Como un David peleando entre Goliats, Moha Attaui (24) se mueve entre líneas, buscando el flanco débil de los gigantes.
El adolescente Cooper Lutkenhaus, de 17 años, se hace con el oro e irrumpe en la escena internacional
Como un David peleando entre Goliats, Moha Attaui (24) se mueve entre líneas, buscando el flanco débil de los gigantes.
Moha Attaui contempla al enorme Cooper Lutkenhaus, que en realidad es un crío de 17 años, y al encrespado Eliott Crestan, un belga que se maneja de maravilla en el indoor, y cuando le preguntamos cómo se siente entre esos grandullones, él que ronda el 1,77m y tiene los brazos flacos y el pecho hundido, nos dice:
–Para nada me intimidan estos tipos tan grandes. Pero a veces pienso: “Ojalá tuviera esa envergadura y esa zancada”. Piense que tengo que dar tres pasos por cada dos suyos… Lo que pasa es que, cuando ellos petan, con ese corpachón, lo normal es que peten mucho más que yo.
Y así, esperando el reventón de los cíclopes, es como se maneja el pequeño Attaui: mientras los otros porfían, el cántabro de Beni Melal acelera la frecuencia del paso, nos regala un espectáculo fascinante, pues es como si activara un motor extra, un fuelle que le propulsa hacia adelante y le permite entrar en la carrera, este 800 que gestiona con sabiduría y paciencia, y que tanto sufrimiento genera en su entorno, en Thomas Dreissigacker, su entrenador en el On Athletics Club (OAC), y entre la hinchada de Torrelavega.
La consecuencia es un bronce mundial (1m44s66, tras el adolescente Lutkenhaus, que registra 1m44s24, y Crestan), y este es el mayor de los hitos que el cántabro ha firmado hasta ahora (lucía un quinto en los Juegos de París 2024 y otro quinto en los Mundiales de Tokio 2025).
-Si arranco un bronce, me parecerá bien. Pero si es un oro, mejor -nos contaba Attaui días atrás, en una entrevista con La Vanguardia, cuando también nos decía-: lo que no puedo hacer es una carrera tan mala como aquella de Tokio. Aquel día me equivoqué, me pongo un tres sobre diez.
Y se lamenta por haber intentado meterse por dentro, cuando no había espacio, y de enredarse y al final quedarse en nada.
En realidad, esta vez no se equivoca tanto.
Sin embargo, tampoco lo borda.
Hay riesgos y sinsabores en su forma de plantearse las pruebas. Aparecer desde atrás, en la pista cubierta, es un galimatías. Se abren y se cierran puertas, los rivales son listos y no regalan el espacio, no entregan el anillo, y el ritmo se acelera y se entrecorta, se pierde la inercia y en esa batalla, Attaui va y viene.
Cuando el grupo entra en la última vuelta, tras cruzar el 600 en 1m17s, Lutkenhaus y Crestan ya están colocados por delante pero Peter Bol anda algo abierto y Attaui no sabe muy bien qué hacer para superarle, si salir a la calle 2 o intentar el interior.
Opta por el interior, y Bol se cierra, y ahí a Attaui se le rompen la inercia y el espacio y se le esfuman las opciones de oro, ahora solo puede pelear con el aussie. Lo hace antes de la última curva, otra vez por el interior, y ahí se encrespa y ya no le da, se le escapa el oro pero atrapa un bronce que eleva a cuatro los podios del atletismo español en estos Mundiales, pas mal.
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