Hasta el norteamericano menos patriota padece una variante del síndrome del personaje principal. Cree que su país es el escenario de la trama principal y el resto del planeta son los extras del DVD Leer Hasta el norteamericano menos patriota padece una variante del síndrome del personaje principal. Cree que su país es el escenario de la trama principal y el resto del planeta son los extras del DVD Leer
¿Existe un país más extraño que Estados Unidos?
Hasta el norteamericano menos patriota padece una variante del síndrome del personaje principal. Cree que su país es el escenario de la trama principal y el resto del planeta son los extras del DVD. No hay más que ver las entrevistas a Bad Bunny en las que se pone sobre la mesa la novedad que supone para un norteamericano no entender la letra de una canción. Sin embargo, el afán de protagonismo de EEUU podría ser la razón por la que le resulta imposible comportarse como la nación más rica del mundo, o sea, el rey en los cuentos de hadas, el personaje secundario por antonomasia.
En las historias que sobreviven siglo a siglo el héroe nunca es el que acumula más poder que los demás. Es posible que lo adquiera, pero en la última página. Si la historia continúa más allá del pelotazo las cosas tienden a volverse incómodas. Por ejemplo, el mito del rey Arturo ha florecido en la cultura popular gracias a los relatos que se benefician de su ausencia. Ya sea porque se ha ido a las cruzadas o porque está en otro torreón mientras su mujer se la pega con Lancelot. Cuando el protagonista es rico el desenlace tiende a ser trágico (Gatsby), y cuando sus aventuras se adaptan a los nuevos tiempos parecen cada vez más torturados (Batman) o se les tortura más (Lara Croft).
La auténtica América Grande, la cuna de héroes y leyendas que embruja a la de ahora es anterior a la que promete Trump, pero no mucho. Nuestro Cid Campeador se desdibuja en las nieblas del pasado, pero la nieta de su Buffalo Bill murió en el año 1987. Cuando los americanos, tanto republicanos como demócratas, le explican al resto del mundo el valor que le otorgan a las armas de fuego nos recuerdan la delirante Segunda Enmienda y refieren cómo el país conquistó el suelo y peleó su libertad. Es historia reciente, pero, a la vez, es la invocación de unas raíces mitológicas. Como si los europeos explicáramos nuestras políticas de aduanas citando a Homero.
La sociedad americana sabe que son los líderes del mundo libre, que su economía marca el paso de la nuestra y que su cultura es dominante. Saben que en países como el nuestro aprendemos sus canciones, aunque no entendamos la letra, vemos sus películas en masa y reproducimos sus guerras culturales al pie de la letra, con poco más de un año de retraso. Sin embargo, aceptan tener una esperanza de vida más baja que la nuestra y que ir al quirófano o sacarse una carrera pueda arruinarles de por vida. Conviven con la violencia y la miseria. Quizás sea así porque en su subconsciente, rifle en mano, todavía están conquistando el Oeste.
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