El choque de Moncloa y Washington ha estallado cuando medio mundo se ha lanzado a competir por el combustible estadounidense, un pilar esencial para la seguridad de suministro española Leer El choque de Moncloa y Washington ha estallado cuando medio mundo se ha lanzado a competir por el combustible estadounidense, un pilar esencial para la seguridad de suministro española Leer
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«España es un país soberano que toma sus decisiones soberanamente», reivindicó ayer el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, después de que Donald Trump amenazase con «cortar todo el comercio con España» como represalia a la decisión de Pedro Sánchez de no permitirle utilizar las bases españolas de Morón y Rota para su guerra contra Irán. Pero Moncloa tiene un punto débil: España nunca había sido tan dependiente del combustible estadounidense. Un talón de Aquiles ahora que medio mundo va recurrir al gas y el crudo made in America por el colapso del estrecho de Ormuz y el parón de la producción de gas en Qatar que, incluso si se desbloquease la arteria del comercio mundial, tardaría varios días en reactivarse.
En apenas una década, Estados Unidos ha pasado de no exportar casi combustible a España a convertirse en un pilar fundamental de su seguridad de suministro. Como proveedor de gas natural emergió timidamente en 2016, pero no fue hasta tres años después cuando acaparó una porción significativa de las importaciones españolas (11%). El gran salto lo dio en plena guerra de Ucrania, en 2022, cuando casi alcanzó el 29% de todo el gas que entró a España. Desde entonces, nuestro país ha aumentado aún más su exposición a EEUU: con 111.696 GWh, el año pasado supuso más del 30% de las importaciones españolas, el mayor peso relativo de la historia.
Y Estados Unidos no solo suministra casi uno de cada tres gigavatios de gas que importa España. En 2025, también fue el primer proveedor de crudo de nuestro país, con una cuota del 15,2%. Estos días, fuentes del Gobierno han recordado que España ha diversificado mucho el origen de su combustible, pero lo cierto es que Washington cada vez tiene más influencia a la hora de llenar sus almacenamientos y determinar los precios que pagan los consumidores. Y va a ir a más, al menos si se considera el pacto comercial que Bruselas y Washington firmaron el verano pasado, que obligará a los Veintisiete a importar 750.000 millones de dólares en gas y petróleo estadounidense.
La Casa Blanca busca el encaje jurídico y económico para un eventual embargo contra España, y Madrid mantiene el pulso, pero lo hace desde una posición de dependencia récord. La última crisis diplomática, además, sitúa a nuestro país en desventaja, porque la guerra en Oriente Medio está a punto de desatar una frenética carrera mundial por el gas y el crudo norteamericano.
España, a diferencia de Francia o Alemania, apenas está interconectada con sus vecinos europeos. Es decir, tiene mucha capacidad para recibir gas licuado (GNL) por barco y regasificarlo, pero no para recurrir vía gasoducto al combustible de otros socios europeos. «Esto es una vulnerabilidad que obligaría al país a pagar un precio más alto por el gas», expone Bruno de Moura Fernandes, jefe de Macroeconomía de Coface.
En Asia, la región más afectada por el colapso de Ormuz, la carrera ya ha empezado. De Moura recuerda que Japón, Taiwán y Corea ya han sellado una triple entente para adelantar compras y asegurarse el suministro de gas desde Washington. «A Estados Unidos no le van a faltar clientes», pronostica el experto, que ve en el actual choque diplomático un problema para España, pues podría verse obligada a pagar más caro.
Por el momento, el mercado está descartando una situación de desabastecimiento, aunque no un impacto considerable en los precios. Y es que desde el divorcio entre la UE y Rusia, los Veintisiete se han vuelto más dependientes del GNL, el gas que viaja por barco en estado líquido. Este se comercializa en un mercado global, lo que hace que Europa sea más vulnerable a acontecimientos internacionales.
Históricamente, contratos muy rígidos vinculaban durante décadas a compradores y vendedores de gas a un lado y otro de un mismo tubo. Las penalización por incumplirlos eran siempre lo suficientemente elevadas como para no hacerlo. Pero el negocio del GNL tiene otras reglas.
Muchas transacciones se sellan mediante contratos de suministro totalmente flexibles (free on board), con los que los gigantes del mercado intentan sacar el máximo provecho de los precios que las distintas regiones llegan a ofrecer por sus cargamentos. Una suerte de subasta mundial que se ha convertido en un riesgo significativo para la seguridad de suministro europea, pues sobre el papel tiene ciertos volúmenes de gas contratados, pero técnicamente hablando, los barcos que los transportan no están obligados a llegar al continente.
Hoy, la posibilidad de una interrupción sostenida del tráfico marítimo en Ormuz, va a hacer que muchos países doblen sus pujas para asegurarse entregas de combustible norteamericano.
«Los exportadores estadounidenses ya están acumulando unos 870 millones de dólares semanales en margen adicional por encima de su nivel base previo a la crisis. Y esa tasa está subiendo», cifra Seb Kennedy, analista global de gas y GNL y editor de EnergyFlux. Si Qatar mantuviera el parón por fuerza mayor durante un mes entero, prevé que esos beneficios extraordinarios llegarían hasta 4.000 millones. «La escala de la ganancia potencial depende casi por completo de una variable: la duración», explica.
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