Vivimos en la era de la inmediatez y la velocidad. Lo que hoy es una grandiosa novedad, mañana está obsoleto. Y nuestros dispositivos electrónicos rezumban continuamente con avisos de mensajes, llamadas, etc. Buscamos la gratificación inmediata, el titular chocante. A mucha gente le cuesta ver una película sin consultar el móvil en repetidas veces.
No olvidemos que el tedio es importante porque la mente se activa y busca nuevos retos, que pueden acabar en ideas brillantes
Vivimos en la era de la inmediatez y la velocidad. Lo que hoy es una grandiosa novedad, mañana está obsoleto. Y nuestros dispositivos electrónicos rezumban continuamente con avisos de mensajes, llamadas, etc. Buscamos la gratificación inmediata, el titular chocante. A mucha gente le cuesta ver una película sin consultar el móvil en repetidas veces.
No olvidemos que aburrirse es importante porque, para salir de ese aburrimiento, la mente se activa y busca nuevos retos, que pueden acabar en ideas brillantes. Si no nos aburrimos porque tenemos decenas de estímulos a mano, estamos cerrando la puerta a esa creatividad. Independientemente de cuánto haya de verdad en la historia de Newton y la manzana, que se asocia al descubrimiento de la Ley de Gravitación Universal por el propio Newton, cuesta creer que el gran genio estuviera estresado haciendo docenas de tareas banales simultáneamente cuando tuvo la idea. Al menos en matemáticas, según mi experiencia y la de compañeros de profesión con los que hablo, una considerable proporción de grandes descubrimientos son fruto de meses o años de meditar sobre problemas o teorías, en los cuales se han encontrado tramos de muchas horas de sosiego para pensar.
Desde el punto de vista de la creatividad y sosiego necesarios para escribir un buen libro o hacer un buen experimento científico o crear una teoría matemática, pienso que el ambiente actual de inmediatez, prisas y continuos estímulos es contraproducente. Yo hice los primeros cuatro años de carrera sin usar internet ni conocer cómo funcionaba, y de eso solo hace veinticinco años. Pasaba muchas horas pensando, reflexionando y dando vueltas a las cosas. Todo ello llevaba a la creatividad y a producir investigación de calidad. Ya no soy estudiante, pero me cuesta creer que sea el caso para la mayoría: hay demasiados estímulos externos. Y eso implica que se aprende y trabaja peor, ya no de otra forma, sino peor.
Sir Andrew Wiles (1953), el gran matemático británico que fue catedrático en la Universidad de Princeton, pasó siete años trabajando en el ático de su casa en la demostración del último Teorema de Fermat, un enigma acerca de las soluciones enteras de una ecuación, que llevaba trescientos años sin resolver. Los matemáticos lo consideraban un problema inaccesible, uno de esos que, por mucho que te esfuerces, nunca lograrás descifrar. Pero Wiles se veía capaz de resolver el enigma y trabajó por su sueño en casi completo aislamiento para poder concentrarse. No me imagino a Wiles mirando el teléfono móvil (en aquella época no se usaba, finales de los ochenta y principios de los noventa) ni el correo electrónico cada media hora mientras buscaba la solución al enigma de Fermat. Wiles es hoy catedrático en la Universidad de Oxford, y por su resolución de este problema ha recibido numerosos premios, incluyendo el Abel.
Lo que consiguió Wiles es un mito de las matemáticas del siglo XX y su capacidad de concentración y persistencia son difícilmente igualables. Pero incluso a niveles más modestos, las actividades intelectuales más exigentes también requieren concentración, un ambiente sin distracciones y que ese ambiente se mantenga durante mucho tiempo. En mi caso, prácticamente toda mi producción investigadora la he hecho a la antigua, trabajando sin distracciones muchas horas, en aislamiento, y luego puntualmente hablando con colaboradores y otros científicos para intercambiar ideas. A día de hoy es heroico seguir haciendo esto: docenas de mensajes y llamadas diarias, y un flujo continuo de cuestiones administrativas ponen a prueba la capacidad para concentrarse.
Es casi imposible hacer investigación de calidad o producir una magnífica obra literaria, o pintar una obra maestra sin tiempo y sosiego. Y es muy importante que los escritores, pensadores, científicos, literatos, pintores, etc. encuentren esa paz imprescindible para el desarrollo de sus actividades. Muchos trabajan en universidades y centros de investigación, donde la excesiva y creciente burocratización representa una amenaza a la creatividad y el pensamiento intelectual. Por otro lado, la gestión universitaria se premia cada vez más en España de cara a promocionar en el escalafón universitario. Ello está llevando a algunos investigadores a ocupar cargos de gestión en las etapas tempranas de su carrera, cuando su creatividad y energía están probablemente en máximos. Aunque la gestión es importante y necesaria para el funcionamiento de las instituciones, es imprescindible apoyar al máximo a los investigadores en las etapas más tempranas para que hagan, ante todo, investigación puntera.
Es imprescindible que las administraciones trabajen en fomentar el tiempo para investigar, y disminuyan esta burocratización y las actividades que distraen (encuestas superfluas, formularios múltiples que son claramente innecesarios, trámites excesivos y por duplicado, etc.), pues perjudican la imaginación y el desarrollo del pensamiento original, que son un pilar esencial para el progreso de las sociedades.
Es necesario que, en los colegios, universidades y en las empresas donde la actividad intelectual es importante, se deje tiempo para que los estudiantes y trabajadores piensen, reflexionen e incluso se aburran, en vez de llenar todos los huecos de su tiempo con actividades regladas. Ello puede favorecer esa imaginación y creatividad que en un momento dado pueden cambiar el mundo.
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