El político, jurista y filósofo coordina el libro ‘La crisis espiritual de la democracia’, una obra colectiva que explica la polarización y el avance de los sistemas totalitarios e iliberales Leer El político, jurista y filósofo coordina el libro ‘La crisis espiritual de la democracia’, una obra colectiva que explica la polarización y el avance de los sistemas totalitarios e iliberales Leer
En el título La crisis espiritual de la democracia. Polarización, totalitarismo y relativismo (editado por Sekotia), llaman la atención dos palabras: «espiritual» y «relativismo», que son buenas pistas para entender el libro: «Este es el volumen uno», explica Julio Borges Junyent, abogado, filósofo, ex presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela en 2017 (en la legislatura de la victoria de Juan Guaidó y del desafío parlamentario al Gobierno de Nicolás Maduro) y coordinador del libro. «En abril aparecerá el volumen dos y al final tendremos a 30 pensadores de 13 países con perspectivas diferentes, tanto de diagnóstico como de cura. Sobre la crisis de la democracia se habla mucho, pero casi siempre nos quedamos en una descripción de problemas y reformas judiciales o de gestión. Nosotros hemos ido a un paso más allá, tratamos de buscar la crisis espiritual de la democracia».
Un más allá que se puede sintetizar en esta frase: «Si la democracia no tiene contenidos morales muy claros, si se convierte en una mecánica de mayorías y minorías, deja de ser una democracia gobernante y se convierte en una democracia gobernada por la ley del más fuerte: el mercado, la tecnología, el totalitarismo».
«Mi padre nació en 1930; mi madre nació en 1936», explica Borges Junyent. «Mis abuelos salieron de España por la Guerra Civil hacia Venezuela. Fue una generación marcada por el conflicto y la violencia. Vivieron el proceso venezolano hacia la democracia y su crisis, la crisis que nos ha traído a la siguiente generación de vuelta a España. Ese viaje de ida y vuelta es bastante ilustrativo de lo que es la búsqueda de la democracia y su crisis. Me gusta recordar que la palabra crisis, en su origen griego, significa juicio. Es normal que la democracia esté en crisis porque tiene que estar sometida a un permanente debate, a una agitación. Pero lo que vivimos ahorita es distinto. No se trata de esa lucha permanente que exige a la democracia, sino que enfrentamos un problema mayor: la posibilidad de que la democracia se extinga».
«Si mira los últimos índices de democracia de Freedom House o de la revista The Economist, verá que el retroceso de la democracia ha sido palpable. Sólo el 6% del mundo vive en democracia, el resto vive en totalitarismos y en eso que se llama regímenes híbridos, con una mezcla de democracia choreta y totalitarismo. En la época de nuestros padres, durante la Guerra Fría, la democracia era vista como una meta, una tierra prometida. La democracia era el lugar de encuentro donde podíamos construir juntos. Después de la caída del Muro, el gran problema de la democracia es que en lugar de ser un lugar de encuentro, se ha convertido en un campo de batalla de identidades, de grupos y de intereses, porque ya no hay un sistema compartido de valores. Por eso la democracia se ha convertido en polarización, en ataque, en amigo-enemigo».
- Casi todos los análisis sobre la crisis de la democracia se resumen en que los gobiernos fracasan en políticas de igualitarismo. El libro dice que sí, pero no sólo eso.
- Joseph Payler dice en el prólogo que hay tres elementos muy claros que han llevado a esta crisis. El primero es que está desapareciendo lo que llama el amor a la república. A la república, a la comunidad, a lo que es colectivo. Estamos enfocados en nuestro confort personal, que es un gran enemigo de la democracia. El segundo motivo que nombra es que vivimos en una reivindicación feroz de los derechos. Se ha equiparado antojo y derecho, derecho que confiamos al Estado. El Estado, que se ha convertido en el árbitro de toda nuestra vida de una manera totalitaria, incluso en democracia. Por último, Payler dice que vivimos una época tan secularizada que ya no hay ningún eco para hablar de responsabilidad o trascendencia. Eso es lo que amplía la respuesta de las políticas de igualdad.
«Hace 200 años», continúa Junyent, «Tocqueville, con 25 años, escribió La democracia en América, y trató de imaginar cómo serían las dictaduras en el futuro. Dejó una idea que retrata la crisis actual: las dictaduras del futuro convertirían a los ciudadanos en personajes exclusivamente centrados en su bienestar personal, en su pedacito de parcela, aislados y obsesionados con su igualdad y su confort. El Estado les proveerá placer, igualdad y confort; los tutelará y esterilizará la creatividad, la libertad, la comunidad, la vida en tejido social de nuestras comunidades. Siento que eso es, un poco, lo que le pasa a la democracia moderna. Se ha convertido en una gran guardería de ciudadanos-niños que quieren eso, que le den sus placeres, no importa los costos ni qué pasa con el otro».
Joseph Ratzinger aparece citado 51 veces en La crisis espiritual de la democracia. Es, probablemente, el autor más nombrado del texto, que está en un diálogo casi constante entre el pensamiento cristiano y el malestar de la democracia. El cristianismo no es el hueso, pero sí el nervio del libro. «La democracia nació en Grecia, como todo el mundo aprende en el colegio, pero la democracia compleja y moderna es un producto de la cultura cristiana. El sentido de igualdad, el sentido de la dignidad humana, que es el vértice de los derechos humanos… Todo eso nace del pensamiento cristiano. No quiero decir que la democracia no pueda prosperar en sociedades no cristianas, pero es importante reconocer que los valores que difundió y que promovió el cristianismo han sido los valores que han hecho posible la democracia».
¿Hablamos de los inesperados desajustes del mundo multicultural? «El cristianismo hizo la separación más fuerte que se ha hecho entre el poder político y el poder religioso, aunque no nos demos cuenta. La frase de Jesús, ‘darle a Dios lo que es de Dios y al César es lo que es del César’ es única», continúa Borges Junyent. «Ahora, en el mundo tenemos que convivir con la mirada del islamismo que hace que la democracia esté en interrogante. Muchas veces, la migración no entiende ese valor fundacional de Occidente. La democracia también sufre por eso».
«Estamos como en un momento de sálvese quien pueda y de ley del más fuerte en las relaciones internacionales, muchos países actúan como neoimperiales: Rusia, China, Estados Unidos… La primera víctima va a ser la democracia, si nosotros no logramos rescatar esos valores que hicieron posible en Occidente a los derechos humanos y a la dignidad humana».
¿Por qué tienen éxito los sistemas iliberales, si, a simple vista, son mediocres y disfuncionales? «Esa es la pregunta clave. Cuando se debatía en el Congreso Constitucional de los Estados Unidos qué sistema iba a adoptar en su independencia, unas señoras se acercaron a Benjamín Franklin y le preguntaron: ‘¿Qué vamos a ser? ¿Una monarquía, una república?’. Y Franklin respondió: ‘Vamos a ser una democracia si ustedes son capaces de sostenerla’. A veces, los regímenes iliberales lo tienen fácil, aunque parezca mentira, porque el miedo, la fuerza bruta y la necesidad de seguridad por encima de la libertad los hacen posibles. En cambio, la democracia, si los ciudadanos no la sienten como propia, se suicida. Yo puedo hablar por el caso venezolano y por el caso español. Veo síntomas aquí preocupantes y lo puedo decir, porque lo viví en mi país. Venezuela era una democracia y se suicidó. No fue que una dictadura se apoderara de Venezuela, sino que la sociedad, por la ceguera de las élites, por los errores de los líderes políticos, por el individualismo y el confort de los ciudadanos, se suicidó como democracia y se entregó a Chávez».
Última pregunta: ¿cómo le suena a Borges Junyent las hipótesis del supuesto secuestro de la democracia perpetrado por unas élites financieras y tecnológicas? «Es la ausencia de unos valores comunes la que nos lleva a la ley del más fuerte. Unas pocas personas y unos poquísimos estados creen que pueden estar sobre los demás. El secuestro de la democracia no es una teoría conspirativa, es una realidad que no somos capaces de afrontar. El poder se ha concentrado a nivel de mercado, a nivel de tecnología y a nivel de política en una proporción donde no hay contrapesos que reclamen valores, leyes, o visiones». O sea, que el secuestro es consecuencia, no causa. «Exacto».
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