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La semana pasada observamos cómo el lanzamiento de diversas herramientas de IA de la empresa Anthropic (Claude Cowork, Opus 4.6), que permiten el desarrollo de aplicaciones sectoriales para automatizar tareas, provocó fuertes caídas en diversos sectores afectados por tal disrupción. Entre otros destacan firmas de software, banca privada, consultoría inmobiliaria, logística terrestre, publicidad, tecnología legal y fiscal, y de correduría de seguros.
Dario Amodei, fundador de Anthropic, afirmó hace un año que la IA podría eliminar hasta la mitad de los nuevos empleos de oficina de nivel inicial en un plazo de uno a cinco años, y disparar el desempleo hasta niveles del 10-20% si no se toman medidas precautorias. Mustafa Suleyman, máximo responsable de IA en Microsoft, afirmó que «la mayoría, si no todas» las tareas profesionales estarán automatizadas en 18 meses.
En un larguísimo post reciente, Matt Shumer, emprendedor ligado a la IA y CEO de Otherside AI, afirmaba que la velocidad del cambio se había disparado, lo que ponía en alto riesgo los trabajos de muchísimas profesiones, incluyendo contabilidad, finanzas, derecho, consultoría, análisis de datos o atención al cliente, entre otras.
El alarmismo no solo cunde entre los tecnólogos. Kristalina Georgieva, directora gerente del FMI, comparó el impacto de la tecnología en el mercado del trabajo con un tsunami, y el alcalde de Londres, Sadiq Khan, advirtió de que la IA tiene potencial para convertirse en «un arma de destrucción masiva de empleos» que dé lugar a «una nueva era de desempleo masivo».
Por un lado, se podría pensar que Amodei, Suleyman y Shummer, aun siendo expertos en IA, tienen un potencial conflicto de interés, ya que las ventas de sus empresas están estrechamente ligadas a que aumente la preocupación por el impacto de la IA, algo que puede traducirse en más suscripciones a servicios que actualmente afrontan pérdidas históricamente elevadas.
Georgieva, economista, apenas aporta evidencia convincente que avale su afirmación: habla de «trabajos afectados por la IA», pero «afectado» no implica necesariamente «eliminado», sino también «potenciado», en el sentido de que la IA mejora la productividad del empleado. Y Khan, abogado y no economista, tampoco presenta evidencia.
Primero, es cierto que parece existir una correlación entre adopción de IA y enfriamiento del mercado laboral, pero correlación no supone causalidad. Las ventas de helados también están correlacionadas con los ataques de tiburón, pero no son causales. Tras el covid, las empresas procedieron a contratar masivamente para hacer frente a la recuperación de la demanda en forma de «V» (letra que sorprendió a mucho analista que esperaba «L», «W», «U» y demás alfabéticos dilemas). La moderación en la contratación de empleados es un proceso previo al propio lanzamiento de ChatGPT, como ha puesto de manifiesto el Yale Budget Lab.
Segundo, no hay datos que avalen que la IA esté siendo utilizada por las empresas a nivel masivo, ni que de dicho «uso» se deriven intensos incrementos de productividad, incrementos que a su vez suponen recortes de personal (dos caras de la misma moneda). Las economías occidentales siguen siendo economías en las que las pymes representan más de la mitad del PIB y, hasta la fecha, la adopción entre ellas es limitada. Las empresas más grandes han implantado herramientas de IA, sobre todo en fase piloto. Sin embargo, las muestras concretas de aumentos de productividad siguen siendo anecdóticas de momento. Un estudio de Challenger, Gray & Christmas Inc. estima que solo un 5% de los 1,2 millones de despidos que se produjeron en EEUU en 2025 se debieron a la IA. Un working paper de investigadores de las universidades de Stanford y Clemson muestra la falta de correlación entre la adopción de grandes modelos de lenguaje por parte de los trabajadores y los niveles de desempleo.
Tercero, como consecuencia de los puntos anteriores, el desempleo se encuentra en el 4,3% en EEUU (niveles históricamente reducidos) y en el 6,2% en la zona euro (mínimo histórico).
Cuarto, sí parece existir un evidente impacto de la IA en el mercado de contratación de jóvenes licenciados universitarios: el desempleo actual de recién licenciados de entre 22 y 27 años en EEUU se sitúa en el 5,4% frente a un 4% de hace algo más de un año. El efecto sería especialmente visible entre los hombres, que están más representados en determinadas titulaciones más expuestas a la automatización por la IA, sobre todo en programación. Con todo, los jóvenes licenciados también son los que cuentan con mayor capacidad de reentrenamiento en este complejo entorno, como han señalado numerosos papers al analizar circunstancias similares en el pasado.
El gran economista Keynes predijo en 1930 que, gracias a la tecnología, hacia 2030 se trabajarían 15 horas semanales. Estamos a cuatro años, y trabajamos más del triple. Errará. La introducción de fábricas en el Reino Unido a finales del siglo XVIII provocó el terror de muchos artesanos, que pensaron que supondría el final del trabajo, por lo que organizaron un movimiento terrorista, los luditas, con el objetivo de destruir las fábricas. Diecisiete luditas fueron ahorcados por tropas del ejército, poniendo fin al movimiento. Actualmente el desempleo en el Reino Unido se sitúa en el razonable nivel del 5%. La introducción del tractor a finales del XIX también generó una gran convulsión entre los agricultores, que por entonces representaban más de la mitad de la fuerza laboral. Hoy en día, apenas un 2% de los trabajadores son agricultores, precisamente gracias a innovaciones como el tractor, porque han aparecido nuevas ocupaciones, lo que ha permitido que el desempleo se mantenga en niveles bajos.
La historia no se repite, pero rima. Lo que corresponde es centrar nuestros esfuerzos en ayudar al colectivo más vulnerable por la IA: los recién licenciados.
Ignacio de la Torre es Economista Jefe – Arcano
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