Lamine Yamal tardó diez minutos en borrar las malas impresiones que dejó el partido de la selección española contra Cabo Verde. Acompañado por un Oyarzabal que mantiene su perfil de gran delantero, terrenal y sin ínfulas, Lamine Yamal se ajusta a las expectativas que crea y, quizá para darles la razón a los que creen que los humanos somos la única especie que tiene ego, parece disfrutar de esta responsabilidad.
Lamine Yamal tardó diez minutos en borrar las malas impresiones que dejó el partido de la selección española contra Cabo Verde. Acompañado por un Oyarzabal que mantiene su perfil de gran delantero, terrenal y sin ínfulas, Lamine Yamal se ajusta a las expectativas que crea y, quizá para darles la razón a los que creen que los humanos somos la única especie que tiene ego, parece disfrutar de esta responsabilidad.Seguir leyendo…
Lamine Yamal tardó diez minutos en borrar las malas impresiones que dejó el partido de la selección española contra Cabo Verde. Acompañado por un Oyarzabal que mantiene su perfil de gran delantero, terrenal y sin ínfulas, Lamine Yamal se ajusta a las expectativas que crea y, quizá para darles la razón a los que creen que los humanos somos la única especie que tiene ego, parece disfrutar de esta responsabilidad.
El talento y la determinación le protegen, combinados con una variante de ego que, como contó en la entrevista de El País , utiliza como un ingrediente de diversión y motivación. Contra todas las maldades que se atribuyen al ego, y procurando no caer en las trampas de la arrogancia, Lamine Yamal propone una variante tan creativa como su estilo de juego: el ego recreativo.
Oyarzabal mantiene su perfil de gran delantero, terrenal y sin ínfulas
Ciñéndose a la definición según la cual el ego es “la valoración excesiva que una persona tiene de sí misma”, él lo utiliza como objetivo de mejora y coraza contra la histeria que, a todas horas, le persigue. Una prueba: cuando marcó el primer gol de la goleada de ayer contra Arabia Saudí, en la Cope Manolo Lama gritó: “¡El rey de España!”. La historia de las narraciones de los partidos de fútbol es un pozo sin fondo de apodos y nombres de guerra que los narradores utilizan con la esperanza de que cuajen entre la afición y pasen a la historia. Manolo Lama ya inventó el famoso El Bicho (pronunciarlo a gritos y al límite de la afonía) para Cristiano Ronaldo; Joaquim Maria Puyal convirtió a Simonsen en Simonet, y Joan Maria Pou se atrevió a bautizar a Lamine Yamal como El Dimoniet de Rocafonda.
Asimilar la importancia que el entorno te atribuye es uno de los retos más difíciles para los grandes jugadores. Desde el primer día, Lamine Yamal se ha refugiado en un flow existencial más próximo a la música urbana que al deporte de élite. Es como si fuera consciente de que se sentirá más protegido si aplica los códigos del barrio y la intuición de clan que si se deja corromper por la estridencia del relato público, la explotación publicitaria de una imagen o las mitificaciones exprés que definen este gran circo. Personalmente, rezaré para que no se convierta, por acumulación y repetición, en “El Rey de España”.
El ego recreativo tiene la ventaja de no ser perjudicial, a diferencia del auténtico, que deforma la realidad y transforma la egolatría en un arma de destrucción masiva. Por desgracia, y el Mundial no deja de fomentarlo, existe un ego patriótico que, como una epidemia, reboza el relato del fútbol, cada vez más estridente y más sumiso con los cambios que, en nombre del negocio, va imponiendo la FIFA. Este ego patriótico, que mezcla los mecanismos de identificación más ancestrales con los intereses de los que mueven los hilos del negocio, es tóxico y nunca busca la diversión. El espectáculo exige que, entre un empate frustrante contra Cabo Verde y una goleada contra Arabia Saudí, la egolatría del entorno imponga estados de ánimo artificiales. Unos estados de ánimo que buscan la esencia primaria del linchamiento y la queja o de la euforia y la histeria. Contra todo eso, podemos defendernos repitiendo la consigna que, en un ataque de inspiración digno de Freud y su superyó, parió Mounir Nasraoui: “Para bien y para mal, Lamine Yamal”.
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