De ser un patriota a un traidor, de un héroe a un villano, hay a veces un solo paso. Por ejemplo, lo que tarda en desplomarse el techo de cemento de la estación de Novi Sad, de concienciarse uno políticamente, de denunciar la corrupción estatal en la concesión de contratos de obra -la historia más vieja del mundo- y de pronunciarse públicamente contra el régimen autoritario en el poder. Es lo que le ha pasado a Novak Djokovic.
El tenista no estaba politizado hasta que la muerte de 16 personas al desplomarse un trozo del techo de la estación de Novi Sad desató una oleada de manifestaciones estudiantiles
De ser un patriota a un traidor, de un héroe a un villano, hay a veces un solo paso. Por ejemplo, lo que tarda en desplomarse el techo de cemento de la estación de Novi Sad, de concienciarse uno políticamente, de denunciar la corrupción estatal en la concesión de contratos de obra -la historia más vieja del mundo- y de pronunciarse públicamente contra el régimen autoritario en el poder. Es lo que le ha pasado a Novak Djokovic.
Llevado en volandas tras llegar a Belgrado con la medalla en los Juegos Olímpicos, el ganador de más Grand Slams de la historia del tenis ha trasladado su residencia a Atenas tras ser declarado “enemigo del pueblo” por la corte de aliados del presidente Alexander Vucic, al frente del país desde el 2017, un ultranacionalista que ha seducido a los empresarios, manipulado el sistema electoral y coquetea al mismo tiempo con Trump y Putin, con Merz y Macron, con Orban y Erdogan. Que cuenta con el apoyo de los funcionarios y campesinos, pero que tiene enfrente a los intelectuales, rectores de universidad, profesores, estudiantes y periodistas independientes. Y a Djokovic.
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El régimen serbio ha cancelado los planes para dedicarle un museo como el que Nadal tiene en Manacor
El tenista no estaba politizado -o no se sabía- hasta que la muerte de 16 personas al desplomarse un trozo del techo de la estación de Novi Sad (el contratista había añadido más cemento del que podía soportar) desató una oleada de manifestaciones estudiantiles que tiene en jaque a Vucic. Al principio Djokovic sólo escribió un tuit diciendo que había que escuchar su voz. Luego publicó una foto suya en un partido de baloncesto entre el Partizan y el Estrella Roja llamándolos “campeones”. Y finalmente otra de una manifestación, que no necesitaba palabras para hacer evidente su apoyo. Prensa afín al régimen empezó a criticarlo con saña, él trasladó su residencia a Atenas, matriculó a sus hijos en el exclusivo colegio británico de Saint Lawrence, y se llevó con él a la capital griega lo que hasta entonces era el Open de Belgrado, un negocio de su hermano. Así se fraguó la ruptura y el “patriota” se convirtió en “traidor”.
El presidente Vucic, que no es tonto, tiene buen cuidado de no criticar personalmente a Djokovic porque para muchos sigue siendo un héroe nacional, y deja que lo hagan la radiotelevisión serbia y medios afines como Informer. Pero ya no habla de construir un museo dedicado al tenista, como el que hay en Manacor en honor a su gran rival Rafa Nadal. Ese tren ha pasado. El tenista, que también sabe ser diplomático y tampoco es tonto (habla serbio, alemán, inglés, francés, castellano, italiano y portugués, unos idiomas mejor que otros) no menciona la palabra exilio, sino que atribuye su traslado a la educación de sus hijos, la comida, el clima, el mar y los lazos históricos, culturales, religiosos y sociales entre Serbia y Grecia. De vivir en Montecarlo y Marbella ha pasado a ser residente del lujoso barrio ateniense de Glyfada.
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Vucic y su Partido Progresista Serbio (SPP) presumen de que el país registró el año pasado un crecimiento económico del 4% (cuatro veces la media europea), y la inflación y el paro han bajado. Pero los estudiantes no cesan en manifestaciones contra la corrupción a las que se han sumado ya millones de personas, y consideran al deportista su ídolo. El campeón dijo en una reciente entrevista televisada que querría que su epitafio dijera “el hombre que tocó el corazón de la gente”. En Melbourne se topó con un Carlos Alcaraz que lo tiene todo por delante, y a los 38 años no pudo conquistar su vigésimo quinto Grand Slam. Pero si le coge gusto a la política, a lo mejor algún día podría dirigir el país. En las protestas ya se ven pancartas con su foto y la incripción “Djokovic for president”.
Deporte y política
Si algún día Djokovic quisiera hacer una incursión en política no sería ni mucho menos el primer deportista. Ni el último. Nadie ha llegado tan arriba como George Weah, presidente de Liberia entre 2018 y 2024. Y nadie ha pagado un precio tan alto por su ambición como la estrella del cricket paquistaní Imran Khan, que está en la cárcel después de haber sido primer ministro del país. Romário es senador por Río de Janeiro por el partido Liberal, habiendo hecho un regate al centro izquierda (donde comenzó) y convertirse a la derecha. Su compatriota Bebeto es diputado, lo mismo que el exfutbolista mexicano Cuauhtémoc Blanco.
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