Mientras el Mallorca se quemaba en las llamas del descenso, Muriqi salió esta semana a decir que si el año que viene se quedaba Demichelis y llegaban tres fichajes, el equipo podría ir a Europa. El delantero kosovar es capaz de pensar en acabar un triatlón en la sala de urgencias de un hospital con los huesos rotos. Y de esa fe inquebrantable, marcada en sus cicatrices, nació la victoria del Mallorca ante un Real Madrid que se dejó otra porción de una Liga cada vez más cerca de viajar de nuevo a Barcelona (2-1).
Morlanes adelantó al Mallorca en el minuto 41 ante la pasividad del mediocentro francés y el kosovar resolvió tras el 1-1 de Militao en una acción de delantero centro
Mientras el Mallorca se quemaba en las llamas del descenso, Muriqi salió esta semana a decir que si el año que viene se quedaba Demichelis y llegaban tres fichajes, el equipo podría ir a Europa. El delantero kosovar es capaz de pensar en acabar un triatlón en la sala de urgencias de un hospital con los huesos rotos. Y de esa fe inquebrantable, marcada en sus cicatrices, nació la victoria del Mallorca ante un Real Madrid que se dejó otra porción de una Liga cada vez más cerca de viajar de nuevo a Barcelona (2-1).
Las rotaciones de Arbeloa no surtieron efecto y la necesidad de los de Demichelis, que apostó por el talento de jugadores como Darder, Morlanes, Pablo Torre y Samu Costa en mediocampo, primó ante la clase varada blanca, más ejemplificada en la desidia de Camavinga que en la aceleración de un renacido Mbappé.
El mediocentro francés sale en todas las fotografías. Fue un dolor de muelas para su propio equipo, desacertado con balón y en acciones técnicas sin complejidad, parsimonioso a la hora de perseguir a Morlanes en la acción del 1-0 que decantó el partido. Rüdiger le mandó una bronca de aquellas que se escuchan hasta con el televisor silenciado. Camavinga justificó la decisión de Arbeloa de sentarlo por Pitarch desde hace un mes y de la dirección deportiva de ponerlo en el mercado (o ver con buenos ojos una venta). No progresa el zurdo en un Madrid carente de mediocentros con mando y juego.
Es curioso como el Mallorca pescó en río revuelto leyendo a la perfección lo que iba a hacer el Madrid. Con Vinícius en el banquillo, Demichelis utilizó el rombo en mediocampo que tanto puso de moda Jorge Valdano en los noventa: Darder en la base de la jugada con Costa y Morlanes de escuderos y Torre en la mediapunta. Minado el centro, al Madrid solo le quedaban las bandas, pero sin extremos era más difícil desequilibrar. Por eso Camavinga rompió líneas y Mbappé se acostó al lado preferido en busca de balones en profundidad. Y los tuvo.
Primero, un desplazamiento de Rüdiger de cincuenta metros que acabó en córner por el desempeño de la defensa bermellona; posteriormente, por un pase del propio Camavinga, en su mejor acción del partido, que desbarató Leo Román con la pierna derecha. Y, el tercero, otro pase al espacio de Arda Güler para el francés, que teledirigió el lanzamiento e hizo volar a Román. Titular por primera vez tras todo lo que rodeo a su rodilla, comandó a un Madrid más caótico, menos agresivo en la presión y faltó de referencias, pues el pichichi de la Liga se movió con libertad por todos los costados.
Metro a metro, el Mallorca fue incomodando a los merengues. Muriqi apretó a Rüdiger en uno de esos duelos que demuestran que la belleza del fútbol también está en esas batallas en los fondos. En una de ellas, Morlanes, en el munito 35, se quedó solo delante de la portería con el balón cayendo del cielo. No era el jugador indicado. Saltó a destiempo y el balón se marchó fuera. No perdonó cinco minutos después, al recibir un centro de Maffeo dentro del área y resolver con las ganas y la técnica que le faltaron a Camavinga.
Por detrás en el marcador, Arbeloa no se anda con chiquitas. Salieron a la hora de juego Vinícius, Bellingham y Militao, ambos reaparecidos tras meses de ausencia. Pero el Mallorca se agigantó en los pies de Darder y en la fuerza de Valjent. Militao, en el minuto 88 y a lo Sergio Ramos, empató para hundir los sueños locales. Su cabezazo fue un poema. Pero el mejor soneto estaba por escribirse. Y lo hizo Muriqi, dos minutos después, en el añadido: control con la izquierda, golpeo arriba con la derecha y lágrimas en los ojos después de unas semanas duras con un penalti fallado en Elche y la no clasificación para el Mundial con Kosovo. Pero su fe triunfa. No la del Madrid, que llega herido a la Champions. Cuando es, precisamente, más peligroso.
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