La rebelión es mirar las pequeñas cosas cuando todo el mundo aplaude en masa a lo que se supone que hay que aplaudir. Leer La rebelión es mirar las pequeñas cosas cuando todo el mundo aplaude en masa a lo que se supone que hay que aplaudir. Leer
Esta semana iba a escribir una columna sobre los aplausos en Cannes y el postureo que siempre hay detrás de las élites artísticas. Iba a participar una semana más en el debate colectivo. Pero vengo de ver un pequeño milagro cultural y, como los milagros no abundan, tengo que contarlo. El milagro se llama Nombrarse Volcán, un festival de poesía y performance en la isla de La Palma que es revolucionario por la forma de pensar arte y territorio.
Patricia Figuero, la directora del festival, empezó hace 10 años organizando recitales de poesía en la peluquería de una amiga. Ahora convierte, junto a Pablo Velasco, una nave empaquetadora de plátanos, un mercado, una platanera, una piscina municipal, una ermita con vistas panorámicas al Parque Nacional de la Caldera de Taburiente y una colada de lava en espacios escénicos donde las performances, los conciertos y las piezas poéticas suceden. Suceden y desaparecen, claro, en ese andar desvaneciéndose que tiene la poesía.
Decía la poeta Alejandra Pizarnik, que la rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos. Por trasladar su frase a la época contemporánea, la rebelión consiste en mirar a las pequeñas cosas cuando todo el mundo está aplaudiendo en masa a lo que se supone que hay que aplaudir. La rebelión entonces consiste en mirar lo inesperado, en estar presente frente a los ojos del mundo.
Esto es lo que yo vi: una pantalla en medio de la lava volcánica, la propuesta de El Conde de Torrefiel que imagina un monólogo de la naturaleza con el espectador; a Lluís Garau entre plátanos, con su espectáculo La carn, que convirtió hace poco en documental y con el que ganó la Biznaga de Plata en el festival de Málaga. La mort de La Taimada, una pieza de danza escénica que recrea la muerte y los cuidados (y la vi desaparecer en el monte); vi a la cantante Ede escribir proyectando sobre las paredes de un castillo que es más importante compartir que producir. Vi la preciosidad que es su FieraLinda. Vi a la poeta Violeta Gil recitar lo mucho que quiere a sus amigas en medio de un mercado mientras la gente compraba albaricoques y mojo. Vi a Óscar Bueno dar un concierto sumergido dentro de una piscina y a Karlst crear música bajo la sombra de una platanera. Vi a Andrea El Ameri dejarse la piel por todas nosotras. Vi a Bastian Iglesias y Gloria Pocoví bailar con theremines bajo las estrellas.
Pero sobre todo vi a un público conmocionado de verdad, a un público no guionizado, mirando a todas estas rosas hasta pulverizarse los ojos.
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