Durante 28 años los aficionados al futbol vivimos un mismo ritual cada cuatro años, el Mundial de futbol con 32 selecciones, ocho grupos, una fase eliminatoria limpia y perfecta de dieciséis equipos. Es evidente que era un formato que funcionaba. Existían momentos de gran tensión, equilibrio, justicia y una lógica deportiva clara. Pero el Mundial 2026 la ha roto y sería interesante plantearse por qué y a qué precio.
Durante 28 años los aficionados al futbol vivimos un mismo ritual cada cuatro años, el Mundial de futbol con 32 selecciones, ocho grupos, una fase eliminatoria limpia y perfecta de dieciséis equipos. Es evidente que era un formato que funcionaba. Existían momentos de gran tensión, equilibrio, justicia y una lógica deportiva clara. Pero el Mundial 2026 la ha roto y sería interesante plantearse por qué y a qué precio.Seguir leyendo…
Durante 28 años los aficionados al futbol vivimos un mismo ritual cada cuatro años, el Mundial de futbol con 32 selecciones, ocho grupos, una fase eliminatoria limpia y perfecta de dieciséis equipos. Es evidente que era un formato que funcionaba. Existían momentos de gran tensión, equilibrio, justicia y una lógica deportiva clara. Pero el Mundial 2026 la ha roto y sería interesante plantearse por qué y a qué precio.

Existe una respuesta clara y sencilla, el dinero. Pasar de 32 a 48 selecciones da lugar a que existan 104 partidos, en vez de 64. Lo que supone evidentemente más derechos televisivos, muchos más patrocinadores, muchas más entradas vendidas, más ciudades implicadas, más países con su selección dispuestos a consumir el producto. La coartada de la FIFA es clara, lo explican como la democratización del fútbol, cuando todos sabemos que no es más que la sublimación del negocio. Es cierto que ambas pueden coexistir, pero convendría no confundirlas.
La FIFA ha decidido pasar de 32 a 48 selecciones y el motivo tiene una respuesta clara y sencilla: el dinero
Se otorga más posibilidades a selecciones de África, Asia o de la CONCACAF que solían quedar fuera. Está claro que los 16 nuevos clasificados que entran en este Mundial prácticamente todos ellos hubieran quedado fuera en el antiguo formato. Y eso va a tener repercusiones sobre el terreno de juego. Los partidos más desequilibrados, aquellos que no mantienen la incógnita del resultado, se multiplicarán. La intensidad competitiva al que nos tiene acostumbrado el fútbol actual de calidad disminuirá. Por lo que el aficionado entendido tendrá motivos para sentirse estafado.
Pero ya no solo tiene una consecuencia respecto de la calidad técnica, también pierde mucha emoción. El sistema actual de clasificación permite que los ocho mejores terceros de los 12 grupos pasen también de ronda. Antes la etapa de grupos era apasionante, una eliminación con mayúsculas. Todos recordamos la cantidad de aficionados que vivían con auténtica tensión en el tercer partido de grupo, en el que te lo jugabas todo. El hecho de que más equipos vivan más tiempo puede sonar atractivo, pero genera mucha menos incertidumbre y eso puede hacer tediosa la fase de grupos.
El formato de 32 equipos puede que no fuese un legado sagrado, la única opción. Llegó en Francia 98 y apenas ha durado siete ediciones. Pero toda una generación y media lo ha vivido como si siempre hubiera sido así y seguramente la razón es porque funcionaba muy bien. Da la sensación de que era un equilibrio correcto entre inclusión y exigencia, entre espectáculo global y competición real. Es legítimo que se pudiera romper, pero para ello era necesario una justificación deportiva sólida. Pero la FIFA no ha sabido darla y en el fondo creo que porque no existe. Lo que sí realmente existe es una cuenta de resultados, que es lo que más le gusta a la FIFA.
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