Domingo, 8.30 h de la mañana. Junto al mercado de Sant Antoni, delante de la terraza del bar-restaurante Els Tres Tombs, un grupo de 30 espontáneos intercambia cromos del Mundial. Es un circuito alternativo, probablemente parasitario, a las paradas oficiales. Dos de los espontáneos llevan la camiseta de la selección española y comparten unas listas interminables en las que figuran los cromos repetidos y el precio de la transacción. En ningún momento escucho las expresiones tengui , falti y repe que tanto definieron mi infancia coleccionista (debuté en la temporada 1971-1972, con un cromo de José Eulogio Gárate).
Domingo, 8.30 h de la mañana. Junto al mercado de Sant Antoni, delante de la terraza del bar-restaurante Els Tres Tombs, un grupo de 30 espontáneos intercambia cromos del Mundial. Es un circuito alternativo, probablemente parasitario, a las paradas oficiales. Dos de los espontáneos llevan la camiseta de la selección española y comparten unas listas interminables en las que figuran los cromos repetidos y el precio de la transacción. En ningún momento escucho las expresiones tengui , falti y repe que tanto definieron mi infancia coleccionista (debuté en la temporada 1971-1972, con un cromo de José Eulogio Gárate).Seguir leyendo…
Domingo, 8.30 h de la mañana. Junto al mercado de Sant Antoni, delante de la terraza del bar-restaurante Els Tres Tombs, un grupo de 30 espontáneos intercambia cromos del Mundial. Es un circuito alternativo, probablemente parasitario, a las paradas oficiales. Dos de los espontáneos llevan la camiseta de la selección española y comparten unas listas interminables en las que figuran los cromos repetidos y el precio de la transacción. En ningún momento escucho las expresiones tengui , falti y repe que tanto definieron mi infancia coleccionista (debuté en la temporada 1971-1972, con un cromo de José Eulogio Gárate).
Con buen criterio, los padres acompañan a sus hijos, que, impacientes, abren los álbumes para enseñar unas páginas en las que, como en una dentadura imperfecta, faltan piezas relevantes. Actúan como los representantes de comercio en el momento de abrir la maleta con el gèneru sobre el mostrador de un cliente potencial. Algunos utilizan el móvil para compartir fotografías de cromos, pero la mayoría prefiere el montón de cromos recogido con goma de pollo.
La motivación sentimental del coleccionista es la posibilidad de completar el álbum
Podríamos pensar que los cromos más buscados serán los de Messi y Cristiano Ronaldo, pero las transacciones más importantes a las que asisto tienen que ver con las selecciones de Colombia y Túnez. La lengua común de este apéndice ilegal del mercado es el castellano, con variaciones sudamericanas que enriquecen la pronunciación del nombre de algunos jugadores. En la terraza de Els Tres Tombs, en cambio, predomina el inglés de unas guiris que descubren el pan con tomate en un espacio que aún no se ha rendido a las liturgias del puto brunch.
Aquí, la motivación sentimental es la posibilidad, remota o inminente, de completar el álbum. Para los aficionados que ya no vivimos la pasión por los cromos, el Mundial nos proporciona otros abismos de simpatía y antipatía por determinadas selecciones. La española –lo he comentado alguna vez– tiene el honor de provocar, en Catalunya, pasiones de adhesión y de repulsa casi simétricas.
¿Y el resto? ¿A favor de quién vamos en un Canadá-Marruecos? Por un lado, piensas que Marruecos podría haber sido la selección de Lamine Yamal, pero, por otro, te pesa la admiración que, desde pequeño, sientes por Canadá, no por ninguna razón patriótica, sino porque su bandera siempre te ha parecido un prodigio de creatividad gráfica. A Brasil lo admiras por su indiscutible patrimonio futbolístico y por la mezcla de alegría melódica y de solemnidad de un himno que reconforta casi tanto como el de Italia, lamentablemente ausente (¡ah, cuando lo cantaba el gran Agustí Fancelli!). ¿Y el España-Portugal de hoy? Si gana España, me alegraré porque soy de los que quieren que España se clasifique. Pero si gana Portugal, tampoco me sabrá tan mal porque su seleccionador, Robert Martínez, es de Balaguer.
Deportes
