La cabeza de Stuani, obviamente una estatua, podría esculpirse junto a la Catedral de Girona. Son incontables los goles que ha fabricado, que han dado ascensos, evitado descensos, acompañado a su equipo hacia una Champions soñada, y ahora, en los estertores de su carrera, siguen encontrando oro en desiertos como el de Vallecas, donde el equipo de Míchel estaba ya por los suelos y vencido (1-0), en un partido para olvidar hasta que, de un córner inocuo, el uruguayo atinó a rematar tan ajustado al palo que Batalla se lanzó pero el balón entró a cámara lenta, con suspense, y tocó el palo para besar la red e impulsar el banquillo de Míchel, que lo celebró como una victoria con Stuani. Un abrazo repetido tantas veces… Era ya el minuto 90.
El delantero, ya en el añadido, rescata un punto para los de Míchel, siempre a merced de un Rayo que se había adelantado apenas cinco minutos antes por medio de Alemao
La cabeza de Stuani, obviamente una estatua, podría esculpirse junto a la Catedral de Girona. Son incontables los goles que ha fabricado, que han dado ascensos, evitado descensos, acompañado a su equipo hacia una Champions soñada, y ahora, en los estertores de su carrera, siguen encontrando oro en desiertos como el de Vallecas, donde el equipo de Míchel estaba ya por los suelos y vencido (1-0), en un partido para olvidar hasta que, de un córner inocuo, el uruguayo atinó a rematar tan ajustado al palo que Batalla se lanzó pero el balón entró a cámara lenta, con suspense, y tocó el palo para besar la red e impulsar el banquillo de Míchel, que lo celebró como una victoria con Stuani. Un abrazo repetido tantas veces… Era ya el minuto 90.
Con este punto, el Girona entra en el club de los 39 con Mallorca, Espanyol y Elche, dos y tres por encima de Alavés y Levante, ahora mismo los equipos que descenderían. Los de Míchel necesitan al menos una victoria para respirar. Cuatro puntos para hacerlo ya tranquilos.
Sonaba a todo trapo Fiesta Pagana de Mago Oz (parece que hay poco católico en Vallecas) cuando Rayo y Girona asomaron por el túnel de vestuarios en un día histórico en el barrio madrileño. Era el partido de la gran resaca, la mayor de su historia, después de clasificarse para la final de la Conference League el pasado jueves en Estrasburgo. Si el curso anterior fue el equipo de Míchel el que disfrutó de la Champions, han sido los de Íñigo Pérez los que en el presente han llegado más lejos en Europa. Le espera el día 27 en Leipzig ante el Crystal Palace una final para el recuerdo pase lo que pase. En su caso, llegar ya es una de las proezas del año.
No quedará en la memoria, ni registrado en la IA, el partido de anoche. Un Rayo oficiosamente salvado (quizás le resta un punto) y un Girona contra las cuerdas, que necesita monedas de oro para sobrevivir en Primera. Y le va a costar sangre conseguirlas, visto lo visto en el estadio del barrio de su entrenador, aplaudido como de costumbre.
Los primeros minutos las imágenes de los banquillos eran idénticas. Aspavientos, manos en la cabeza, movimientos de brazos a jugadores, resoplidos… Especialmente Míchel, que se desesperaba cada vez que sus jugadores cometían errores técnicos o se contagiaban del ambiente frío, más propio de marzo que de mayo, para no correr ese metro más. Pasó tan poco que hasta el minuto 20 Joel Roca, el más desequilibrante de los visitantes, no se plantó delante de Batalla en un error de salida de balón de los locales, pero la defensa reaccionó rápido y al extremo le faltó ferocidad. El susto espabiló al Rayo, que le metió una marcha más con Camello, De Frutos y Pathé Ciss, relajado en ocasiones, imperial en otras. Míchel abroncó a los centrales y a Ounahi, un islote en ataque, pasivo por momentos, espectador de las dos ocasiones que rozaron el 1-0 de Camello: un cabezazo que se perdió por un metro y un mano a mano que resolvió con un tiro cruzado que despejó Gazzaniga. El Girona estaba dormido. Y Míchel, al llegar el descanso, se marchó a paso ligero al vestuario con la mirada al suelo, solo, cavilando en las soluciones.
Pero no hubo manera. Ni los cambios ni el cansancio del Rayo, más castigado de minutos. El partido siguió transitando en una especie de descampado, aburrido, con algún repunte, como el penalti que señaló el árbitro por mano de Óscar Valentín. Después de mirarlo en el VAR, corrigió la decisión.
Las conducciones de Joel Roca y el juego entre líneas de Fran Beltrán eran las únicas armas de un Girona plano, que alejó el partido de su área pero que se vio sometido por momentos. Entró Alemao, el héroe con sus dos goles de las semifinales de Conference, y recibió una gran ovación. Y sin duda el brasileño está en estado de gracia. Cazó un balón de Unai López para desviarlo y teledirigirlo a la portería. El Rayo, incluso, tuvo el 2-0 en la acción siguiente en la que desperdiciaron un tres contra uno. Pero finalmente apareció Stuani, otro héroe esperado y eterno. Y su gol puede valer una permanencia.
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