Jimmy Carter barajó su conquista durante la toma de la embajada en Teherán entre 1979 y 1980 Leer Jimmy Carter barajó su conquista durante la toma de la embajada en Teherán entre 1979 y 1980 Leer
Barry Rosen, con los ojos vendados como el resto de sus compañeros, encontró una radio en una de las habitaciones a las que fueron movidos una y otra vez por sus captores. A escondidas, escuchaba noticias fragmentadas en una emisora occidental para intentar reconstruir lo que pasaba fuera. Era el agregado de prensa en la embajada de Estados Unidos. El peor día de su secuestro fue cuando oyó que la operación de rescate para liberarles a él y al resto de sus compañeros había fracasado en el desierto de Irán.
La crisis de los rehenes estalló en noviembre de 1979, en el contexto inmediato de la Revolución Islámica de Irán que había derrocado al sha Mohamed Reza Pahlavi y llevado al poder al ayatolá Jomeini. Un grupo de estudiantes islamistas asaltó la embajada de Estados Unidos en Teherán y tomó como rehenes a 52 diplomáticos y ciudadanos estadounidenses. La acción, presentada como una respuesta a la admisión del sha en territorio estadounidense por razones médicas, se convirtió rápidamente en un símbolo de ruptura total entre ambos países y en uno de los episodios más humillantes para Washington en plena Guerra Fría.
Se hicieron fotografías con los rehenes vendados y algunos sufrieron torturas y aislamiento evidentes, mientras que otros fueron tratados de forma razonable.
Entonces, el presidente Carter pidió al Pentágono que le presentara alternativas militares para intentar forzar a Irán a soltar a sus rehenes. Uno de los planes que se estudió entonces fue tomar la isla de Jark, que ya era la terminal de exportación de crudo que es hoy, para obligar a Teherán a negociar desde una posición de fuerza. Es exactamente el mismo punto en el que nos encontramos ahora, pese a que no hay secuestrados estadounidenses en manos de los ayatolás, sino un Estrecho clave en la economía mundial.
Pero la Casa Blanca de Jimmy Carter descartó la operación por considerarla demasiado arriesgada y quiso evitar deliberadamente cualquier acción que pudiera escalar hacia una guerra abierta con Irán. Carter entendía que su objetivo principal era rescatar a los rehenes, no ganar una guerra. Una invasión de Jark habría puesto en peligro directo a los diplomáticos retenidos en Teherán, elevando el riesgo de represalias o ejecuciones, y habría convertido una crisis diplomática en un conflicto militar de gran escala.
Algunos diplomáticos lograron evitar la captura haciéndose pasar por otra cosa: el caso más conocido es el de seis estadounidenses que escaparon de la embajada y fueron ocultados por Canadá, en lo que luego se conocería como la Canadian Caper. La CIA organizó su salida fingiendo que eran un equipo de cine que buscaba localizaciones en Irán, una historia tan improbable que funcionó a la perfección. Años después inspiraría la película Argo.
Durante 444 días, la crisis dominó la política internacional y condicionó profundamente la Presidencia de Jimmy Carter. Estados Unidos intentó negociar la liberación de los rehenes mientras imponía sanciones económicas y presionaba diplomáticamente al nuevo régimen iraní. El intento de rescate militar, conocido como Operation Eagle Claw, fracasó de forma estrepitosa en el desierto iraní tras una serie de fallos logísticos y técnicos, agravando la sensación de debilidad estadounidense y reforzando la posición interna del régimen de Teherán.
La crisis concluyó en enero de 1981, coincidiendo con la toma de posesión de Ronald Reagan, tras la firma de los Acuerdos de Argel. Los rehenes fueron liberados, pero el daño ya estaba hecho: la desconfianza entre Irán y Estados Unidos quedó profundamente arraigada y marcó durante décadas la relación entre ambos. Más allá de su desenlace, la crisis estableció un precedente duradero: el uso de la confrontación con Washington como herramienta de legitimación interna en Irán y como eje estructural de su política exterior.
Las historias de los secuestrados emergieron entonces en la prensa de Estados Unidos: fue una guerra silenciosa en la que el enemigo no era sólo el encierro, sino el tiempo y la mente. Hombres como William Daugherty soportaron simulacros de ejecución diseñados para quebrarlos (disparos sin bala, paredes frente a las que creían morir), mientras otros como Bruce Laingen se aferraban a una disciplina mental casi militar, reconstruyendo cada día conversaciones y análisis para no perderse a sí mismos. El más joven, Kevin Hermening, aprendió demasiado pronto que la incertidumbre era la peor forma de tortura: no saber si viviría una hora más o un año más. Y, en celdas donde apenas cabía el cuerpo, marines como Joseph Hall contaban pasos, respiraciones, segundos, como si el simple acto de pensar fuera una forma de resistencia.
Ahora, de nuevo emerge la silueta de la isla de Jark como objetivo y posible territorio rehén contra secuestros iraníes. Mientras Donald Trump amenaza con abandonar la región a su suerte, ya con el Estrecho de Ormuz convertido en aduana de Irán, la realidad sobre el terreno es bien distinta, ya que Washington está amasando un poder militar cada vez más contundente en la zona que no tiene sentido si no va a usarse para alguna acción ofensiva.
De momento, son aproximadamente 8.000 militares especializados en asaltos aerotransportados o anfibios, a los que se unirán otros 8.000 en breve. Y un portaaviones más, el Abraham Lincoln, viene de camino a Oriente Próximo para unirse al George W. Bush.
Demasiada pólvora reunida para no usarla.
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