Durante años, la infanta Cristina presumió en todas las cortes europeas de haberse casado con un pedazo de hombre; nada que ver con los lechuguinos que le hubieran correspondido por su posición como hija de un rey reinante. No solo era la envidia de otras princesas y archiduquesas, también, con un marido medio catalán y estrella del Barça, aunque fuera del balonmano, Cristina logró en ese tiempo algo impensable, convertirse en la “infanta catalana”, con hijos, descendientes del Felipe V, nacidos en Catalunya.
Durante años, la infanta Cristina presumió en todas las cortes europeas de haberse casado con un pedazo de hombre; nada que ver con los lechuguinos que le hubieran correspondido por su posición como hija de un rey reinante. No solo era la envidia de otras princesas y archiduquesas, también, con un marido medio catalán y estrella del Barça, aunque fuera del balonmano, Cristina logró en ese tiempo algo impensable, convertirse en la “infanta catalana”, con hijos, descendientes del Felipe V, nacidos en Catalunya.Seguir leyendo…
Durante años, la infanta Cristina presumió en todas las cortes europeas de haberse casado con un pedazo de hombre; nada que ver con los lechuguinos que le hubieran correspondido por su posición como hija de un rey reinante. No solo era la envidia de otras princesas y archiduquesas, también, con un marido medio catalán y estrella del Barça, aunque fuera del balonmano, Cristina logró en ese tiempo algo impensable, convertirse en la “infanta catalana”, con hijos, descendientes del Felipe V, nacidos en Catalunya.
Los duques de Palma lo tenían todo y todo lo perdieron, incluso a ellos mismos: respeto, título, fortuna y matrimonio. Iñaki insinúa en su libro que su pertenencia a la familia real le arrastró hasta el precipicio. Por querer emularles con palacetes y posición, acabó perdiendo su esencia de deportista esforzado para pasar a creerse un catalán emprendedor. Solo faltó que su socio, Diego Torres (del que por cierto casi no habla en el libro), viendo su potencial, en imagen y contactos, acabara convenciéndole de que valía para los negocios.
No se dio cuenta entonces, ni parece darse cuenta ahora, de que la entelequia del Instituto Nóos no fue más que un montaje para vender humo a precio de caviar, y, encima, a administraciones públicas que, aunque Urdangarin siga sin entenderlo, no los contrataban por sus méritos sino para quedar bien con el yerno del Rey, en un gesto de cateto a babor, y a estribor, propio de políticos corruptos. Por si fuera poco, Iñaki, como hizo en el juicio, aún defiende que de administración y cuentas él no entendía, pero lo cierto es que los beneficios de Nóos eludían la Hacienda española.
La cárcel es dura, de eso no hay duda, y puedo darle la razón a Urdangarin cuando dice que, de no ser por ser quien era, la justicia hubiera sido más benévola. Seguramente, pero también él debía haber pensado que tampoco merecía tantos halagos, excepto los que generó como deportista de élite y como el más apuesto de los consortes reales.
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