Treinta años han pasado desde que el divorcio de Diana de Gales y el entonces príncipe Carlos puso fin al matrimonio que había sido presentado como un cuento de hadas. La ruptura abrió para la princesa una etapa de libertad fuera del protocolo de la familia real británica, aunque duró poco más de un año.
El divorcio de la pareja puso fin en agosto del 1996 a un matrimonio marcado por los escándalos y la atención de la prensa
Treinta años han pasado desde que el divorcio de Diana de Gales y el entonces príncipe Carlos puso fin al matrimonio que había sido presentado como un cuento de hadas. La ruptura abrió para la princesa una etapa de libertad fuera del protocolo de la familia real británica, aunque duró poco más de un año.
Carlos y Diana llevaban separados oficialmente desde diciembre de 1992, cuando el entonces primer ministro John Major comunicó la decisión ante la Cámara de los Comunes. El divorcio definitivo se produjo el 28 de agosto de 1996, cuando el palacio de Buckingham anunció que el Tribunal Superior de Londres había emitido el ‘decreto absoluto’ que ponía fin al matrimonio, celebrado el 29 de julio de 1981.
La ruptura llegó después de años de crisis y escándalos en torno a la pareja. A finales de 1995, Diana concedió una entrevista al programa Panorama de la BBC en la que habló abiertamente de la relación que Carlos mantenía con Camila Parker Bowles. “Éramos tres en este matrimonio, por lo que estaba un poco concurrido”, afirmó entonces la princesa, en una frase que quedó ligada a la crisis de la monarquía.

Las declaraciones provocaron un fuerte escándalo y aumentaron la presión sobre la familia real. La reina Isabel II consideró insostenible la situación e instó a Carlos y Diana a tramitar el divorcio. Tras meses de negociaciones legales, el acuerdo concedió a la princesa una compensación de 17 millones de libras y le permitió mantener su residencia en el palacio de Kensington.
A cambio, Diana perdió el tratamiento de Su Alteza Real y pasó a ser formalmente Diana, Princesa de Gales. También perdió el estatus que la vinculaba por dinastía a sus hijos, Guillermo y Enrique. El intento de la monarquía de marcar distancias con ella, sin embargo, no redujo su popularidad.
La pérdida de sus títulos terminó incluso por reforzar la imagen pública de Diana. Libre de buena parte de las obligaciones del protocolo, la princesa pudo desarrollar con mayor libertad su labor humanitaria y consolidó su cercanía con las personas más vulnerables.
Diana mantuvo una intensa presencia pública durante esa etapa. Entre sus campañas destacó la lucha contra las minas antipersonas, una causa que la llevó a caminar entre estos artefactos explosivos en Angola. Allí volvió a mostrar una faceta alejada de la solemnidad asociada a la familia real.
La nueva etapa duró apenas un año y tres días. En la madrugada del 31 de agosto de 1997, Diana murió en un accidente bajo un puente de París mientras el vehículo en el que viajaba junto a su entonces pareja, Dodi Al Fayed, era perseguido por paparazzi. Dodi, hijo del propietario de los grandes almacenes Harrods, Mohamed Al Fayed, también murió en el accidente.

La muerte de Diana puso fin de forma trágica a la etapa que había comenzado con su divorcio. Durante ese breve periodo, su popularidad y su presencia en los medios continuaron siendo enormes, hasta el punto de que su figura seguía eclipsando públicamente a Carlos.
Tres décadas después, la monarquía británica se ha adaptado a unos tiempos en los que el divorcio ya no es un tabú para las realezas europeas. La imagen de Diana permanece en algunos recuerdos, como tazas o postales, aunque su figura resulta más lejana para las nuevas generaciones.
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