La segunda entrega de la dichosa trilogía hace olvidar la primera como se arranca una mala hierba de raíz. En fútbol el partido siguiente tiene la capacidad de enterrar al anterior. Y eso es lo que sucede. Una presión de Lewandowski ejecutada con la convicción de un koala combinada con la aparición de Julián Álvarez (pase a Giulano Simeone en la jugada que desemboca en la roja y fenomenal disparo de falta posterior) abren en canal al Barça, equipo diseñado para atacar pero, salta a la vista, no para defender. Al Atlético, favorecido por un arbitraje desquiciante muy a la medida de Simeone (para sacar amarilla debe haber sangre y ni siquiera siempre), le sale el partido imaginado. Lo celebra su hinchada y nadie más. El suyo no es un fútbol que conmueva a los indecisos.
La segunda entrega de la dichosa trilogía hace olvidar la primera como se arranca una mala hierba de raíz. En fútbol el partido siguiente tiene la capacidad de enterrar al anterior. Y eso es lo que sucede. Una presión de Lewandowski ejecutada con la convicción de un koala combinada con la aparición de Julián Álvarez (pase a Giulano Simeone en la jugada que desemboca en la roja y fenomenal disparo de falta posterior) abren en canal al Barça, equipo diseñado para atacar pero, salta a la vista, no para defender. Al Atlético, favorecido por un arbitraje desquiciante muy a la medida de Simeone (para sacar amarilla debe haber sangre y ni siquiera siempre), le sale el partido imaginado. Lo celebra su hinchada y nadie más. El suyo no es un fútbol que conmueva a los indecisos.Seguir leyendo…
La segunda entrega de la dichosa trilogía hace olvidar la primera como se arranca una mala hierba de raíz. En fútbol el partido siguiente tiene la capacidad de enterrar al anterior. Y eso es lo que sucede. Una presión de Lewandowski ejecutada con la convicción de un koala combinada con la aparición de Julián Álvarez (pase a Giulano Simeone en la jugada que desemboca en la roja y fenomenal disparo de falta posterior) abren en canal al Barça, equipo diseñado para atacar pero, salta a la vista, no para defender. Al Atlético, favorecido por un arbitraje desquiciante muy a la medida de Simeone (para sacar amarilla debe haber sangre y ni siquiera siempre), le sale el partido imaginado. Lo celebra su hinchada y nadie más. El suyo no es un fútbol que conmueva a los indecisos.
El Barça, lesionado Raphinha, hace un partido digno y hasta entrañable, pero insuficiente en este escalón de la Champions. Rashford, sustituto del brasileño, está veloz y vertical como lo son pocos delanteros en Europa, pero no se guarda en el bolsillo del pantalón después de cada sprint ese poco de energía necesario para definir con lucidez. Está en todas, sí, pero las falla todas. Sin balón está voluntarioso pero su trabajo no se puede comparar al de Raphinha, que actúa y contagia su vehemencia con correas de transmisión adheridas a sus piernas y pulmones. Peor es asistir al canto del cisne de Lewandowski. La Champions se decide por detalles, dice la leyenda, y el delantero se describe a sí mismo con una crueldad muy propia de este deporte. El polaco mantiene el olfato en pequeñas parcelas pero el partido pide piernas latifundistas. En su día a día, además, lejos de sentirse amenazado, recibe halagos y deseos de renovación por los servicios prestados, como si los contratos en el Barça se volvieran a renovar atendiendo a los méritos contraídos con carácter retroactivo.
El Atlético juega un fútbol antitético al del Barça, que le regala en sacrificio a Pedri y sufre a Lewandowski
El Barça, sustituido Pedri al descanso (es como extirparle el cerebro al grupo blaugrana cuando más ideas se necesitan), hace lo que puede y más en una segunda parte de colosal esfuerzo y hasta ocasiones de gol, unas cuantas más por cierto que un agazapado Atlético jugando con uno más. Aun con 0-2 los de Flick atacan, intentando graparse a la eliminatoria buscando un golpe de suerte o una decisión del árbitro favorables. No las hay. Destacables son las actuaciones de Olmo, que entiende lo que exige el partido tanto con igualdad como con inferioridad, y de Lamine Yamal.
Detengámonos en Lamine.

Una vez más, todas las miradas están puestas en él antes de empezar. Da igual cuando lean o escuchen esta afirmación, pero no olvidemos que a fuerza de repetirla perdemos su sentido real y el tremendo peso que comporta. Imagínensela sobre sus hombros y, lo que es más difícil, recuerden de qué material estaba configurada su cabeza a esa edad, 18 años, allí donde guardamos memoria, pensamiento y emociones. La mía, por poner un ejemplo cercano, era un galimatías.
No hay gol ni asistencia que contabilizarle al de Rocafonda pero da igual, es prodigioso
Los partidos no siempre deberían ser medidos por goles o pases de gol. Lamine Yamal da un recital en el Camp Nou, justo en una semana en la que descubre que es un ídolo por ser quien es, porque sin el fútbol para algunos sería un musulmán al que insultar.
Le falta ya solo un tercer episodio a la trilogía. Parece que está escrito ya, pero supongamos que no. Uno cuando entra en el cine, o a un estadio, o afronta la primera página de un libro, debe esperar siempre lo mejor, lo imprevisto. Algunos lo llaman fe, sea la que sea.
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