Kubala, Di Stéfano, Pelé, Cruyff, Maradona o Messi. Estos seis jugadores marcaron una época como futbolistas, y hay quien pueda ponerse a discutir quién de los seis ha sido el mejor de la historia. Sin embargo, nadie puede dudar de que Cruyff ha superado a todos como el hombre que más ha influido en la historia del balompié. Hay un antes y un después de su irrupción como jugador y como entrenador. Es mucho más que un futbolista.
Kubala, Di Stéfano, Pelé, Cruyff, Maradona o Messi. Estos seis jugadores marcaron una época como futbolistas, y hay quien pueda ponerse a discutir quién de los seis ha sido el mejor de la historia. Sin embargo, nadie puede dudar de que Cruyff ha superado a todos como el hombre que más ha influido en la historia del balompié. Hay un antes y un después de su irrupción como jugador y como entrenador. Es mucho más que un futbolista.Seguir leyendo…
Kubala, Di Stéfano, Pelé, Cruyff, Maradona o Messi. Estos seis jugadores marcaron una época como futbolistas, y hay quien pueda ponerse a discutir quién de los seis ha sido el mejor de la historia. Sin embargo, nadie puede dudar de que Cruyff ha superado a todos como el hombre que más ha influido en la historia del balompié. Hay un antes y un después de su irrupción como jugador y como entrenador. Es mucho más que un futbolista.
Quien esto firma lo admiró de niño como 9 del Barça, lo idolatró como entrenador y después lo disfrutó como persona, tanto como para considerarlo en su conjunto un mito. El mito. Uno ya puede morirse en paz porque de todas las gestiones que ha hecho como periodista, de nada puede sentirse más orgulloso que la de pensar y, después rematar, el fichaje de Johan como columnista de La Vanguardia . Aquello me permitió conocer al hombre y descubrir que tenía una personalidad que superaba la faceta deportiva. Añoro los almuerzos con él y con su sombra, Joan Patsy, en los reservados del Drolma del añorado Fermí Puig y conservo las tres entrevistas que le hicimos con los colegas Dagoberto Escorcia y Albert Gimeno en tres distintas pretemporadas en el Muntanyà.
Cruyff era básicamente un rebelde. Fichó por el Barça en 1974 porque el Ajax lo quería traspasar al Real Madrid. Jugó el famoso Mundial de Alemania de 1974 con una camiseta diferente a la de sus compañeros porque tenía un acuerdo con Puma y no aceptó las exigencias de Adidas. Se negó a jugar cuatro años después el Mundial de Argentina, cuando estaba en su mejor momento futbolístico. Y ya al final de su carrera, en 1983, tras su vuelta a Amsterdam, se sintió maltratado por el club que consideraba que ya estaba acabado y se fue al principal rival, el Feyenoord, y allí se impuso ganando la liga.
Rebelde, indomable, seguro de sí mismo, amigo de sus amigos y optimista empedernido
Indomable, imprevisible, con una fe en sí mismo y su gente de confianza que rayaba la impertinencia, Cruyff cambió la historia del Barça por tres veces: como jugador, como entrenador y después como asesor de Joan Laporta, a quien recomendó que fichara de secretario técnico a Txiki Begiristain –“es el jugador más listo que he tenido”, me dijo una vez– y como entrenador a Frank Rijkaard. Años después apadrinaría también a Pep Guardiola, a quien acostumbraba a dar toda clase de consejos.
Su carácter indómito le creó no pocos problemas. Pero siempre tenía un punto de optimismo, el mismo con el que contagió a los culés que empezaron a ver a su Barça como un equipo ganador. “Ves. Las cosas que se hacen con ilusión y pasión siempre acaban bien. Nunca falla. Es fácil”, me dijo en otra ocasión.
Amigo de fidelidad absoluta con sus amigos y despreciativo sin rencores con sus enemigos. Se sentía muy por encima de aquellos que le criticaban.
Quizá lo mejor es la definición que él mismo se hace en una autobiografía que se publicó poco después de su muerte: “Soy un atacante, no temo a nadie y estoy acostumbrado a crear. Por eso nunca he tenido vergüenza”. Nunca le hizo falta.
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