En los años ochenta, el puñado de adolescentes de este país que guardábamos ilusión por el deporte recuperamos una disciplina: recuperamos la pasión por el ciclismo.
La proeza del icono de Ávila inspiró a Perico Delgado y Miguel Indurain
En los años ochenta, el puñado de adolescentes de este país que guardábamos ilusión por el deporte recuperamos una disciplina: recuperamos la pasión por el ciclismo.
Aquello fue cosa de Ángel Arroyo, el fenómeno que nos ha dejado ese lunes, víctima de un cáncer que le había postrado en la cama desde hacía meses. Tenía 70 años.
En los primeros años ochenta, la proeza de Arroyo revivió la ilusión por el ciclismo, dormida en este país
Arroyo nos hizo vibrar en el Tour de 1983, aquel que no disputó el caimán Hinault, lastrado por una lesión de rodilla que le había surgido semanas antes, en la Vuelta a España, cuando la Vuelta se celebraba en mayo.
(En las noches de primavera, los ciclomaníacos contemplábamos por televisión el resumen de la etapa de la Vuelta mientras nos acompañaba la canción oficial, el “Me estoy volviendo loco” o el “No tengo tiempo”, ambas de Azul y Negro).
Sin Hinault, descubrimos a aquel rubio malcarado que corría con gafas y a todos les mandaba a tomar viento, aquel francés que se llamaba Laurent Fignon y se adueñó de aquel Tour del 83.
Y también descubrimos a Arroyo.
Ángel Arroyo era el salvaje, y corría con el Reynolds, llevaba la gorra hacia atrás y era algo tosco sobre el manillar, pero se manejaba de maravillas cuesta arriba.
Arroyo venía de la España profunda, parecía salido de una novela de Delibes o de un relato de Luis Mateo Díez. Venía de un caserío en El Barraco (Ávila) cuyas humildes viñas trabajaba la familia, y también de un bar en El Burguillo que él mismo había ayudado a construir, o eso mismo le contaba a Carlos Arribas en El País.
El niño Ángel Arroyo se puso a pedalear porque también pedaleaba su padre, que iba de finca en finca a lomos de una mula y luego se compró una bicicleta y siempre decía que, si se hubiera hecho ciclista, hubiera sido un grande.
El padre nunca se pasó a la bicicleta profesional pero sí que lo hizo Ángel, se profesionalizó, si es que aquello por lo que le pagaban unas migajas podía considerarse una profesión. Ganó bastante, no tanto como para vivir de las rentas, y enfundado en su maillot Reynolds se adjudicó la Vuelta a España de 1982 (se la quitaron más tarde, tras un positivo por sustancias estimulantes), y luego voló pendiente arriba en el Puy-De-Dôme para marcarle el paso a Perico Delgado, su gregario entonces, que ya apuntaba maneras (Delgado, hoy aplaudido comentarista, fue 15.º en aquel Tour del 83 antes de apuntarse el del 88), y a Miguel Indurain, el pentacampeón que, este ya sí, hizo del ciclismo un fenómeno de masas en este país.
El Reynolds de José Miguel Echávarri, con el tiempo, pasó a ser el Banesto y luego el Caisse d’Epargne y hoy, el Movistar, buque insignia del ciclismo español en el UCI World Teams, aunque para entonces, cuando se encumbraban Delgado e Indurain, la carrera de Arroyo ya se había apagado.
Se había desencantado en el 88, al comprobar que no podía seguirle el rebufo a aquel pelotón que volaba en el Alpe d’Huez: la frustración cambió su perspectiva.
Por el ciclismo mantuvo la curiosidad, que no la pasión.
Deportes
