China, Japón, Corea, Taiwán o India sufren el desplome del tráfico marítimo por la guerra en Oriente Próximo. Si el conflicto se prolonga, el golpe será «catastrófico» y afectará a todo el comercio mundial Leer China, Japón, Corea, Taiwán o India sufren el desplome del tráfico marítimo por la guerra en Oriente Próximo. Si el conflicto se prolonga, el golpe será «catastrófico» y afectará a todo el comercio mundial Leer
China, Japón, Corea del Sur, Taiwan, Tailandia, India y Pakistán observan el cierre en el estrecho de Ormuz con la ansiedad de quien contempla su propia arteria carótida. La guerra que se intensifica en torno a Irán no es únicamente un conflicto regional: es una amenaza directa al corazón energético de Asia. Hasta 20 millones de barriles de petróleo pasan cada día por el estrecho y la mayoría se dirige a las mayores economías del este del continente.
Tras los ataques coordinados de Estados Unidos e Israel contra infraestructuras iraníes y la respuesta de Teherán, el foco estratégico se ha desplazado hacia un punto minúsculo en el mapa, pero gigantesco en sus implicaciones estratégicas: el corredor por el que transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial y una proporción importante del gas natural licuado del Golfo. Ese flujo que ahora está bloqueado es, sobre todo, vital para las economías asiáticas.
Asia consume más del 60% del crudo global y depende de Oriente Próximo para aproximadamente el 60% de sus importaciones. El tráfico marítimo ya se ha resentido: navieras que suspenden travesías y petroleros fondeados a la espera de garantías mínimas de seguridad. Los datos de seguimiento marítimo muestran que los volúmenes de tránsito a comienzos de marzo se desplomaron más de un 80% respecto a la media anual.
Japón importa alrededor del 95% de su petróleo de Oriente Próximo, y la mayor parte cruza por Ormuz. Más de 40 buques vinculados a compañías japonesas permanecen varados en el Golfo Pérsico. Tokio revisa sus reservas estratégicas, suficientes para varios meses, pero no para una interrupción prolongada. El martes, el ministro de Asuntos Exteriores de Japón, Toshimitsu Motegi, pidió a Irán que garantice la seguridad en Ormuz. Corea del Sur y Taiwan comparten vulnerabilidades similares: economías industriales con escasos recursos propios y dependencia casi total del transporte marítimo.
India, tercera importadora mundial de crudo, observa la crisis con inquietud. Tras la invasión rusa de Ucrania, Nueva Delhi se hinchó a comprar petróleo ruso con descuento, aprovechando las sanciones occidentales. Pero a comienzos de año, bajo renovadas presiones de Washington y ante la amenaza comercial agitada por Donald Trump, el Gobierno indio redujo esas adquisiciones para evitar fricciones mayores con su principal socio estratégico.
Ahora, India, como otros vecinos asiáticos, se ve obligada a redibujar su mapa energético: rutas más largas, seguros más caros y una competencia feroz por cargamentos alternativos en África occidental o América Latina, en un mercado donde cada barril disponible va a tener cada vez más pretendientes.
Otro caso delicado es el de China. La seguridad energética es un pilar de su estabilidad política. Más de la mitad del petróleo que transporta por mar procede de Oriente Próximo y una porción significativa -en torno a una cuarta parte de esas compras- tiene origen iraní. Sin el suministro procedente de Teherán, Pekín tendría que acudir al mercado abierto en un momento de precios al alza, presionando aún más una economía que ya sufre desaceleración, crisis inmobiliaria y deflación persistente. Las reservas estratégicas chinas, estimadas para alrededor de 115 días, ofrecen colchón temporal, y los oleoductos desde Rusia y Kazajistán mitigan parte del riesgo. Pero ningún conducto terrestre puede sustituir el volumen que atraviesa Ormuz.
Bloomberg aseguraba en una información que altos ejecutivos de empresas energéticas china están presionando a los funcionarios iraníes para que eviten acciones que interrumpan las exportaciones de petróleo y gas catarí que pasan por el estrecho. Teherán prometió atacar cualquier barco que intentara atravesar Ormuz. «Si alguien intenta pasar, los héroes de la Guardia Revolucionaria y la marina regular prenderán fuego a esos barcos», advirtieron las autoridades iraníes.
«Si el conflicto se prolonga, China no tiene la capacidad de amortiguar el impacto», afirma Muyu Xu, analista senior de petróleo crudo con sede en Singapur para Kpler, una firma de investigación de mercado. «Sería catastrófico no solo para China, sino para el mercado global», añadió Xu. El Ministerio de Exteriores chino ha descrito Ormuz como una «ruta comercial internacional crucial» y ha pedido el cese inmediato de hostilidades.
Desde Pakistán, donde también están inmersos en su propia guerra contra su vecina Afganistán, aseguran que mantienen varios petroleros inmovilizados en Ormuz y estudian planes de contingencia, incluida la posibilidad de redirigir compras a proveedores que utilicen rutas alternativas por el mar Rojo. Sin embargo, solo Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos disponen de oleoductos que eluden el estrecho, y su capacidad conjunta cubre apenas una fracción de los barriles diarios que normalmente cruzan ese paso.
El impacto no se limita al crudo. Qatar, uno de los mayores exportadores mundiales de gas natural licuado, envía buena parte de sus cargamentos a Asia oriental a través de las mismas aguas.
«Tailandia, India, Corea y Filipinas son los más vulnerables al aumento de los precios del petróleo, debido a su alta dependencia de las importaciones, mientras que Malasia sería un beneficiario relativo, ya que es un exportador de energía», aseguraba Nomura en una nota. «El sur de Asia se enfrentaría a la perturbación más grave, en particular en lo que respecta al suministro de GNL. Qatar y Emiratos Árabes Unidos representan el 99% de las importaciones de GNL de Pakistán, el 72% de las de Bangladesh y el 53% de las de India».
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