Ayer, buena parte de la expresiva afición del Atlético de Madrid abucheó estruendosamente el nombre de Julián Álvarez cuando la megafonía del Metropolitano lo anunció como suplente. Es el peaje que el jugador tiene que pagar por haber gestionado una teórica rescisión de contrato con torpeza y cierta ingenuidad. La estrategia, interpretada por el Atlético como un acto inadmisible de arrogancia, indisciplina y menosprecio, parece haber fracasado. El Barça, sin embargo, mantiene la apuesta por un fichaje que, a medida que pasan las horas, se va desinflando con la misma facilidad con la que podría volverse a hinchar.
Ayer, buena parte de la expresiva afición del Atlético de Madrid abucheó estruendosamente el nombre de Julián Álvarez cuando la megafonía del Metropolitano lo anunció como suplente. Es el peaje que el jugador tiene que pagar por haber gestionado una teórica rescisión de contrato con torpeza y cierta ingenuidad. La estrategia, interpretada por el Atlético como un acto inadmisible de arrogancia, indisciplina y menosprecio, parece haber fracasado. El Barça, sin embargo, mantiene la apuesta por un fichaje que, a medida que pasan las horas, se va desinflando con la misma facilidad con la que podría volverse a hinchar.Seguir leyendo…
Ayer, buena parte de la expresiva afición del Atlético de Madrid abucheó estruendosamente el nombre de Julián Álvarez cuando la megafonía del Metropolitano lo anunció como suplente. Es el peaje que el jugador tiene que pagar por haber gestionado una teórica rescisión de contrato con torpeza y cierta ingenuidad. La estrategia, interpretada por el Atlético como un acto inadmisible de arrogancia, indisciplina y menosprecio, parece haber fracasado. El Barça, sin embargo, mantiene la apuesta por un fichaje que, a medida que pasan las horas, se va desinflando con la misma facilidad con la que podría volverse a hinchar.
La media hora que Julián Álvarez jugó fue apáticamente testimonial. Fue como si el futbolista quisiera persistir, a través del lenguaje no verbal, en el error de haber hablado del “sueño de jugar con el Barça”, como si firmar un contrato largo con el Atlético fuera una penitencia. No aceptar la voluntad de un jugador de marcharse es, recordémoslo, una prerrogativa de club. De hecho, el Barça lo hizo cuando Messi pidió rescindir su contrato con aquel torpe burofax (que no sé si está expuesto en el Museo junto a la famosa servilleta de papel).
No aceptar el deseo de marcharse de un jugador es una prerrogativa del club
Las respuestas de ayer de Simeone dejan la puerta más entreabierta que cerrada. Según los expertos en trigonometría del mercado, no descartan la posibilidad de que Álvarez acabe jugando en el Barça. Curiosamente, y a diferencia de lo que pasó durante el Mundial, ya no se repite que a Julián le llaman la Araña, como si los apodos tuvieran que reservarse para los momentos de euforia. Cuentan que cuando era pequeño su hermano le puso Arañita porque parecía que tuviera más piernas que los otros jugadores y por la facilidad con la que controlaba el balón.
Como virtud teórica, al Barça le vendría bien tener un jugador con estas virtudes. Ayer, contra el Elche, el equipo sobrevivió a la falta de preparación, a la lesión de Gavi y a la indecencia del calendario con un planteamiento más práctico que preciso, una defensa muy ordenada y la capacidad de no obsesionarse por la sagrada estadística de posesión. En el palco, tres glorias de uno de los mejores Barça que he visto jamás (temporada 1973-1974): Rexach, Asensi y Marcial asistían a la goleada, quizá recordando los tiempos en los que no hacía falta tener apodos ni teñirse el pelo de colores estridentes.

“¿Quién era Marcial?”, me pregunta un joven culé que es capaz de seguir el partido, chatear por el móvil y opinar que la nueva equipación del Barça es “una pasada” (que nunca sé si es un concepto positivo o negativo). Cuando Raphinha lanzó el penalti, Hansi Flick mantuvo la superstición de no mirar, que quizá sea una reacción infantil, pero que lo humaniza y lo iguala a muchos culés. Raphinha ha asumido la capitanía asignada por Flick (a la espera de la votación del vestuario) con una intervención impecable el día del Gamper, con dos goles y un sentido de la disciplina táctica que, jugando de delantero centro, participa menos en el juego, pero permite que Adeyemi y Lamine Yamal (y Gordon) puedan explotar su potencial –ayer desigual– creativo.
Por cierto: rezo para que a nadie se le ocurra ponerle un apodo a Lamine Yamal. Y celebro que a Ferran Torres las cosas le vayan bien en la Liga francesa. Ah, y en francés tiburón se dice requin .
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