La cumbre de la familia madridista en Lisboa empezó con resonancias mafiosas –“Mourinho fue, es y será uno di noi ”, Arbeloa dixit–, se desarrolló entre goles y terminó con la victoria personal de José Mourinho cuyo Benfica derrochó tal entrega y fe que ni siquiera los paradones de Courtois y los goles de Mbappé impidieron la victoria benfiquista con un gol del arquero en el último minuto sin el cual los portugueses quedaban eliminados de la competición.
La cumbre de la familia madridista en Lisboa empezó con resonancias mafiosas –“Mourinho fue, es y será uno di noi ”, Arbeloa dixit–, se desarrolló entre goles y terminó con la victoria personal de José Mourinho cuyo Benfica derrochó tal entrega y fe que ni siquiera los paradones de Courtois y los goles de Mbappé impidieron la victoria benfiquista con un gol del arquero en el último minuto sin el cual los portugueses quedaban eliminados de la competición.Seguir leyendo…
La cumbre de la familia madridista en Lisboa empezó con resonancias mafiosas –“Mourinho fue, es y será uno di noi ”, Arbeloa dixit–, se desarrolló entre goles y terminó con la victoria personal de José Mourinho cuyo Benfica derrochó tal entrega y fe que ni siquiera los paradones de Courtois y los goles de Mbappé impidieron la victoria benfiquista con un gol del arquero en el último minuto sin el cual los portugueses quedaban eliminados de la competición.
Una de esas grandes noches europeas en el templo lisboeta de Da Luz, ese estadio que no es ajeno a los aficionados que nunca lo hemos pisado.
Partido antológico del Benfica, que ganó en todo a un Real Madrid al que le espera ahora su público…
La victoria del Benfica fue moral y desnudó al Real Madrid, que recayó en los vicios que justificaron el despido de Xabi Alonso y la bronca explosiva del Santiago Bernabéu. Los pitidos han dado para dos partidos pero no alcanzaron Lisboa. Nunca Madrid se ha fijado mucho en la capital de Portugal, salvo la revolución de los claveles, allá por 1974, y anoche el exceso de confianza les pasó factura. Siempre les quedará el consuelo de haberle regalado una noche inolvidable a uno de los suyos, José Mourinho.
El Real Madrid terminó con dos jugadores expulsados y la constatación de que ha vuelto a los vicios, entre los que destaca la indolencia de muchos jugadores –demasiados para jugar 90 minutos con regularidad y colectivismo–, los desbarajustes que desnudan a la defensa y un talante confiado que les lleva a pensar que basta con los paradones de Courtois y las apariciones de Mbappé. Ni aun así el Real Madrid sumó un punto que le hubiese metido entre los ochos mejores.
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Los gestos de dos jugadores sustituidos –Huijsen y Güler–, las protestas de Rodrygo –expulsado minutos después de entrar en el terreno de juego–, las pataletas de Vinícius y la querencia de Asencio por meterse en todos los fregados dejan claro que los males de este Real Madrid son profundos. Habrá que escuchar el Santiago Bernabéu, el único revulsivo que se atisba a corto plazo…

Armando Franca / Ap-LaPresse
Futbolísticamente, este Benfica-Real Madrid fue un partido antológico. Los diluvios siempre engrandecen este tipo de encuentros porque fomentan la pelea cuerpo a cuerpo por todos los balones. El Benfica se los llevó todos, y cuando el gol del Sporting en Bilbao les dejaba fuera pese al 3-2, su portero Trubin subió al área, remató impecable de cabeza y abrió la clasificación como si hubiese marcado el mismísimo Eusebio –ver Wikipedia– que está en los cielos.
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