Liudmila Navalnaya exige justicia y asegura: «Han pasado dos años y ya sabemos con qué fue envenenado. Creo que tomará tiempo y finalmente descubriremos quién lo hizo» Leer Liudmila Navalnaya exige justicia y asegura: «Han pasado dos años y ya sabemos con qué fue envenenado. Creo que tomará tiempo y finalmente descubriremos quién lo hizo» Leer
Desde su asesinato la disidencia rusa no ha sido la misma; y la esperanza silenciosa dentro del país, tampoco. Se cumplen dos años de la muerte de Alexei Navalny en la prisión IK-3 de Jarp, en el Ártico ruso. Por la mañana la familia del político visitó su tumba en el cementerio de Borisovskoye, en Moscú. Representantes de varias misiones diplomáticas europeas —España, entre otras— también acudieron para honrar la memoria del líder de la disidencia rusa. Este fin de semana varios laboratorios independientes en cinco países han identificado la sustancia utilizada para envenenar Navalny: epibatidina, procedente de una rana venenosa sudamericana.
La madre del líder opositor ruso exigió justicia para su hijo: «Sabíamos que nuestro hijo fue asesinado», declaró Liudmila Navalnaya a AFP cerca de su tumba en Moscú. «Han pasado dos años y ya sabemos con qué fue envenenado. Creo que tomará tiempo y finalmente descubriremos quién lo hizo», añadió. «Por supuesto, queremos que esto suceda en nuestro país y que se haga justicia».
El Kremlin negó «rotundamente» las acusaciones. Anteriormente, la portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, Maria Zajarova, declaró que la noticia del envenenamiento de Navalny se publicó para distraer la atención del debate sobre el caso de Jeffrey Epstein. Zajarova calificó las declaraciones de los países europeos de «filtraciones de información». La Embajada de Rusia en Londres calificó las afirmaciones de los cinco países sobre el envenenamiento de Navalny como una «farsa política»: «Lo verdaderamente impactante es el método que los políticos occidentales han adoptado: la necropropaganda».
Estando Navalny vivo, Vladimir Putin evitaba por todos los medios pronunciar su nombre. Estos días los canales de televisión federales rusos ignoraron la declaración conjunta de cinco países sobre el envenenamiento de Navalny. Muchos en Rusia siguen preguntándose por qué Navalny se atrevió a volver al país tras sufrir un intento de envenenamiento en 2020. Lo que está cada día más claro es que su sacrificio reportó claros beneficios al ‘putinismo’: no sólo desapareció una figura incómoda, sino que el resto de disidentes entendieron el ‘mensaje’. Los que fueron liberados en el famoso intercambio de 2024 —incluso los que fueron sacados del país contra su voluntad— no han vuelto a Rusia. El juego del gato y el ratón —que empezó en 2011 con esta nueva disidencia surgiendo de la nada como reacción a las intenciones de Putin de volver al Kremlin— desembocó en una cacería letal que todo el mundo entiende. La única disidencia que queda en Rusia es subterránea, latente, mientras el Kremlin sigue limitando la capacidad de los rusos para conectarse entre sí con continuas restricciones de WhatsApp y Telegram.
Inmediatamente tras su muerte, la versión oficial rusa habló de un colapso repentino, pero en la víspera del aniversario cinco gobiernos europeos (Reino Unido, Francia, Alemania, Suecia y Países Bajos) han dado un paso más para esclarecer el caso: aseguran que sus análisis «concluyentes» detectaron epibatidina (una neurotoxina asociada a ranas dardo sudamericanas) en muestras biológicas de Navalny. Salvo el asesinato premeditado, no hay coartada para la presencia de una sustancia que «no se encuentra de forma natural en Rusia» y han llevado el caso a la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas.
Las intoxicaciones por epibatidina y novichok presentan síntomas similares. Pero hay una diferencia: la atropina, que los médicos de Omsk le administraron a Navalny en 2020 inmediatamente después de que enfermara en un avión, no alivia la intoxicación por epibatidina. Es imposible comprar, y mucho menos sintetizar, epibatidina en casa: solo los laboratorios estatales de ciertas agencias u organizaciones pueden hacerlo. La epibatidina es un compuesto raro y extremadamente potente, descrito en la literatura científica y divulgativa por su acción sobre receptores neuronales. Su asociación con anfibios sudamericanos (y el hecho de que los gobiernos firmantes subrayen que no aparece de forma natural en Rusia) refuerza la idea de un rastro difícil de explicar en un entorno penitenciario.
Las revelaciones reabren una pregunta que en el entorno de Navalny lleva tiempo encima de la mesa: por qué tardó tanto en hacerse pública la información. Ya en septiembre de 2025, su viuda, Yulia Navalnaya, reveló que el equipo del opositor logró sacar del país material biológico tras la muerte y enviarlo a dos laboratorios occidentales. Según su relato, ambos confirmaron el envenenamiento, pero se negaban a publicar por «consideraciones políticas». Navalnaya pidió entonces a esos centros que «contaran la verdad» y dejaran de guardar silencio, porque —advirtió— la opacidad solo beneficia al Kremlin: «Lo verdaderamente impactante es el método que los políticos occidentales han adoptado: la necropropaganda«.
La muerte de Navalny sucedió con otra trama de fondo: la ‘diplomacia de prisioneros’. Aliados de Navalny sostienen desde 2024 que su muerte llegó cuando estaba cerca un intercambio de prisioneros en el que Moscú buscaba recuperar «a cualquier precio» al sicario ruso Vadim Krasikov, condenado en Alemania por el asesinato en Berlín de Zelimján Jangoshvili. Según esa versión, el Kremlin no quería soltar a Navalny; pero Berlín no aceptaría liberar a Krasikov sin una oferta de alto valor, y Navalny era la pieza. Maria Pevchij, su mano derecha, afirmó que las conversaciones estaban en su tramo final el 15 de febrero de 2024; al día siguiente, Rusia anunció la muerte de Navalny.
Leonid Volkov, jefe de proyectos políticos de la Fundación Anticorrupción, comentó los resultados de la investigación de los laboratorios europeos: «Propagandistas de todo tipo compitieron en mentiras, inventando constantemente ‘causas naturales’, ‘coágulos de sangre’ y ‘ataques cardíacos’ sobre la marcha. Se rieron en nuestras caras».
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