–Por favor, no haga movimientos bruscos, nunca camine hacia atrás, deje espacio libre para que pasen los mecánicos y no toque ningún componente de los prototipos porque todo está ardiendo y se podría quemar.
‘La Vanguardia’ pasa una mañana en el box de Aston Martin en el Circuit de Catalunya
–Por favor, no haga movimientos bruscos, nunca camine hacia atrás, deje espacio libre para que pasen los mecánicos y no toque ningún componente de los prototipos porque todo está ardiendo y se podría quemar.
Simon Strang me mira fijamente, necesita saber que entiendo lo que me dice, que las instrucciones son claras, pues el asunto está tenso: me ha traído al box de Aston Martin y la carrera está lanzada, me refiero a las 6 Horas del Mundial de Resistencia que se celebraba este domingo en el Circuit de Catalunya.
Los mecánicos sestean; parecen leopardos en reposo, leopardos con casco y un auricular en la oreja
(Y debía haberse celebrado en Qatar, pero la guerra de Irán lo ha enturbiado todo y, sin que sirva de precedente, la gente de la Federación Internacional de Automovilismo, la FIA, ha preferido traer la prueba a un lugar más seguro).
En el box, seis ingenieros contemplan las gráficas de sus ordenadores.
Le pregunto a Simon Strang, que es el Relaciones Públicas del equipo Aston Martin:
–¿Qué miran?
–Datos.
–¿Qué datos?
–Los que les envían los coches. Cada prototipo lleva 200 sensores, y cada uno de esos sensores manda señales a los ingenieros. Las decisiones se toman aquí. Los ingenieros deciden cuándo hay que forzar la parada, el cambio de neumáticos, las cargas de combustible…
–Y esos ingenieros, ¿pasan seis horas mirando gráficas?
–Así es. Y cuidado con ese chasis, no lo toque –me advierte, señalando una pieza curvada que reposa contra la pared.
–¿Cuánto cuesta el chasis?
–Unos 80.000 euros.
–¿Y el coche entero?
–Son cifras excesivas.
(No me da el precio, pero otros expertos se confiesan: estos prototipos Hypercar que ruedan a 300 km/h por Montmeló rondan los tres millones de euros).
En la sala de mecánicos, los mecánicos sestean.
Tumbados en los sofás, siguen la carrera a través de las pantallas. Parecen leopardos en reposo, leopardos con casco y un auricular en una oreja. El jefe de equipo entra en escena.
Les dice:
–Dentro de siete vueltas, cambiamos el piloto y revisamos a fondo el prototipo.
–Observe lo que va a pasar ahora –me dice Simon Strang.
Y de súbito, los leopardos se desperezan. Se ponen en pie, practican estiramientos, se miran entre sí sin decirse nada, preparan neumáticos, agarran la manguera de carga de combustible, que pesa 40 kilos. Se tensan.

Cinco minutos más tarde, se ordenan en el pasillo. Entonces entra el prototipo, un rayo, y la escena es un festival de los sentidos: los mecánicos se comportan como un enjambre de avispas. Son siete u ocho tipos envolviendo el prototipo. Cambian neumáticos, cargan el combustible, limpian el parabrisas, ayudan a Àlex Riberas, que abandona el angosto prototipo para que le sustituya Marco Sorensen, triple campeón del mundo.
La escena se prolonga por cuarenta segundos, y es un subidón. Cuando todo acaba, y el bólido regresa a la pista, los mecánicos vuelven a sestear.
La prueba va a ser larga.
–Solo puedes hacer este trabajo si lo amas –dice Strang, que tiene dos hijos a quienes no ve desde hace dos semanas–. Dos hijos y una hermosa mujer, no se olvide de esto.
(En total, 55.511 espectadores se han asomado al Circuit de Catalunya durante el fin de semana; la victoria es para los dos equipos de Toyota, primero y segundo con Sébastien Buemi y Nyck de Vries como jefes de equipo; el Aston Martin de Riberas y Sorensen acaba noveno y el de Tincknell y Gamble rompe el motor y se retira a las 115 vueltas).
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