El 30 de octubre de 1996, las salas de cine españolas vivieron el estreno de Rompiendo las olas, la primera película de Lars von Trier tras impulsar el Dogma 95. Protagonizada por Emily Watson, Stellan Skarsgård, Katrin Cartlidge, Jean-Marc Barr y Udo Kier, fue aclamada por la crítica nacional e internacional, siendo catalogada como la mejor cinta del director y una de las mejores de la década de los 90. Su trama, encabezada por el personaje de Bess McNeil, que vive en una comunidad religiosa de restricciones similares.
La actriz inglesa se crio en una estricta organización religiosa antes de actuar en ‘Rompiendo las olas’
El 30 de octubre de 1996, las salas de cine españolas vivieron el estreno de Rompiendo las olas, la primera película de Lars von Trier tras impulsar el Dogma 95. Protagonizada por Emily Watson, Stellan Skarsgård, Katrin Cartlidge, Jean-Marc Barr y Udo Kier, fue aclamada por la crítica nacional e internacional, siendo catalogada como la mejor cinta del director y una de las mejores de la década de los 90. Su trama, encabezada por el personaje de Bess McNeil, que vive en una comunidad religiosa de restricciones similares.
Un hecho que encajaba muy bien con su historia vital, después de haber crecido en la Escuela de Filosofía y Ciencias Económicas de Londres, una organización religiosa conservadora que defiende unos roles de género tradicionales y muy estrictos. Este asunto ha vuelto a reflotar durante su presencia en el Festival de Cine de Sarajevo, donde ejerce como presidenta del jurado y recibirá el premio honorífico Corazón de Sarajevo. Watson desveló que la escuela rechazó frontalmente la idea de dejarla participar en su debut actoral.

“Creo que muchos artistas tienen temas de su infancia que deben superar. Nací en una familia muy cariñosa, pero crecí en una especie de secta religiosa muy estricta. Sabía que tenía cierta afinidad con este personaje. Hay un detalle interesante en esta historia: cuando les dije a los de la Facultad de Ciencias Económicas que iba a hacer una película y me preguntaron de qué se trataba, me llamaron y me dijeron sin rodeos que no debía hacerlo. Me dijeron que me fuera con mi falta de dignidad a otra parte”, confesó.
Crecer en esa escuela, o culto según ella y otros exalumnos a día de hoy, le complicó las cosas a la hora de elegir el camino de la interpretación: “De joven era una persona muy devota. Sentía mucho esa fe. Por eso me costó un tiempo encontrar mi camino”. Por suerte, el papel de Bess McNeil, quien se revela contra su extrema comunidad al enamorarse de un petrolero danés (Skarsgård), rompió la jaula de cristal en la que vivía. Aun así, fue una sensación extraña y complicada, en particular por el hecho de dejar atrás la única vida que había conocido, así como su gente.
Dejarlo todo atrás
“Aquí es donde me crié, donde estaban mis amigos, y lo dejé todo atrás. Estaba profundamente desconsolada, pero también sentía que el corazón se me desbordaba de libertad. Una libertad increíble. Supe en ese instante que debía confiar en esa sensación, porque mi verdadero ser me guiaba por el camino correcto. Pero esa sensación de ruptura, de cuando hay una especie de explosión nuclear y quedas expuesta a la luz y a la energía… Todo eso está en la película. Por eso funciona, en parte porque me sentía como un cable que acababan de desenchufar”, desgranaba.
De igual forma, cuando sus padres la acompañaron al cine para verla, también se sintieron contrariados: “Por un lado, me apoyaban y eran muy amables. Mi padre, al salir de la proyección, estaba blanco. Cualquier padre que viera esa película habría reaccionado igual. Pero, al mismo tiempo, no intercedieron por mí en la organización, así que fue una situación muy compleja. Pero maduramos, nos comunicamos y todo salió bien”.
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