Helena Bonham Carter sigue siendo una de las figuras más inclasificables y magnéticas del cine británico. Hoy cumple 60 años y entra en esta nueva década convertida, una vez más, en noticia. En abril abandonó abruptamente el rodaje de la cuarta temporada de The White Lotus, que se estaba filmando en la Costa Azul francesa, después de que surgieran desacuerdos con el personaje escrito para ella.
La actriz británica nunca se ha mostrado como una intérprete dócil ni especialmente interesada en encajar
Helena Bonham Carter sigue siendo una de las figuras más inclasificables y magnéticas del cine británico. Hoy cumple 60 años y entra en esta nueva década convertida, una vez más, en noticia. En abril abandonó abruptamente el rodaje de la cuarta temporada de The White Lotus, que se estaba filmando en la Costa Azul francesa, después de que surgieran desacuerdos con el personaje escrito para ella.
El episodio volvió a demostrar que Bonham Carter nunca se ha mostrado como una actriz dócil ni especialmente interesada en encajar. Una intérprete capaz de pasar del drama de época más refinado al delirio gótico, de Shakespeare a Harry Potter, de la aristocracia eduardiana a los personajes excéntricos y casi caricaturescos que la convirtieron en musa de Tim Burton.
Bonham Carter nació en Londres en el seno de una familia de origen aristocrático y cosmopolita. Su padre, Raymond, era banquero; su madre, Elena, psicoterapeuta de ascendencia española y judía. Ese entorno marcó la imagen pública de la actriz durante sus primeros años: la joven inglesa culta, refinada y ligeramente excéntrica destinada a protagonizar dramas de época.

Su explosión llegó al protagonizar con apenas veinte años Una habitación con vistas, la adaptación de James Ivory de la novela de E. M. Forster. La película la convirtió en un símbolo del cine británico elegante y literario de los ochenta. Con su mezcla de fragilidad, inteligencia y rebeldía silenciosa, Bonham Carter encarnaba a la perfección a aquellas heroínas reprimidas por las convenciones sociales.
Después llegarían otras adaptaciones prestigiosas como Regreso a Howards End, Frankenstein o Donde los ángeles no se aventuran, consolidando una etiqueta de “reina del corsé” que la perseguiría durante años. En esa etapa parecía atrapada en otros siglos: su físico, su dicción y su presencia encajaban de manera natural en universos victorianos, shakesperianos o decimonónicos. Una excepción fue Poderosa Afrodita, de Woody Alen, una de las pocas películas contemporáneas de esa época, aunque daba la sensación de pertenecer igualmente a otra era.

Pero Bonham Carter nunca quiso encerrarse en esa imagen. A finales de los noventa empezó a buscar personajes más oscuros e incómodos. Su interpretación de Kate en Las alas de la paloma, un personaje tan ambicioso como vulnerable, le valió su primera nominación al Óscar y confirmó que, tras aquella apariencia victoriana, se escondía una actriz mucho más feroz y compleja de lo que parecía.
Poco después llegó uno de los papeles más inesperados de su carrera: la caótica, autodestructiva e irónica Marla Singer en El club de la lucha. La película de David Fincher se convirtió en una obra de culto y le permitió desprenderse de la etiqueta de dama inglesa de época y abrazar definitivamente los personajes excéntricos, grotescos o emocionalmente extremos que acabaron definiendo gran parte de su filmografía.

El gran punto de inflexión sentimental y artístico llegó en 2001, cuando conoció a Tim Burton durante el rodaje de El planeta de los simios. Ella venía de una intensa relación con Kenneth Branagh; él acababa de romper con la actriz y modelo Lisa Marie Smith. Lo que comenzó como una colaboración profesional derivó en una de las parejas más icónicas y peculiares de Hollywood.
Durante catorce años formaron un universo propio: tuvieron dos hijos, trabajaron juntos en ocho películas ( Big Fish, La novia cadáver, Charlie y la fábrica de chocolate, Sweeney Todd…) y construyeron una estética común basada en el romanticismo gótico, el humor negro y la extravagancia visual. La ruptura llegó en 2014 y sorprendió porque, pese a su singularidad, parecían una pareja indestructible.

Desde 2018 mantiene una relación con el historiador de arte y escritor Rye Dag Holmboe, 21 años menor que ella. Lejos de incomodarle, Bonham Carter suele bromear públicamente sobre la diferencia de edad. “Es divertido porque yo sigo envejeciendo pero para los tabloides él siempre tiene 33 años. Es como Benjamin Button”, decía entre risas.
Mientras tanto, su carrera ha seguido acumulando personajes memorables. Para toda una generación quedó asociada para siempre a Bellatrix Lestrange, el personaje de la saga Harry Potter. También recibió una segunda nominación al Oscar por interpretar a la reina madre en El discurso del rey.

Y años después volvió a acercarse a la realeza británica gracias a The Crown, donde interpretó a la princesa Margarita. Ese papel tenía además una dimensión personal. Relacionada al establishment británico, la actriz contó que había conocido a la verdadera princesa Margarita años antes de interpretarla y que incluso recurrió a una médium durante la preparación del personaje porque quería “pedir permiso” simbólicamente a la princesa fallecida.
En entrevistas recientes, Bonham Carter ha reflexionado sobre el paso del tiempo y sobre cómo la industria trata a las mujeres maduras. “Las mujeres siempre serán penalizadas por no verse igual que cuando eran jóvenes, mientras que los hombres simplemente se dejan barba”, ironizaba. Pero ella asegura sentirse más feliz ahora que nunca: “La maldición de ser joven es que te tomas demasiado en serio tus complejos”.
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