles en el que el Girona se prestó a circular hasta descifrarlo con la idea de perder el miedo. A la que se lanzó, inició un abordaje que tumbó al rival. La recta final del partido fue una tortura para los azulgrana, incapaces de atacar una sola vez con inteligencia y golpeados por una decisión arbitral (hubo falta clara a Koundé) que desviará la atención sobre lo fundamental: el equipo de Flick necesita un reseteo futbolístico urgente y no notas contra el comité de árbitros que alimentan un victimismo improductivo. Exclusiva: no les van a hacer caso.

Joan Monfort/AP
Es obvio que sin Pedri se acentúa la incapacidad del Barça de templar los partidos pese a que De Jong y Olmo, doble pivote en Montilivi, posean la características para lograrlo. Uno se pregunta a estas alturas si no será Flick quien les pide a los centrocampistas esa prisa en llegar a destino sin parar en ninguna estación, convencido de que Rapinha y Lamine Yamal la meterán dentro y no la enviarán el poste. Si en algo no sobresalen De Jong y Olmo, ahí no hace falta el dichoso algoritmo, es en el arte de la recuperación de balones (en el primer gol del Girona la presión de ambos fue la de una botella de Coca Cola olvidada una semana en la nevera), de modo que si el partido tuvo mucho de ida y venida quizás fuera deliberado. Tremendo error. La fórmula funciona de maravilla cuando los puntas del Barça están finos, pero cuando no, el equipo azulgrana se vulgariza y se entrega a una lotería que rivales como el Girona, hábiles en salir en transiciones rápidas, saben aprovechar. El VAR indigna, pero la respuesta consiste en recuperar la calma.
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