El método, que combina circunscripciones al gusto del partido gubernamental y listas proporcionales, beneficia a Fidesz frente a la oposición Leer El método, que combina circunscripciones al gusto del partido gubernamental y listas proporcionales, beneficia a Fidesz frente a la oposición Leer
Hungría celebra este domingo unas elecciones generales que podrían marcar un cambio histórico. Por primera vez desde que Viktor Orban regresó al poder en 2010, la oposición lidera las encuestas. El Fidesz, el partido gubernamental, tiene sin embargo un as en la manga: en el sistema electoral que el actual jefe de Gobierno ha ido modelando desde entonces, ganar en votos no se traduce necesariamente en más escaños. El primer ministro juega con ventaja.
Orban no ha cambiado tanto la arquitectura formal del sistema -que sigue siendo mixto, con una combinación de escaños por listas y por distritos- como las reglas que determinan cómo se traduce el voto en poder. La reforma de 2011 redujo el número de diputados y dio más peso a los distritos uninominales, donde basta con ser el más votado, al tiempo que redibujó esas circunscripciones de forma favorable al partido gobernante. Eliminó la segunda vuelta, que antes permitía a la oposición reagruparse, e introdujo mecanismos de compensación que, en la práctica, también benefician al ganador. El resultado es un sistema que, sin romper con modelos comparables en Europa -y con elementos que recuerdan en parte al español en su lógica proporcional-, está calibrado para amplificar la ventaja del partido dominante y convertir mayorías relativas en mayorías parlamentarias muy amplias, dificultando así la alternancia.
Ese es el nudo gordiano húngaro. Orban no ha necesitado eliminar las elecciones para mantenerse en el poder durante 16 años, encadenando cuatro legislaturas consecutivas. Le ha bastado con transformar su funcionamiento. En 2014 habló abiertamente de la construcción de un «Estado iliberal». Más que una consigna, la expresión describe un modelo donde las reglas democráticas se mantienen, pero se reorganizan para dificultar la alternancia. Como explica el jurista e historiador austríaco Peter Techet, en una democracia liberal la minoría puede convertirse en mayoría en cualquier momento, mientras que en una democracia iliberal ese tránsito se ve obstaculizado por barreras legales e informales. Las elecciones siguen existiendo, pero el paso de minoría a mayoría deja de ser una posibilidad real en igualdad de condiciones.
El sistema electoral es una pieza central de ese engranaje. Hungría combina circunscripciones uninominales con listas proporcionales, pero la mayoría de los escaños se deciden en distritos donde basta una mayoría simple. Durante años, esa fórmula ha favorecido a Fidesz en las zonas rurales, mientras una oposición fragmentada se repartía el voto sin capacidad de imponerse. A ello se suma un mecanismo menos visible pero decisivo: los votos «sobrantes» del partido ganador en cada distrito no se pierden, sino que se trasladan al cómputo nacional, amplificando la victoria. Ganar por mucho no solo asegura el escaño, sino que añade ventaja adicional en el reparto global.
Ese funcionamiento explica también la lógica política de la campaña. En Hungría no basta con ganar en votos: hay que ganar en los distritos, y estos están en gran medida en las zonas rurales. El país cuenta con 106 circunscripciones uninominales, de las cuales solo 18 se concentran en Budapest, mientras que la gran mayoría se distribuye por el resto del país, en áreas rurales y semiurbanas, donde Fidesz mantiene una fuerte implantación. De ahí que la oposición haya adaptado su estrategia. Péter Magyar no intenta movilizar únicamente al electorado urbano, sino penetrar en el espacio político de Fidesz con un lenguaje nacional y centrado en problemas cotidianos. La batalla no se libra tanto en Budapest como en las pequeñas circunscripciones del país, porque es ahí donde se decide la mayoría parlamentaria.
Esa lógica se reflejará también en la noche electoral. Los primeros resultados llegarán previsiblemente de las grandes ciudades, donde el recuento es más rápido y donde la oposición es más fuerte. Pero a medida que avance la noche y se incorporen los distritos rurales —más lentos en el escrutinio y tradicionalmente favorables al partido de Orbán— el equilibrio puede cambiar. En Hungría, más que en otros sistemas, la elección no termina cuando se cuentan los votos, sino cuando se traducen en escaños.
Ese diseño institucional se completa con un entorno mediático profundamente desequilibrado. Según la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, las elecciones en Hungría son libres en lo formal, pero no equitativas. Cerca del 80 % del ecosistema mediático, incluidos los medios públicos, está bajo influencia gubernamental. La competencia existe, pero en condiciones asimétricas.
En este contexto, el momento actual introduce un elemento de incertidumbre que el sistema no había enfrentado hasta ahora. La nueva fuerza opositora liderada por Péter Magyar encabeza desde hace meses las encuestas de institutos independientes. En algunos sondeos recientes, Tisza alcanza en torno al 39% del apoyo total frente al 30% de Fidesz, y supera incluso el 50% entre los votantes decididos, frente a cerca del 37% del partido gubernamental. Pero el dato más revelador es otro: alrededor de un 20% del electorado sigue indeciso, lo que mantiene abierto el resultado y explica las divergencias entre encuestas.
Magyar, antiguo insider, ha evitado los errores de la oposición tradicional: no confronta frontalmente el marco político dominante, sino que lo ocupa. Utiliza una retórica nacional, se dirige también a votantes conservadores y centra su discurso en problemas cotidianos, esquivando los temas más divisivos. Esa estrategia le ha permitido ampliar su base electoral, pero no resuelve el obstáculo estructural.
Porque en Hungría no está en juego solo un cambio de gobierno, sino la sustitución de todo un sistema político. Y para eso no basta una mayoría simple. El actual entramado constitucional y legal solo puede desmontarse con una mayoría de dos tercios en el Parlamento. Sin ella, un eventual gobierno de Magyar tendría que operar dentro de unas reglas diseñadas para perdurar, con un margen de maniobra muy limitado.
Incluso en el caso de que la oposición alcanzara esa mayoría cualificada, la transición no sería automática. Como advierte Peter Techet, el sistema podría reaccionar tras una derrota electoral. Existen mecanismos para retrasar la validación de los resultados mediante recursos judiciales encadenados, que podrían prolongar durante semanas la incertidumbre institucional. Pero el punto más delicado se sitúa antes incluso de la constitución del nuevo Parlamento. Hasta ese momento, la actual mayoría parlamentaria mantiene intacta su capacidad legislativa. En ese intervalo, podría modificar las reglas del juego, endureciendo los requisitos para futuras reformas o reforzando el poder de instituciones que siguen bajo su control, como el Tribunal Constitucional.
La alternativa sería aceptar ese marco o desafiarlo, con el riesgo de abrir un escenario de confrontación política, jurídica y bloqueo institucional que no solo pondría a prueba los límites del propio sistema húngaro, sino también la capacidad de la Unión Europea para responder cuando esa crisis se produce dentro de sus propias fronteras.
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