Una familia de anuncio. O al menos, de programa. Esta noche en El Hormiguero, la familia Sánchez Saborido se sienta junto a Pablo Motos para compartir las anécdotas de su última aventura asiática. Joaquín Sánchez, leyenda del Real Betis y poseedor del récord de partidos en Primera División con 622 encuentros, acude acompañado por su mujer, Susana Saborido, y sus hijas, Daniela y Salma. El motivo es el estreno en el prime time de Antena 3 de la segunda temporada de El capitán en Japón, un formato que sigue los pasos de este clan en un viaje que mezcla el humor característico del gaditano con la naturalidad de su entorno más íntimo.
De las reticencias iniciales por la fama de los futbolistas a una sólida unión de dos décadas que superó un primer encuentro marcado por los nervios e incluso el rechazo estético
Una familia de anuncio. O al menos, de programa. Esta noche en El Hormiguero, la familia Sánchez Saborido se sienta junto a Pablo Motos para compartir las anécdotas de su última aventura asiática. Joaquín Sánchez, leyenda del Real Betis y poseedor del récord de partidos en Primera División con 622 encuentros, acude acompañado por su mujer, Susana Saborido, y sus hijas, Daniela y Salma. El motivo es el estreno en el prime time de Antena 3 de la segunda temporada de El capitán en Japón, un formato que sigue los pasos de este clan en un viaje que mezcla el humor característico del gaditano con la naturalidad de su entorno más íntimo.
La presencia del exjugador en televisión no es nueva. Desde su retirada en 2023, ha transformado su carisma en las canchas en audiencias millonarias con espacios como El novato. Sin embargo, el pilar que sostiene este imperio mediático es su relación con Susana, una historia que hoy parece idílica pero que tuvo unos cimientos marcados por la indiferencia y los prejuicios. Tras más de veinte años juntos y una reciente “reboda” en Las Vegas, la pareja recuerda con frecuencia que el flechazo fue, en un principio, una vía de sentido único para el de El Puerto de Santa María.
“Estaba muy espabilado”
Reticencias, mechas rubias y un apodo de dibujos animados
El encuentro se produjo en 2002 en un local que inauguraba el padre de Susana. Joaquín tenía 21 años y, según sus propias palabras en El show de Bertín, el programa de Bertín Osborne en Canal Sur, se enamoró “desde el primer momento”. La reacción de ella fue radicalmente opuesta. Saborido confesó en El capitán en América que no se fiaba del joven deportista: “Yo lo veía muy espabilado. Decía: ‘este me va a coger y me va a soltar’”. La mala fama que rodeaba al gremio futbolístico fue el primer obstáculo para un Joaquín que, por aquel entonces, lucía un estilo que no encajaba con los gustos de su futura esposa.

Durante los primeros meses de tanteo, Susana no solo mantenía las distancias, sino que se burlaba abiertamente de la estética del bético. Le llamaba “Tintín” por las mechas rubias que llevaba en aquella época. “No me gustó nada porque llevaba el pelo teñido de rubio, estaba muy hortera”, reconoció Saborido a su hija Daniela en el citado espacio. A pesar del rechazo inicial, Joaquín no se dio por vencido. El giro definitivo llegó un día en el que, haciendo gala de su habitual ironía, la abordó con una pregunta directa: “¿Qué haces hablando conmigo si tú a mí no me puedes ver?”. La frase que rompió el hielo y consiguió que ella aceptara una primera cita formal.
Ese primer encuentro a solas fue un despliegue de nervios por parte del futbolista. Intentando proyectar una imagen de vida saludable y profesionalidad, Joaquín cometió un error de cálculo: “Llevé cinco botellas de agua para quedar bien. Pensé: ‘Es que los deportistas bebemos mucha agua’”. El resultado fue una noche de constantes visitas al servicio que dificultaron cualquier intento de acercamiento romántico. “Cada vez que quería atacar me entraban ganas de ir al baño”, recordó el exfutbolista entre risas. Pese a la interrupción fisiológica, el sentido del humor del gaditano terminó por conquistar a Susana.

“Me muero por él”
Una boda caótica en El Puerto y dos décadas de estabilidad
La relación se consolidó rápidamente y en 2005 pasaron por el altar en El Puerto de Santa María. Aquella boda fue un reflejo de la popularidad de Joaquín, con una plaza abarrotada de aficionados con sillas de playa y una entrada al templo que requirió escolta policial. “Me metió la policía en la iglesia”, recordó Susana en el programa La penúltima y me voy sobre un enlace tan multitudinario que apenas reconocían a la mitad de los invitados. Tras el caos inicial, llegaron las hijas y una vida de mudanzas siguiendo la carrera del jugador por Valencia, Málaga y Florencia, donde Susana siempre priorizó la unidad familiar.
Ahora, con nuevo proyecto y tras dos décadas de matrimonio, la pareja exhibe una complicidad a prueba de focos. Aunque Susana admite que él le ayuda a estabilizarse por ser ella “mucho más madura”, no oculta que siguen igual de enamorados. “Me hubiera divorciado 200 millones de veces, pero me muero por él”, ha llegado a sentenciar. La crónica de una historia que empezó con un “hortera” de mechas rubias se ha convertido en uno de los vínculos más sólidos –y rentables– del panorama social español.
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