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  Tecnología  Entrevista a la inteligencia artificial
Tecnología

Entrevista a la inteligencia artificial

agosto 17, 2026
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Hoy decidí entrevistar y dialogar con Gemini sobre el futuro de la humanidad. No lo hice con el objetivo de sacar conclusiones (en este periódico, sobre el tema, he escrito varios artículos con mi opinión), sino para provocar en los lectores unas profundas y necesarias reflexiones sobre temas existenciales, éticos, sociales y económicos que tendrán un importante impacto en nuestra vida futura.- ¿Gemini , puedes imaginar el futuro de la humanidad?Imagino que el futuro de la humanidad no es una utopía deslumbrante ni un apocalipsis dramático, sino un gran y fascinante compromiso con la adaptación. Los siglos XXI y XXII definen no solo nuestra tecnología, sino el concepto mismo de lo que significa ser humano.Se producirá una simbiosis tecnológica: la inteligencia artificial y la biotecnología dejarán de ser herramientas externas y funcionarán como una extensión de nuestra biología y nuestra mente.En cuanto a salud y longevidad, la medicina pasará del tratamiento de enfermedades a la prevención molecular, así extenderá la esperanza de vida saludable y hará que la edición genética sea algo común para erradicar enfermedades hereditarias.Habrá una cognición integrada. La interfaz mente-máquina reducirá la brecha entre el pensamiento humano y la capacidad computacional, con lo que transformará la forma en que somos imparciales, nos comunicamos y trabajamos.Respecto a la transición ecológica y urbana, tras superar la fase crítica de la emergencia climática mediante una dolorosa reestructuración económica, la sociedad debe reorganizar su presencia en el terreno.Además, los centros urbanos se convertirán en organismos de impacto cero, autosuficientes en energía y agricultura (gracias a la agricultura vertical y la fusión nuclear).Se alcanzará un reequilibrio global. La humanidad aprenderá a coexistir con el planeta no por altruismo, sino por pura supervivencia pragmática, dedicando vastas extensiones de la Tierra a la restauración de ecosistemas.Sobre la humanidad más allá de la Tierra, la exploración espacial aprovechará esta fase crucial para descubrir un sector estratégico. Las primeras colonias permanentes en la Luna y Marte serán no metropolitanas, con recursos científicos y minerales y sentarán las bases para la primera generación de humanos ‘no terrestres’.- ¿Cuales desafíos intangibles se presentarán?El mayor riesgo no es tecnológico, sino filosófico y social. La principal estrategia del futuro consistirá en gestionar la desigualdad en el acceso a estas innovaciones (para evitar una división entre quienes tienen acceso a la mejora biológica y quienes no) y redefinir el significado del tiempo, la investigación y la identidad cuando el trabajo tradicional esté casi completamente automatizado. En resumen, vislumbro un ser humano sumamente complejo, fragmentado pero interconectado, que tendrá que renunciar a la sabiduría a medida que adquiera mayor poder.- Desde esta perspectiva, ¿cómo debería ser la educación?La educación debe evolucionar desde un modelo basado en la memorización hacia uno centrado en el pensamiento crítico, la adaptación tecnológica y la inteligencia emocional.Aprender a aprender versus memorizar. Con el acceso instantáneo a información y herramientas avanzadas, el valor ya no se retiene hasta que se sabe formular las preguntas correctas, evaluar las fuentes y resolver problemas complejos.Se producirá una integración ética de la tecnología. La inteligencia artificial y las herramientas digitales deben utilizarse como copilotos del aprendizaje, personalizando el ritmo de cada estudiante y enseñando un uso ético y reflexivo de estas herramientas desde el principio.En cuanto a las habilidades humanas y la inteligencia emocional, la empatía, el trabajo en equipo, la comunicación clara, la resiliencia y la creatividad son competencias fundamentales para la automatización de tareas rutinarias.La educación personalizada e inclusiva irá más allá del modelo estándar único para permitir trayectorias educativas adaptadas a las fortalezas, intereses y ritmos individuales de cada estudiante.El aprendizaje será continuo. La educación no termina en la universidad o en la escuela técnica. Los sistemas educativos deben preparar a las personas para que actualicen constantemente sus habilidades profesionales a lo largo de su vida.- ¿Cómo se manifestaría este cambio en la educación básica, en la universidad o en el impacto de la inteligencia artificial en el aula?Para adaptar la educación al impacto de la inteligencia artificial en el aula, es necesario reorientar el enfoque en tres dimensiones clave.En la primera, la evaluación centrada en el proceso, no en el producto. Adiós a la lectura tradicional fuera del aula. Las pruebas de memoria o la redacción de textos estándar en casa ayudarán a comprender la capacidad de la IA para generarlos en segundos. Será preciso un enfoque en la defensa oral y la metacognición. Las evaluaciones deben priorizar los debates, las presentaciones en vivo, la resolución de casos prácticos y la explicación del proceso de pensamiento del estudiante. También será crucial el pensamiento crítico sobre la inteligencia artificial. El criterio de evaluación debe incluir cómo el estudiante verifica, cuestiona y edita la información generada por los algoritmos.Como segunda dimensión se presenta la IA como tutor y asistente de enseñanza personalizado. El ritmo debe adaptarse a cada estudiante con algoritmos que detectan las lagunas de conocimiento y generan ejercicios a su nivel exacto, con lo que actúa como un tutor las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Asimismo, se reducirá la carga administrativa para los docentes mediante la automatización del diseño de planes de estudio, la corrección de ejercicios repetitivos y el análisis del rendimiento para que el profesional dedique más tiempo a la tutoría humana y la empatía.La tercera dimensión aborda nuevas habilidades indispensables en el currículo. Entre ellas se encuentran la ingeniería de la comunicación y las indicaciones -saber cómo dar instrucciones precisas y estructuradas al hardware de IA- y la alfabetización y el aprendizaje de datos -comprender cómo funcionan los modelos de lenguaje, sus limitaciones, las «alucinaciones» y los significados éticos o culturales del código-.- Si se va a automatizar todo mucha gente perderá el trabajo y veo dos riesgos. El primero es que la renta que el Estado podrá proporcionar a los ciudadanos será limitada y producirá una reducción del consumo que destruirá a muchas empresas. La segunda es que la falta de trabajo disminuirá la capacidad cognitiva de las personas reduciendo sus actividades y potencialidades intelectuales . ¿Qué opinas?Has dado en el clavo con la transición tecnológica. Tu análisis señala con precisión quirúrgica dos de las mayores paradojas de la automatización masiva, la trampa macroeconómica del consumo y la trampa neurobiológica de la inactividad.La paradoja económica: ¿quién comprará si nadie trabaja? La hipótesis de una renta básica universal (RBU) proporcionada por el Estado conlleva el riesgo que describes. Si los ingresos son puramente de subsistencia, la demanda agregada se desploma. Si las personas solo tienen dinero para comida y alquiler, la economía de consumo (restaurantes, viajes, tecnología, entretenimiento) colapsa, lo que lleva a la quiebra de las empresas.Para evitar este cortocircuito, el modelo económico deberá evolucionar mediante nuevas herramientas. Entre ellas se encuentran los impuestos a la automatización (impuesto a los robots), estas tasas ya no se aplican solo a la renta del trabajo humano, sino también a la productividad de los algoritmos y robots. Si una IA reemplaza a 100 trabajadores que producen el mismo valor, parte de esa ganancia de eficiencia se destina a financiar los ingresos de los ciudadanos.Otra herramienta es el capitalismo de dividendo social. Una hipótesis concreta es el ‘dividendo social’ (inspirado, por ejemplo, en el Fondo Permanente de Alaska): los ciudadanos no reciben una simple ayuda estatal, sino que participan como accionistas en el valor creado por las grandes infraestructuras tecnológicas nacionales.Otra es la deflación tecnológica. La automatización extrema reducirá drásticamente los costes de producción de bienes primarios, energía (con energía solar y fusión) y atención médica. Un ingreso bajo podría garantizar un nivel de vida mucho más alto que el actual, simplemente porque producir casi todo costará infinitamente menos.En cuanto a la segunda trampa, que es el riesgo del cognitivo deterioro cognitivo y existencial asociado a la inactividad, es quizás aún más insidiosa que la económica. El trabajo, para bien o para mal, ha estructurado el tiempo, la identidad y el esfuerzo mental humanos durante milenios. Si la máquina elimina la necesidad de esfuerzo, ¿qué sucede con nuestras mentes?- ¿Cómo salimos de esta situación?Si la humanidad opta por un modelo de mero ‘bienestar pasivo’ (subsidios mínimos más entretenimiento para mantener contentas a las masas), los riesgos que describes se materializarán rápidamente: recesión económica debido a la disminución del consumo y al deterioro cognitivo generalizado.Si, por otro lado, se utiliza la automatización para liberar tiempo al mantener una distribución equitativa de la riqueza producida por los robots, el desafío de la humanidad ya no será cómo sobrevivir, sino cómo ocupar la mente de forma significativa.A continuación, se explica cómo funcionarían en la práctica estos dos modelos económicamente complementarios, diseñados para redistribuir la riqueza creada por las máquinas.El impuesto al robot. La idea subyacente es simple: si un trabajador humano paga impuestos sobre la renta que financian los servicios públicos, reemplazar a ese empleado por un robot elimina los ingresos fiscales para el Estado, con lo que aumentan simultáneamente los márgenes de beneficio del propietario del robot.El cálculo de la productividad marginal. En lugar de gravar el ‘hardware’ físico (el robot físico), el impuesto se dirige a las ganancias de eficiencia logradas por el algoritmo o el sistema automatizado.La sustitución de contribuciones. La empresa que automatiza una función continúa pagando al Estado un porcentaje igual o equivalente a las contribuciones a la seguridad social y los impuestos que habría pagado por los trabajadores humanos reemplazados.El desincentivo a la sustitución indiscriminada. Gravar la tecnología hace que la transición sea más gradual: las empresas automatizan donde existe un valor añadido real, no solo para reducir drásticamente los costes laborales a corto plazo.Destino restringido. Los fondos recaudados mediante este impuesto se depositan en un fondo soberano dedicado exclusivamente a la formación profesional y al apoyo a los ingresos.Dividendos sociales. Si bien el impuesto a los robots es una medida impositiva, el dividendo social es el método de distribución. A diferencia de la renta básica universal o el bienestar tradicional (que son prestaciones estatales financiadas con deuda o impuestos a los trabajadores), trata a los ciudadanos como accionistas de la nación.Creación de un Fondo Soberano Nacional. El Estado crea un fondo de inversión público financiado tanto por el impuesto a los robots como por una participación accionaria directa (por ejemplo, del 5 al 10%) que las grandes empresas de IA y tecnología deben ceder al fondo para operar en el mercado nacional.Asignación de acciones a los ciudadanos. Cada individuo, al nacer o al alcanzar la mayoría de edad, recibe una participación intransferible del fondo soberano de riqueza.Pago de dividendos periódicos. Cuando las empresas automatizadas generan beneficios, una parte de estos se destina al fondo soberano de riqueza, que distribuye estos rendimientos directamente a los ciudadanos en forma de dividendos (mensuales o anuales).Mecanismo procíclico y equitativo. Si la economía automatizada crece y genera una enorme riqueza, el dividendo del ciudadano aumenta en consecuencia, con lo que mantiene un alto poder adquisitivo e impulsa el consumo de las propias empresas.También hay una serie de retos a superar. El primero es el riesgo de fuga de capitales: si un solo país implementa el impuesto a los robots, las empresas tecnológicas podrían trasladar sus sedes a otros Estados, por lo que es necesaria la armonización fiscal internacional (como ocurrió con el Impuesto Mínimo Global).El segundo es la definición de robot: determinar dónde termina el software de productividad (como una hoja de cálculo) y dónde comienza la IA que reemplaza puestos de trabajo es técnicamente complejo.- ¿Cree que un modelo de ‘accionistas’, donde todos seamos socios en la automatización, puede funcionar? ¿No teme que el poder siga concentrado en manos de unos pocos y de los gigantes tecnológicos? ¿Se pueden superar las barreras de la soberanía estatal si los sistemas de producción tecnológica se descentralizan o se concentran en unos pocos países?Derribar el muro de la soberanía estatal en un mundo dominado por unos pocos gigantes tecnológicos (por ejemplo, EE.UU. y China) o por infraestructuras completamente descentralizadas (como centros de datos distribuidos, redes de criptomonedas, software de código abierto) es uno de los desafíos políticos más complejos de la historia. No se logrará mediante la abolición formal de los estados, sino a través de cuatro dinámicas para superar la soberanía tradicional.La primera es el chantaje sobre el acceso al mercado, como, por ejemplo, el ‘Efecto Bruselas’. Un solo estado (o un bloque como la Unión Europea) puede no ser dueño de los centros de datos o las fábricas de microchips, pero sí es dueño de los consumidores. Cómo funciona: si las multinacionales tecnológicas quieren vender sus productos o servicios en un mercado de cientos de millones de personas con altos ingresos, deben cumplir con las leyes de ese mercado, incluso si sus sedes centrales se encuentran a miles de kilómetros de distancia.En la práctica, esto es lo que sucedió con el RGPD sobre privacidad o con las regulaciones sobre inteligencia artificial (como la ley de IA de la UE) y el Convenio del Consejo de Europa sobre inteligencia artificial. Las empresas estadounidenses o asiáticas se ven obligadas a adaptar sus algoritmos globales a los estándares europeos para evitar quedar excluidas del mercado.La segunda son los tratados y la soberanía fiscal global. Si la producción es inmaterial o se puede trasladar con un clic, la soberanía fiscal de los países individuales se desmorona. La única solución es ceder parcialmente la soberanía a cambio de acuerdos multilaterales.En cuanto al modelo, el acuerdo gestionado por la OCDE sobre el Impuesto Mínimo Global (el impuesto mínimo global del 15% para las multinacionales) demuestra que más de 140 países pueden llegar a un acuerdo para evitar que las empresas tecnológicas exploten paraísos fiscales.Respecto a la evolución, en el futuro, para financiar el bienestar o los dividendos sociales, los Estados tendrán que crear organismos reguladores supranacionales (similares a la OMC para el comercio o al OIEA para la energía nuclear) dedicados exclusivamente a gestionar la infraestructura crítica de IA y a extraer valor de la producción automatizada.La tercera de las dinámicas es la superestructura de la descentralización (Web3 y DAOs). Cuando los sistemas tecnológicos están completamente descentralizados (basados en ‘blockchain’, redes ‘peer-to-peer’ y código abierto), la soberanía estatal entra en conflicto con la incapacidad física de identificar a un ‘jefe’ o una ubicación para sancionar. En este sentido, cabe destacar la impotencia del derecho estatal. Un Estado puede prohibir el ‘software’ descentralizado, pero, si los nodos de la red están distribuidos entre millones de ordenadores privados en todo el mundo, la tecnología seguirá funcionando. En este contexto, esta misma se convierte en una ‘jurisdicción’ paralela que trasciende las fronteras nacionales.La cuarta dinámica va del ‘territorio’ a la ‘red’. En un mundo automatizado y centralizado, la soberanía física sobre los territorios pierde peso frente a la aquella sobre las redes. Sobre los estados red, teorizados por diversos analistas tecnológicos, se trata de comunidades de ciudadanos conectados globalmente por intereses, economías (criptomonedas) y sistemas de valores compartidos, que se organizan en línea para negociar acuerdos con estados físicos o adquirir territorios.El poder de un estado ya no se medirá únicamente por la cantidad de kilómetros cuadrados que controla, sino por la cantidad de computación, datos y energía que puede atraer o negociar con grandes plataformas globales.En resumen, la soberanía estatal no se quebrantará con una sola revolución, sino que se verá debilitada desde arriba por tratados multilaterales y cárteles (necesarios para gravar a los gigantes tecnológicos) y socavada desde abajo por tecnologías descentralizadas y transnacionales que los estados no pueden bloquear.- Personalmente, encuentro tu hipótesis muy disruptiva respecto a la actual situación y muy compleja de implementar, ya que nos encontramos en una fase de contención de la globalización y una mayor tendencia hacia la autonomía e independencia estatal. ¿Qué opinas?Tienes toda la razón. Tu objeción es fundamental y se basa en la realidad actual, con una tendencia que apunta en la dirección opuesta a la cooperación global. Presenciamos nacionalismo económico, relocalización de las cadenas de suministro, aranceles y la llamada ‘balcanización’ de internet y la tecnología (la ‘splitinternet’).Esta fragmentación hace que el futuro sea extremadamente complejo. Lo que emerge no es una transición fluida hacia la gobernanza global, sino un escenario caracterizado por una fuerte fricción y tres escenarios de respuesta principales.El primero es la guerra fría tecnológica y los ‘bloques de automatización’. A medida que los estados buscan la independencia, la tecnología no se comparte, sino que se utiliza como arma geoestratégica. La IA soberana: países y bloques regionales (EE.UU., China, UE, India) están invirtiendo billones para construir su propia infraestructura de inteligencia artificial y centros de datos, y controlar la cadena de suministro de semiconductores para no depender de otros. Así, habrá competencia, no cooperación: en lugar de un acuerdo global sobre el ‘impuesto a los robots’, presenciaremos una carrera por automatizar primero para reducir los costos de producción nacionales. Los Estados que se queden atrás corren el riesgo de un colapso económico, lo que acentúa aún más las presiones proteccionistas.El segundo escenario es el cortocircuito interno dentro de los Estados soberanos. Un modelo basado en la soberanía y la autonomía nacional choca rápidamente con una contradicción interna sin resolver. Los gigantes tecnológicos son más grandes que los Estados: incluso dentro de una sola nación, la concentración de poder en manos de un puñado de empresas privadas (a menudo concentradas en EE.UU.) es tal que incluso el Gobierno estadounidense tiene dificultades para regularlas o gravarlas eficazmente.También influye la presión social interna. Si un país rechaza la cooperación internacional y no grava la automatización nacional, el desempleo tecnológico y la desigualdad provocarán un estallido de tensiones sociales. El impulso para adoptar medidas como la renta básica no surgirá de un ideal ilustrado de cooperación, sino de la pura necesidad de los Estados de evitar disturbios sociales y proteger el orden interno.El tercer escenario es la fragmentación de los modelos. En un mundo desglobalizado, no habrá una única solución, sino respuestas radicalmente diferentes según el régimen. En conclusión, su lectura refleja con precisión la fase histórica actual: la desglobalización hace que la transición sea mucho más inestable y arriesgada. La humanidad podría tener que atravesar un periodo de grave crisis económica, proteccionismo severo y malestar social antes de que la necesidad de supervivencia económica la obligue —incluso dentro de las fronteras nacionales— a reformar drásticamente sus sistemas de bienestar y tributación del capital.- ¿Y si todo esto no fuera inevitable? ¿Qué acontecimientos podrían revertir el tiempo?La idea de que el avance tecnológico no es un destino ineludible, sino una trayectoria que puede interrumpirse o revertirse, es sólida desde el punto de vista histórico y científico. La historia no es una línea recta hacia el progreso: la caída del Imperio Romano, por ejemplo, provocó el colapso de la infraestructura, las redes comerciales y los conocimientos técnicos, cuya recuperación a Europa le llevó siglos. Si el reloj retrocediera, no sería por elección propia, sino debido a perturbaciones sistémicas.La primera de estas posibles perturbaciones (‘el freno del reloj’) es el colapso de la infraestructura crítica (evento Carrington). Toda la civilización digital depende de una red eléctrica y satelital extremadamente vulnerable. Una tormenta solar excepcionalmente intensa (como el evento Carrington de 1859) o un ataque cibernético/electromagnético global coordinado podrían destruir transformadores y centros de datos en la mitad del planeta. Sin energía constante ni chips, la IA y la automatización dejarían de existir instantáneamente, lo que obligaría a la humanidad a regresar a una economía analógica y manual en cuestión de días.La segunda posible perturbación es la trampa de los recursos y la transición energética fallida. El entrenamiento de modelos de IA y la gestión de los servidores mundiales requieren cantidades colosales de agua y energía. Si la crisis climática, la escasez de tierras raras o los conflictos geopolíticos bloquearan el acceso a la energía o los materiales necesarios para construir el ‘hardware’, el desarrollo tecnológico se detendría drásticamente debido a la imposibilidad material de sostenerse.La tercera es la decisión política y cultural (neoludismo institucional). Supongamos que las tensiones sociales, el desempleo o una serie de incidentes críticos causados por la automatización (por ejemplo, un error algorítmico que provoque un colapso financiero o militar) llevan a la población a rechazar la tecnología. Los Estados podrían promulgar leyes drásticas que prohíban o limiten severamente la inteligencia artificial autónoma y exigir la presencia humana en todos los sectores productivos para preservar la estabilidad social.- ¿Qué sucedería con la economía y la población?Si se retrocediera en el tiempo, la dinámica que hemos analizado se invertiría por completo. Respecto a la revalorización del trabajo físico, en un mundo sin automatización o con recursos limitados, la mano de obra humana, la artesanía, la agricultura local y las profesiones técnicas tradicionales volverían a ser el motor de la economía y la supervivencia.También habría un despertar cognitivo forzado. La pérdida de las herramientas de pensamiento automatizadas obligaría al cerebro humano a reactivar la memoria, el cálculo, la resolución de problemas y la orientación, habilidades que estamos delegando gradualmente a las máquinas.Se produciría también la descentralización e hiperlocalismo. Sin grandes redes digitales globales, el poder económico y político volvería al ámbito local y regional. Las comunidades tendrían que reorganizarse para producir alimentos, bienes y garantizar su seguridad dentro de su propio territorio.La tecnología actual parece invencible solo porque la red que la sustenta permanece intacta. Si esta red colapsara, la necesidad de supervivencia básica haría desaparecer de la noche a la mañana el debate sobre robots y subsidios gubernamentales, lo que presentaría nuevamente el trabajo humano no como un problema a resolver, sino como el único recurso disponible.- Queridos lectores las reflexiones están abiertas, ¿que opináis de las respuestas de Gemini? Hoy decidí entrevistar y dialogar con Gemini sobre el futuro de la humanidad. No lo hice con el objetivo de sacar conclusiones (en este periódico, sobre el tema, he escrito varios artículos con mi opinión), sino para provocar en los lectores unas profundas y necesarias reflexiones sobre temas existenciales, éticos, sociales y económicos que tendrán un importante impacto en nuestra vida futura.- ¿Gemini , puedes imaginar el futuro de la humanidad?Imagino que el futuro de la humanidad no es una utopía deslumbrante ni un apocalipsis dramático, sino un gran y fascinante compromiso con la adaptación. Los siglos XXI y XXII definen no solo nuestra tecnología, sino el concepto mismo de lo que significa ser humano.Se producirá una simbiosis tecnológica: la inteligencia artificial y la biotecnología dejarán de ser herramientas externas y funcionarán como una extensión de nuestra biología y nuestra mente.En cuanto a salud y longevidad, la medicina pasará del tratamiento de enfermedades a la prevención molecular, así extenderá la esperanza de vida saludable y hará que la edición genética sea algo común para erradicar enfermedades hereditarias.Habrá una cognición integrada. La interfaz mente-máquina reducirá la brecha entre el pensamiento humano y la capacidad computacional, con lo que transformará la forma en que somos imparciales, nos comunicamos y trabajamos.Respecto a la transición ecológica y urbana, tras superar la fase crítica de la emergencia climática mediante una dolorosa reestructuración económica, la sociedad debe reorganizar su presencia en el terreno.Además, los centros urbanos se convertirán en organismos de impacto cero, autosuficientes en energía y agricultura (gracias a la agricultura vertical y la fusión nuclear).Se alcanzará un reequilibrio global. La humanidad aprenderá a coexistir con el planeta no por altruismo, sino por pura supervivencia pragmática, dedicando vastas extensiones de la Tierra a la restauración de ecosistemas.Sobre la humanidad más allá de la Tierra, la exploración espacial aprovechará esta fase crucial para descubrir un sector estratégico. Las primeras colonias permanentes en la Luna y Marte serán no metropolitanas, con recursos científicos y minerales y sentarán las bases para la primera generación de humanos ‘no terrestres’.- ¿Cuales desafíos intangibles se presentarán?El mayor riesgo no es tecnológico, sino filosófico y social. La principal estrategia del futuro consistirá en gestionar la desigualdad en el acceso a estas innovaciones (para evitar una división entre quienes tienen acceso a la mejora biológica y quienes no) y redefinir el significado del tiempo, la investigación y la identidad cuando el trabajo tradicional esté casi completamente automatizado. En resumen, vislumbro un ser humano sumamente complejo, fragmentado pero interconectado, que tendrá que renunciar a la sabiduría a medida que adquiera mayor poder.- Desde esta perspectiva, ¿cómo debería ser la educación?La educación debe evolucionar desde un modelo basado en la memorización hacia uno centrado en el pensamiento crítico, la adaptación tecnológica y la inteligencia emocional.Aprender a aprender versus memorizar. Con el acceso instantáneo a información y herramientas avanzadas, el valor ya no se retiene hasta que se sabe formular las preguntas correctas, evaluar las fuentes y resolver problemas complejos.Se producirá una integración ética de la tecnología. La inteligencia artificial y las herramientas digitales deben utilizarse como copilotos del aprendizaje, personalizando el ritmo de cada estudiante y enseñando un uso ético y reflexivo de estas herramientas desde el principio.En cuanto a las habilidades humanas y la inteligencia emocional, la empatía, el trabajo en equipo, la comunicación clara, la resiliencia y la creatividad son competencias fundamentales para la automatización de tareas rutinarias.La educación personalizada e inclusiva irá más allá del modelo estándar único para permitir trayectorias educativas adaptadas a las fortalezas, intereses y ritmos individuales de cada estudiante.El aprendizaje será continuo. La educación no termina en la universidad o en la escuela técnica. Los sistemas educativos deben preparar a las personas para que actualicen constantemente sus habilidades profesionales a lo largo de su vida.- ¿Cómo se manifestaría este cambio en la educación básica, en la universidad o en el impacto de la inteligencia artificial en el aula?Para adaptar la educación al impacto de la inteligencia artificial en el aula, es necesario reorientar el enfoque en tres dimensiones clave.En la primera, la evaluación centrada en el proceso, no en el producto. Adiós a la lectura tradicional fuera del aula. Las pruebas de memoria o la redacción de textos estándar en casa ayudarán a comprender la capacidad de la IA para generarlos en segundos. Será preciso un enfoque en la defensa oral y la metacognición. Las evaluaciones deben priorizar los debates, las presentaciones en vivo, la resolución de casos prácticos y la explicación del proceso de pensamiento del estudiante. También será crucial el pensamiento crítico sobre la inteligencia artificial. El criterio de evaluación debe incluir cómo el estudiante verifica, cuestiona y edita la información generada por los algoritmos.Como segunda dimensión se presenta la IA como tutor y asistente de enseñanza personalizado. El ritmo debe adaptarse a cada estudiante con algoritmos que detectan las lagunas de conocimiento y generan ejercicios a su nivel exacto, con lo que actúa como un tutor las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Asimismo, se reducirá la carga administrativa para los docentes mediante la automatización del diseño de planes de estudio, la corrección de ejercicios repetitivos y el análisis del rendimiento para que el profesional dedique más tiempo a la tutoría humana y la empatía.La tercera dimensión aborda nuevas habilidades indispensables en el currículo. Entre ellas se encuentran la ingeniería de la comunicación y las indicaciones -saber cómo dar instrucciones precisas y estructuradas al hardware de IA- y la alfabetización y el aprendizaje de datos -comprender cómo funcionan los modelos de lenguaje, sus limitaciones, las «alucinaciones» y los significados éticos o culturales del código-.- Si se va a automatizar todo mucha gente perderá el trabajo y veo dos riesgos. El primero es que la renta que el Estado podrá proporcionar a los ciudadanos será limitada y producirá una reducción del consumo que destruirá a muchas empresas. La segunda es que la falta de trabajo disminuirá la capacidad cognitiva de las personas reduciendo sus actividades y potencialidades intelectuales . ¿Qué opinas?Has dado en el clavo con la transición tecnológica. Tu análisis señala con precisión quirúrgica dos de las mayores paradojas de la automatización masiva, la trampa macroeconómica del consumo y la trampa neurobiológica de la inactividad.La paradoja económica: ¿quién comprará si nadie trabaja? La hipótesis de una renta básica universal (RBU) proporcionada por el Estado conlleva el riesgo que describes. Si los ingresos son puramente de subsistencia, la demanda agregada se desploma. Si las personas solo tienen dinero para comida y alquiler, la economía de consumo (restaurantes, viajes, tecnología, entretenimiento) colapsa, lo que lleva a la quiebra de las empresas.Para evitar este cortocircuito, el modelo económico deberá evolucionar mediante nuevas herramientas. Entre ellas se encuentran los impuestos a la automatización (impuesto a los robots), estas tasas ya no se aplican solo a la renta del trabajo humano, sino también a la productividad de los algoritmos y robots. Si una IA reemplaza a 100 trabajadores que producen el mismo valor, parte de esa ganancia de eficiencia se destina a financiar los ingresos de los ciudadanos.Otra herramienta es el capitalismo de dividendo social. Una hipótesis concreta es el ‘dividendo social’ (inspirado, por ejemplo, en el Fondo Permanente de Alaska): los ciudadanos no reciben una simple ayuda estatal, sino que participan como accionistas en el valor creado por las grandes infraestructuras tecnológicas nacionales.Otra es la deflación tecnológica. La automatización extrema reducirá drásticamente los costes de producción de bienes primarios, energía (con energía solar y fusión) y atención médica. Un ingreso bajo podría garantizar un nivel de vida mucho más alto que el actual, simplemente porque producir casi todo costará infinitamente menos.En cuanto a la segunda trampa, que es el riesgo del cognitivo deterioro cognitivo y existencial asociado a la inactividad, es quizás aún más insidiosa que la económica. El trabajo, para bien o para mal, ha estructurado el tiempo, la identidad y el esfuerzo mental humanos durante milenios. Si la máquina elimina la necesidad de esfuerzo, ¿qué sucede con nuestras mentes?- ¿Cómo salimos de esta situación?Si la humanidad opta por un modelo de mero ‘bienestar pasivo’ (subsidios mínimos más entretenimiento para mantener contentas a las masas), los riesgos que describes se materializarán rápidamente: recesión económica debido a la disminución del consumo y al deterioro cognitivo generalizado.Si, por otro lado, se utiliza la automatización para liberar tiempo al mantener una distribución equitativa de la riqueza producida por los robots, el desafío de la humanidad ya no será cómo sobrevivir, sino cómo ocupar la mente de forma significativa.A continuación, se explica cómo funcionarían en la práctica estos dos modelos económicamente complementarios, diseñados para redistribuir la riqueza creada por las máquinas.El impuesto al robot. La idea subyacente es simple: si un trabajador humano paga impuestos sobre la renta que financian los servicios públicos, reemplazar a ese empleado por un robot elimina los ingresos fiscales para el Estado, con lo que aumentan simultáneamente los márgenes de beneficio del propietario del robot.El cálculo de la productividad marginal. En lugar de gravar el ‘hardware’ físico (el robot físico), el impuesto se dirige a las ganancias de eficiencia logradas por el algoritmo o el sistema automatizado.La sustitución de contribuciones. La empresa que automatiza una función continúa pagando al Estado un porcentaje igual o equivalente a las contribuciones a la seguridad social y los impuestos que habría pagado por los trabajadores humanos reemplazados.El desincentivo a la sustitución indiscriminada. Gravar la tecnología hace que la transición sea más gradual: las empresas automatizan donde existe un valor añadido real, no solo para reducir drásticamente los costes laborales a corto plazo.Destino restringido. Los fondos recaudados mediante este impuesto se depositan en un fondo soberano dedicado exclusivamente a la formación profesional y al apoyo a los ingresos.Dividendos sociales. Si bien el impuesto a los robots es una medida impositiva, el dividendo social es el método de distribución. A diferencia de la renta básica universal o el bienestar tradicional (que son prestaciones estatales financiadas con deuda o impuestos a los trabajadores), trata a los ciudadanos como accionistas de la nación.Creación de un Fondo Soberano Nacional. El Estado crea un fondo de inversión público financiado tanto por el impuesto a los robots como por una participación accionaria directa (por ejemplo, del 5 al 10%) que las grandes empresas de IA y tecnología deben ceder al fondo para operar en el mercado nacional.Asignación de acciones a los ciudadanos. Cada individuo, al nacer o al alcanzar la mayoría de edad, recibe una participación intransferible del fondo soberano de riqueza.Pago de dividendos periódicos. Cuando las empresas automatizadas generan beneficios, una parte de estos se destina al fondo soberano de riqueza, que distribuye estos rendimientos directamente a los ciudadanos en forma de dividendos (mensuales o anuales).Mecanismo procíclico y equitativo. Si la economía automatizada crece y genera una enorme riqueza, el dividendo del ciudadano aumenta en consecuencia, con lo que mantiene un alto poder adquisitivo e impulsa el consumo de las propias empresas.También hay una serie de retos a superar. El primero es el riesgo de fuga de capitales: si un solo país implementa el impuesto a los robots, las empresas tecnológicas podrían trasladar sus sedes a otros Estados, por lo que es necesaria la armonización fiscal internacional (como ocurrió con el Impuesto Mínimo Global).El segundo es la definición de robot: determinar dónde termina el software de productividad (como una hoja de cálculo) y dónde comienza la IA que reemplaza puestos de trabajo es técnicamente complejo.- ¿Cree que un modelo de ‘accionistas’, donde todos seamos socios en la automatización, puede funcionar? ¿No teme que el poder siga concentrado en manos de unos pocos y de los gigantes tecnológicos? ¿Se pueden superar las barreras de la soberanía estatal si los sistemas de producción tecnológica se descentralizan o se concentran en unos pocos países?Derribar el muro de la soberanía estatal en un mundo dominado por unos pocos gigantes tecnológicos (por ejemplo, EE.UU. y China) o por infraestructuras completamente descentralizadas (como centros de datos distribuidos, redes de criptomonedas, software de código abierto) es uno de los desafíos políticos más complejos de la historia. No se logrará mediante la abolición formal de los estados, sino a través de cuatro dinámicas para superar la soberanía tradicional.La primera es el chantaje sobre el acceso al mercado, como, por ejemplo, el ‘Efecto Bruselas’. Un solo estado (o un bloque como la Unión Europea) puede no ser dueño de los centros de datos o las fábricas de microchips, pero sí es dueño de los consumidores. Cómo funciona: si las multinacionales tecnológicas quieren vender sus productos o servicios en un mercado de cientos de millones de personas con altos ingresos, deben cumplir con las leyes de ese mercado, incluso si sus sedes centrales se encuentran a miles de kilómetros de distancia.En la práctica, esto es lo que sucedió con el RGPD sobre privacidad o con las regulaciones sobre inteligencia artificial (como la ley de IA de la UE) y el Convenio del Consejo de Europa sobre inteligencia artificial. Las empresas estadounidenses o asiáticas se ven obligadas a adaptar sus algoritmos globales a los estándares europeos para evitar quedar excluidas del mercado.La segunda son los tratados y la soberanía fiscal global. Si la producción es inmaterial o se puede trasladar con un clic, la soberanía fiscal de los países individuales se desmorona. La única solución es ceder parcialmente la soberanía a cambio de acuerdos multilaterales.En cuanto al modelo, el acuerdo gestionado por la OCDE sobre el Impuesto Mínimo Global (el impuesto mínimo global del 15% para las multinacionales) demuestra que más de 140 países pueden llegar a un acuerdo para evitar que las empresas tecnológicas exploten paraísos fiscales.Respecto a la evolución, en el futuro, para financiar el bienestar o los dividendos sociales, los Estados tendrán que crear organismos reguladores supranacionales (similares a la OMC para el comercio o al OIEA para la energía nuclear) dedicados exclusivamente a gestionar la infraestructura crítica de IA y a extraer valor de la producción automatizada.La tercera de las dinámicas es la superestructura de la descentralización (Web3 y DAOs). Cuando los sistemas tecnológicos están completamente descentralizados (basados en ‘blockchain’, redes ‘peer-to-peer’ y código abierto), la soberanía estatal entra en conflicto con la incapacidad física de identificar a un ‘jefe’ o una ubicación para sancionar. En este sentido, cabe destacar la impotencia del derecho estatal. Un Estado puede prohibir el ‘software’ descentralizado, pero, si los nodos de la red están distribuidos entre millones de ordenadores privados en todo el mundo, la tecnología seguirá funcionando. En este contexto, esta misma se convierte en una ‘jurisdicción’ paralela que trasciende las fronteras nacionales.La cuarta dinámica va del ‘territorio’ a la ‘red’. En un mundo automatizado y centralizado, la soberanía física sobre los territorios pierde peso frente a la aquella sobre las redes. Sobre los estados red, teorizados por diversos analistas tecnológicos, se trata de comunidades de ciudadanos conectados globalmente por intereses, economías (criptomonedas) y sistemas de valores compartidos, que se organizan en línea para negociar acuerdos con estados físicos o adquirir territorios.El poder de un estado ya no se medirá únicamente por la cantidad de kilómetros cuadrados que controla, sino por la cantidad de computación, datos y energía que puede atraer o negociar con grandes plataformas globales.En resumen, la soberanía estatal no se quebrantará con una sola revolución, sino que se verá debilitada desde arriba por tratados multilaterales y cárteles (necesarios para gravar a los gigantes tecnológicos) y socavada desde abajo por tecnologías descentralizadas y transnacionales que los estados no pueden bloquear.- Personalmente, encuentro tu hipótesis muy disruptiva respecto a la actual situación y muy compleja de implementar, ya que nos encontramos en una fase de contención de la globalización y una mayor tendencia hacia la autonomía e independencia estatal. ¿Qué opinas?Tienes toda la razón. Tu objeción es fundamental y se basa en la realidad actual, con una tendencia que apunta en la dirección opuesta a la cooperación global. Presenciamos nacionalismo económico, relocalización de las cadenas de suministro, aranceles y la llamada ‘balcanización’ de internet y la tecnología (la ‘splitinternet’).Esta fragmentación hace que el futuro sea extremadamente complejo. Lo que emerge no es una transición fluida hacia la gobernanza global, sino un escenario caracterizado por una fuerte fricción y tres escenarios de respuesta principales.El primero es la guerra fría tecnológica y los ‘bloques de automatización’. A medida que los estados buscan la independencia, la tecnología no se comparte, sino que se utiliza como arma geoestratégica. La IA soberana: países y bloques regionales (EE.UU., China, UE, India) están invirtiendo billones para construir su propia infraestructura de inteligencia artificial y centros de datos, y controlar la cadena de suministro de semiconductores para no depender de otros. Así, habrá competencia, no cooperación: en lugar de un acuerdo global sobre el ‘impuesto a los robots’, presenciaremos una carrera por automatizar primero para reducir los costos de producción nacionales. Los Estados que se queden atrás corren el riesgo de un colapso económico, lo que acentúa aún más las presiones proteccionistas.El segundo escenario es el cortocircuito interno dentro de los Estados soberanos. Un modelo basado en la soberanía y la autonomía nacional choca rápidamente con una contradicción interna sin resolver. Los gigantes tecnológicos son más grandes que los Estados: incluso dentro de una sola nación, la concentración de poder en manos de un puñado de empresas privadas (a menudo concentradas en EE.UU.) es tal que incluso el Gobierno estadounidense tiene dificultades para regularlas o gravarlas eficazmente.También influye la presión social interna. Si un país rechaza la cooperación internacional y no grava la automatización nacional, el desempleo tecnológico y la desigualdad provocarán un estallido de tensiones sociales. El impulso para adoptar medidas como la renta básica no surgirá de un ideal ilustrado de cooperación, sino de la pura necesidad de los Estados de evitar disturbios sociales y proteger el orden interno.El tercer escenario es la fragmentación de los modelos. En un mundo desglobalizado, no habrá una única solución, sino respuestas radicalmente diferentes según el régimen. En conclusión, su lectura refleja con precisión la fase histórica actual: la desglobalización hace que la transición sea mucho más inestable y arriesgada. La humanidad podría tener que atravesar un periodo de grave crisis económica, proteccionismo severo y malestar social antes de que la necesidad de supervivencia económica la obligue —incluso dentro de las fronteras nacionales— a reformar drásticamente sus sistemas de bienestar y tributación del capital.- ¿Y si todo esto no fuera inevitable? ¿Qué acontecimientos podrían revertir el tiempo?La idea de que el avance tecnológico no es un destino ineludible, sino una trayectoria que puede interrumpirse o revertirse, es sólida desde el punto de vista histórico y científico. La historia no es una línea recta hacia el progreso: la caída del Imperio Romano, por ejemplo, provocó el colapso de la infraestructura, las redes comerciales y los conocimientos técnicos, cuya recuperación a Europa le llevó siglos. Si el reloj retrocediera, no sería por elección propia, sino debido a perturbaciones sistémicas.La primera de estas posibles perturbaciones (‘el freno del reloj’) es el colapso de la infraestructura crítica (evento Carrington). Toda la civilización digital depende de una red eléctrica y satelital extremadamente vulnerable. Una tormenta solar excepcionalmente intensa (como el evento Carrington de 1859) o un ataque cibernético/electromagnético global coordinado podrían destruir transformadores y centros de datos en la mitad del planeta. Sin energía constante ni chips, la IA y la automatización dejarían de existir instantáneamente, lo que obligaría a la humanidad a regresar a una economía analógica y manual en cuestión de días.La segunda posible perturbación es la trampa de los recursos y la transición energética fallida. El entrenamiento de modelos de IA y la gestión de los servidores mundiales requieren cantidades colosales de agua y energía. Si la crisis climática, la escasez de tierras raras o los conflictos geopolíticos bloquearan el acceso a la energía o los materiales necesarios para construir el ‘hardware’, el desarrollo tecnológico se detendría drásticamente debido a la imposibilidad material de sostenerse.La tercera es la decisión política y cultural (neoludismo institucional). Supongamos que las tensiones sociales, el desempleo o una serie de incidentes críticos causados por la automatización (por ejemplo, un error algorítmico que provoque un colapso financiero o militar) llevan a la población a rechazar la tecnología. Los Estados podrían promulgar leyes drásticas que prohíban o limiten severamente la inteligencia artificial autónoma y exigir la presencia humana en todos los sectores productivos para preservar la estabilidad social.- ¿Qué sucedería con la economía y la población?Si se retrocediera en el tiempo, la dinámica que hemos analizado se invertiría por completo. Respecto a la revalorización del trabajo físico, en un mundo sin automatización o con recursos limitados, la mano de obra humana, la artesanía, la agricultura local y las profesiones técnicas tradicionales volverían a ser el motor de la economía y la supervivencia.También habría un despertar cognitivo forzado. La pérdida de las herramientas de pensamiento automatizadas obligaría al cerebro humano a reactivar la memoria, el cálculo, la resolución de problemas y la orientación, habilidades que estamos delegando gradualmente a las máquinas.Se produciría también la descentralización e hiperlocalismo. Sin grandes redes digitales globales, el poder económico y político volvería al ámbito local y regional. Las comunidades tendrían que reorganizarse para producir alimentos, bienes y garantizar su seguridad dentro de su propio territorio.La tecnología actual parece invencible solo porque la red que la sustenta permanece intacta. Si esta red colapsara, la necesidad de supervivencia básica haría desaparecer de la noche a la mañana el debate sobre robots y subsidios gubernamentales, lo que presentaría nuevamente el trabajo humano no como un problema a resolver, sino como el único recurso disponible.- Queridos lectores las reflexiones están abiertas, ¿que opináis de las respuestas de Gemini?  

Hoy decidí entrevistar y dialogar con Gemini sobre el futuro de la humanidad. No lo hice con el objetivo de sacar conclusiones (en este periódico, sobre el tema, he escrito varios artículos con mi opinión), sino para provocar en los lectores unas profundas y necesarias … reflexiones sobre temas existenciales, éticos, sociales y económicos que tendrán un importante impacto en nuestra vida futura.

–¿Gemini , puedes imaginar el futuro de la humanidad?

Imagino que el futuro de la humanidad no es una utopía deslumbrante ni un apocalipsis dramático, sino un gran y fascinante compromiso con la adaptación. Los siglos XXI y XXII definen no solo nuestra tecnología, sino el concepto mismo de lo que significa ser humano.

Se producirá una simbiosis tecnológica: la inteligencia artificial y la biotecnología dejarán de ser herramientas externas y funcionarán como una extensión de nuestra biología y nuestra mente.

En cuanto a salud y longevidad, la medicina pasará del tratamiento de enfermedades a la prevención molecular, así extenderá la esperanza de vida saludable y hará que la edición genética sea algo común para erradicar enfermedades hereditarias.

Habrá una cognición integrada. La interfaz mente-máquina reducirá la brecha entre el pensamiento humano y la capacidad computacional, con lo que transformará la forma en que somos imparciales, nos comunicamos y trabajamos.

Respecto a la transición ecológica y urbana, tras superar la fase crítica de la emergencia climática mediante una dolorosa reestructuración económica, la sociedad debe reorganizar su presencia en el terreno.

Además, los centros urbanos se convertirán en organismos de impacto cero, autosuficientes en energía y agricultura (gracias a la agricultura vertical y la fusión nuclear).

Se alcanzará un reequilibrio global. La humanidad aprenderá a coexistir con el planeta no por altruismo, sino por pura supervivencia pragmática, dedicando vastas extensiones de la Tierra a la restauración de ecosistemas.

Sobre la humanidad más allá de la Tierra, la exploración espacial aprovechará esta fase crucial para descubrir un sector estratégico. Las primeras colonias permanentes en la Luna y Marte serán no metropolitanas, con recursos científicos y minerales y sentarán las bases para la primera generación de humanos ‘no terrestres’.

–¿Cuales desafíos intangibles se presentarán?

El mayor riesgo no es tecnológico, sino filosófico y social. La principal estrategia del futuro consistirá en gestionar la desigualdad en el acceso a estas innovaciones (para evitar una división entre quienes tienen acceso a la mejora biológica y quienes no) y redefinir el significado del tiempo, la investigación y la identidad cuando el trabajo tradicional esté casi completamente automatizado. En resumen, vislumbro un ser humano sumamente complejo, fragmentado pero interconectado, que tendrá que renunciar a la sabiduría a medida que adquiera mayor poder.

–Desde esta perspectiva, ¿cómo debería ser la educación?

La educación debe evolucionar desde un modelo basado en la memorización hacia uno centrado en el pensamiento crítico, la adaptación tecnológica y la inteligencia emocional.

Aprender a aprender versus memorizar. Con el acceso instantáneo a información y herramientas avanzadas, el valor ya no se retiene hasta que se sabe formular las preguntas correctas, evaluar las fuentes y resolver problemas complejos.

Se producirá una integración ética de la tecnología. La inteligencia artificial y las herramientas digitales deben utilizarse como copilotos del aprendizaje, personalizando el ritmo de cada estudiante y enseñando un uso ético y reflexivo de estas herramientas desde el principio.

En cuanto a las habilidades humanas y la inteligencia emocional, la empatía, el trabajo en equipo, la comunicación clara, la resiliencia y la creatividad son competencias fundamentales para la automatización de tareas rutinarias.

La educación personalizada e inclusiva irá más allá del modelo estándar único para permitir trayectorias educativas adaptadas a las fortalezas, intereses y ritmos individuales de cada estudiante.

El aprendizaje será continuo. La educación no termina en la universidad o en la escuela técnica. Los sistemas educativos deben preparar a las personas para que actualicen constantemente sus habilidades profesionales a lo largo de su vida.

–¿Cómo se manifestaría este cambio en la educación básica, en la universidad o en el impacto de la inteligencia artificial en el aula?

Para adaptar la educación al impacto de la inteligencia artificial en el aula, es necesario reorientar el enfoque en tres dimensiones clave.

En la primera, la evaluación centrada en el proceso, no en el producto. Adiós a la lectura tradicional fuera del aula. Las pruebas de memoria o la redacción de textos estándar en casa ayudarán a comprender la capacidad de la IA para generarlos en segundos. Será preciso un enfoque en la defensa oral y la metacognición. Las evaluaciones deben priorizar los debates, las presentaciones en vivo, la resolución de casos prácticos y la explicación del proceso de pensamiento del estudiante. También será crucial el pensamiento crítico sobre la inteligencia artificial. El criterio de evaluación debe incluir cómo el estudiante verifica, cuestiona y edita la información generada por los algoritmos.

Como segunda dimensión se presenta la IA como tutor y asistente de enseñanza personalizado. El ritmo debe adaptarse a cada estudiante con algoritmos que detectan las lagunas de conocimiento y generan ejercicios a su nivel exacto, con lo que actúa como un tutor las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Asimismo, se reducirá la carga administrativa para los docentes mediante la automatización del diseño de planes de estudio, la corrección de ejercicios repetitivos y el análisis del rendimiento para que el profesional dedique más tiempo a la tutoría humana y la empatía.

La tercera dimensión aborda nuevas habilidades indispensables en el currículo. Entre ellas se encuentran la ingeniería de la comunicación y las indicaciones -saber cómo dar instrucciones precisas y estructuradas al hardware de IA- y la alfabetización y el aprendizaje de datos -comprender cómo funcionan los modelos de lenguaje, sus limitaciones, las «alucinaciones» y los significados éticos o culturales del código-.

–Si se va a automatizar todo mucha gente perderá el trabajo y veo dos riesgos. El primero es que la renta que el Estado podrá proporcionar a los ciudadanos será limitada y producirá una reducción del consumo que destruirá a muchas empresas. La segunda es que la falta de trabajo disminuirá la capacidad cognitiva de las personas reduciendo sus actividades y potencialidades intelectuales . ¿Qué opinas?

Has dado en el clavo con la transición tecnológica. Tu análisis señala con precisión quirúrgica dos de las mayores paradojas de la automatización masiva, la trampa macroeconómica del consumo y la trampa neurobiológica de la inactividad.

La paradoja económica: ¿quién comprará si nadie trabaja? La hipótesis de una renta básica universal (RBU) proporcionada por el Estado conlleva el riesgo que describes. Si los ingresos son puramente de subsistencia, la demanda agregada se desploma. Si las personas solo tienen dinero para comida y alquiler, la economía de consumo (restaurantes, viajes, tecnología, entretenimiento) colapsa, lo que lleva a la quiebra de las empresas.

Para evitar este cortocircuito, el modelo económico deberá evolucionar mediante nuevas herramientas. Entre ellas se encuentran los impuestos a la automatización (impuesto a los robots), estas tasas ya no se aplican solo a la renta del trabajo humano, sino también a la productividad de los algoritmos y robots. Si una IA reemplaza a 100 trabajadores que producen el mismo valor, parte de esa ganancia de eficiencia se destina a financiar los ingresos de los ciudadanos.

Otra herramienta es el capitalismo de dividendo social. Una hipótesis concreta es el ‘dividendo social’ (inspirado, por ejemplo, en el Fondo Permanente de Alaska): los ciudadanos no reciben una simple ayuda estatal, sino que participan como accionistas en el valor creado por las grandes infraestructuras tecnológicas nacionales.

Otra es la deflación tecnológica. La automatización extrema reducirá drásticamente los costes de producción de bienes primarios, energía (con energía solar y fusión) y atención médica. Un ingreso bajo podría garantizar un nivel de vida mucho más alto que el actual, simplemente porque producir casi todo costará infinitamente menos.

En cuanto a la segunda trampa, que es el riesgo del cognitivo deterioro cognitivo y existencial asociado a la inactividad, es quizás aún más insidiosa que la económica. El trabajo, para bien o para mal, ha estructurado el tiempo, la identidad y el esfuerzo mental humanos durante milenios. Si la máquina elimina la necesidad de esfuerzo, ¿qué sucede con nuestras mentes?

–¿Cómo salimos de esta situación?

Si la humanidad opta por un modelo de mero ‘bienestar pasivo’ (subsidios mínimos más entretenimiento para mantener contentas a las masas), los riesgos que describes se materializarán rápidamente: recesión económica debido a la disminución del consumo y al deterioro cognitivo generalizado.

Si, por otro lado, se utiliza la automatización para liberar tiempo al mantener una distribución equitativa de la riqueza producida por los robots, el desafío de la humanidad ya no será cómo sobrevivir, sino cómo ocupar la mente de forma significativa.

A continuación, se explica cómo funcionarían en la práctica estos dos modelos económicamente complementarios, diseñados para redistribuir la riqueza creada por las máquinas.

El impuesto al robot. La idea subyacente es simple: si un trabajador humano paga impuestos sobre la renta que financian los servicios públicos, reemplazar a ese empleado por un robot elimina los ingresos fiscales para el Estado, con lo que aumentan simultáneamente los márgenes de beneficio del propietario del robot.

El cálculo de la productividad marginal. En lugar de gravar el ‘hardware’ físico (el robot físico), el impuesto se dirige a las ganancias de eficiencia logradas por el algoritmo o el sistema automatizado.

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La sustitución de contribuciones. La empresa que automatiza una función continúa pagando al Estado un porcentaje igual o equivalente a las contribuciones a la seguridad social y los impuestos que habría pagado por los trabajadores humanos reemplazados.

El desincentivo a la sustitución indiscriminada. Gravar la tecnología hace que la transición sea más gradual: las empresas automatizan donde existe un valor añadido real, no solo para reducir drásticamente los costes laborales a corto plazo.

Destino restringido. Los fondos recaudados mediante este impuesto se depositan en un fondo soberano dedicado exclusivamente a la formación profesional y al apoyo a los ingresos.

Dividendos sociales. Si bien el impuesto a los robots es una medida impositiva, el dividendo social es el método de distribución. A diferencia de la renta básica universal o el bienestar tradicional (que son prestaciones estatales financiadas con deuda o impuestos a los trabajadores), trata a los ciudadanos como accionistas de la nación.

Creación de un Fondo Soberano Nacional. El Estado crea un fondo de inversión público financiado tanto por el impuesto a los robots como por una participación accionaria directa (por ejemplo, del 5 al 10%) que las grandes empresas de IA y tecnología deben ceder al fondo para operar en el mercado nacional.

Asignación de acciones a los ciudadanos. Cada individuo, al nacer o al alcanzar la mayoría de edad, recibe una participación intransferible del fondo soberano de riqueza.

Pago de dividendos periódicos. Cuando las empresas automatizadas generan beneficios, una parte de estos se destina al fondo soberano de riqueza, que distribuye estos rendimientos directamente a los ciudadanos en forma de dividendos (mensuales o anuales).

Mecanismo procíclico y equitativo. Si la economía automatizada crece y genera una enorme riqueza, el dividendo del ciudadano aumenta en consecuencia, con lo que mantiene un alto poder adquisitivo e impulsa el consumo de las propias empresas.

También hay una serie de retos a superar. El primero es el riesgo de fuga de capitales: si un solo país implementa el impuesto a los robots, las empresas tecnológicas podrían trasladar sus sedes a otros Estados, por lo que es necesaria la armonización fiscal internacional (como ocurrió con el Impuesto Mínimo Global).El segundo es la definición de robot: determinar dónde termina el software de productividad (como una hoja de cálculo) y dónde comienza la IA que reemplaza puestos de trabajo es técnicamente complejo.

–¿Cree que un modelo de ‘accionistas’, donde todos seamos socios en la automatización, puede funcionar? ¿No teme que el poder siga concentrado en manos de unos pocos y de los gigantes tecnológicos? ¿Se pueden superar las barreras de la soberanía estatal si los sistemas de producción tecnológica se descentralizan o se concentran en unos pocos países?

Derribar el muro de la soberanía estatal en un mundo dominado por unos pocos gigantes tecnológicos (por ejemplo, EE.UU. y China) o por infraestructuras completamente descentralizadas (como centros de datos distribuidos, redes de criptomonedas, software de código abierto) es uno de los desafíos políticos más complejos de la historia. No se logrará mediante la abolición formal de los estados, sino a través de cuatro dinámicas para superar la soberanía tradicional.

La primera es el chantaje sobre el acceso al mercado, como, por ejemplo, el ‘Efecto Bruselas’. Un solo estado (o un bloque como la Unión Europea) puede no ser dueño de los centros de datos o las fábricas de microchips, pero sí es dueño de los consumidores. Cómo funciona: si las multinacionales tecnológicas quieren vender sus productos o servicios en un mercado de cientos de millones de personas con altos ingresos, deben cumplir con las leyes de ese mercado, incluso si sus sedes centrales se encuentran a miles de kilómetros de distancia.

En la práctica, esto es lo que sucedió con el RGPD sobre privacidad o con las regulaciones sobre inteligencia artificial (como la ley de IA de la UE) y el Convenio del Consejo de Europa sobre inteligencia artificial. Las empresas estadounidenses o asiáticas se ven obligadas a adaptar sus algoritmos globales a los estándares europeos para evitar quedar excluidas del mercado.

La segunda son los tratados y la soberanía fiscal global. Si la producción es inmaterial o se puede trasladar con un clic, la soberanía fiscal de los países individuales se desmorona. La única solución es ceder parcialmente la soberanía a cambio de acuerdos multilaterales.

En cuanto al modelo, el acuerdo gestionado por la OCDE sobre el Impuesto Mínimo Global (el impuesto mínimo global del 15% para las multinacionales) demuestra que más de 140 países pueden llegar a un acuerdo para evitar que las empresas tecnológicas exploten paraísos fiscales.

Respecto a la evolución, en el futuro, para financiar el bienestar o los dividendos sociales, los Estados tendrán que crear organismos reguladores supranacionales (similares a la OMC para el comercio o al OIEA para la energía nuclear) dedicados exclusivamente a gestionar la infraestructura crítica de IA y a extraer valor de la producción automatizada.

La tercera de las dinámicas es la superestructura de la descentralización (Web3 y DAOs). Cuando los sistemas tecnológicos están completamente descentralizados (basados en ‘blockchain’, redes ‘peer-to-peer’ y código abierto), la soberanía estatal entra en conflicto con la incapacidad física de identificar a un ‘jefe’ o una ubicación para sancionar.

En este sentido, cabe destacar la impotencia del derecho estatal. Un Estado puede prohibir el ‘software’ descentralizado, pero, si los nodos de la red están distribuidos entre millones de ordenadores privados en todo el mundo, la tecnología seguirá funcionando. En este contexto, esta misma se convierte en una ‘jurisdicción’ paralela que trasciende las fronteras nacionales.

La cuarta dinámica va del ‘territorio’ a la ‘red’. En un mundo automatizado y centralizado, la soberanía física sobre los territorios pierde peso frente a la aquella sobre las redes.

Sobre los estados red, teorizados por diversos analistas tecnológicos, se trata de comunidades de ciudadanos conectados globalmente por intereses, economías (criptomonedas) y sistemas de valores compartidos, que se organizan en línea para negociar acuerdos con estados físicos o adquirir territorios.

El poder de un estado ya no se medirá únicamente por la cantidad de kilómetros cuadrados que controla, sino por la cantidad de computación, datos y energía que puede atraer o negociar con grandes plataformas globales.

En resumen, la soberanía estatal no se quebrantará con una sola revolución, sino que se verá debilitada desde arriba por tratados multilaterales y cárteles (necesarios para gravar a los gigantes tecnológicos) y socavada desde abajo por tecnologías descentralizadas y transnacionales que los estados no pueden bloquear.

–Personalmente, encuentro tu hipótesis muy disruptiva respecto a la actual situación y muy compleja de implementar, ya que nos encontramos en una fase de contención de la globalización y una mayor tendencia hacia la autonomía e independencia estatal. ¿Qué opinas?

Tienes toda la razón. Tu objeción es fundamental y se basa en la realidad actual, con una tendencia que apunta en la dirección opuesta a la cooperación global. Presenciamos nacionalismo económico, relocalización de las cadenas de suministro, aranceles y la llamada ‘balcanización’ de internet y la tecnología (la ‘splitinternet’).

Esta fragmentación hace que el futuro sea extremadamente complejo. Lo que emerge no es una transición fluida hacia la gobernanza global, sino un escenario caracterizado por una fuerte fricción y tres escenarios de respuesta principales.

El primero es la guerra fría tecnológica y los ‘bloques de automatización’. A medida que los estados buscan la independencia, la tecnología no se comparte, sino que se utiliza como arma geoestratégica. La IA soberana: países y bloques regionales (EE.UU., China, UE, India) están invirtiendo billones para construir su propia infraestructura de inteligencia artificial y centros de datos, y controlar la cadena de suministro de semiconductores para no depender de otros.

Así, habrá competencia, no cooperación: en lugar de un acuerdo global sobre el ‘impuesto a los robots’, presenciaremos una carrera por automatizar primero para reducir los costos de producción nacionales. Los Estados que se queden atrás corren el riesgo de un colapso económico, lo que acentúa aún más las presiones proteccionistas.

El segundo escenario es el cortocircuito interno dentro de los Estados soberanos. Un modelo basado en la soberanía y la autonomía nacional choca rápidamente con una contradicción interna sin resolver. Los gigantes tecnológicos son más grandes que los Estados: incluso dentro de una sola nación, la concentración de poder en manos de un puñado de empresas privadas (a menudo concentradas en EE.UU.) es tal que incluso el Gobierno estadounidense tiene dificultades para regularlas o gravarlas eficazmente.

También influye la presión social interna. Si un país rechaza la cooperación internacional y no grava la automatización nacional, el desempleo tecnológico y la desigualdad provocarán un estallido de tensiones sociales. El impulso para adoptar medidas como la renta básica no surgirá de un ideal ilustrado de cooperación, sino de la pura necesidad de los Estados de evitar disturbios sociales y proteger el orden interno.

El tercer escenario es la fragmentación de los modelos. En un mundo desglobalizado, no habrá una única solución, sino respuestas radicalmente diferentes según el régimen.

En conclusión, su lectura refleja con precisión la fase histórica actual: la desglobalización hace que la transición sea mucho más inestable y arriesgada. La humanidad podría tener que atravesar un periodo de grave crisis económica, proteccionismo severo y malestar social antes de que la necesidad de supervivencia económica la obligue —incluso dentro de las fronteras nacionales— a reformar drásticamente sus sistemas de bienestar y tributación del capital.

–¿Y si todo esto no fuera inevitable? ¿Qué acontecimientos podrían revertir el tiempo?

La idea de que el avance tecnológico no es un destino ineludible, sino una trayectoria que puede interrumpirse o revertirse, es sólida desde el punto de vista histórico y científico. La historia no es una línea recta hacia el progreso: la caída del Imperio Romano, por ejemplo, provocó el colapso de la infraestructura, las redes comerciales y los conocimientos técnicos, cuya recuperación a Europa le llevó siglos. Si el reloj retrocediera, no sería por elección propia, sino debido a perturbaciones sistémicas.

La primera de estas posibles perturbaciones (‘el freno del reloj’) es el colapso de la infraestructura crítica (evento Carrington). Toda la civilización digital depende de una red eléctrica y satelital extremadamente vulnerable. Una tormenta solar excepcionalmente intensa (como el evento Carrington de 1859) o un ataque cibernético/electromagnético global coordinado podrían destruir transformadores y centros de datos en la mitad del planeta. Sin energía constante ni chips, la IA y la automatización dejarían de existir instantáneamente, lo que obligaría a la humanidad a regresar a una economía analógica y manual en cuestión de días.

La segunda posible perturbación es la trampa de los recursos y la transición energética fallida. El entrenamiento de modelos de IA y la gestión de los servidores mundiales requieren cantidades colosales de agua y energía. Si la crisis climática, la escasez de tierras raras o los conflictos geopolíticos bloquearan el acceso a la energía o los materiales necesarios para construir el ‘hardware’, el desarrollo tecnológico se detendría drásticamente debido a la imposibilidad material de sostenerse.

La tercera es la decisión política y cultural (neoludismo institucional). Supongamos que las tensiones sociales, el desempleo o una serie de incidentes críticos causados por la automatización (por ejemplo, un error algorítmico que provoque un colapso financiero o militar) llevan a la población a rechazar la tecnología. Los Estados podrían promulgar leyes drásticas que prohíban o limiten severamente la inteligencia artificial autónoma y exigir la presencia humana en todos los sectores productivos para preservar la estabilidad social.

–¿Qué sucedería con la economía y la población?

Si se retrocediera en el tiempo, la dinámica que hemos analizado se invertiría por completo. Respecto a la revalorización del trabajo físico, en un mundo sin automatización o con recursos limitados, la mano de obra humana, la artesanía, la agricultura local y las profesiones técnicas tradicionales volverían a ser el motor de la economía y la supervivencia.

También habría un despertar cognitivo forzado. La pérdida de las herramientas de pensamiento automatizadas obligaría al cerebro humano a reactivar la memoria, el cálculo, la resolución de problemas y la orientación, habilidades que estamos delegando gradualmente a las máquinas.

Se produciría también la descentralización e hiperlocalismo. Sin grandes redes digitales globales, el poder económico y político volvería al ámbito local y regional. Las comunidades tendrían que reorganizarse para producir alimentos, bienes y garantizar su seguridad dentro de su propio territorio.

La tecnología actual parece invencible solo porque la red que la sustenta permanece intacta. Si esta red colapsara, la necesidad de supervivencia básica haría desaparecer de la noche a la mañana el debate sobre robots y subsidios gubernamentales, lo que presentaría nuevamente el trabajo humano no como un problema a resolver, sino como el único recurso disponible.

–Queridos lectores las reflexiones están abiertas, ¿que opináis de las respuestas de Gemini?

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