La muerte se llevó muy pronto y de forma inesperada a Michel Pineda (Francia, 1964), de solo 62 años, mito del Espanyol en los ochenta y protagonista de una de esas vidas que no cabría ni en una enciclopedia.
Se crio en Francia, fue amigo íntimo de Eric Cantona y jugó 233 partidos con el club perico, entre ellos la final de la UEFA de 1988 de triste recuerdo
La muerte se llevó muy pronto y de forma inesperada a Michel Pineda (Francia, 1964), de solo 62 años, mito del Espanyol en los ochenta y protagonista de una de esas vidas que no cabría ni en una enciclopedia.
Pineda nació en Gien, en el corazón de Francia, por una desgracia. Sus padres, que residían en Vitoria, se trasladaron al país vecino para salvar a su primer hijo, que no caminaba por deficiencias en la médula espinal. No había cura en España, y en Francia tampoco la encontraron. Falleció. Luego nació Michel y su hermano, y sus padres decidieron quedarse. Por eso, y por su forma de jugar, se ganó, años después, el apodo de monsieur.
Con 16 años lo fichó el Auxerre. No quería alejarse de casa y dio en el clavo. Allí tejió una amistad con Eric Cantona y la vida les hizo íntimos. Cuando el delantero del United tenía problemas, se refugiaba en la casa de Michel en Barcelona. Incluso, en aquella época, ambos escribieron una carta ofreciéndose al Alavés. Nadie les respondió. Sí, el Alavés desoyó tener esa dupla.
Aquellos tiempos en Francia dieron para mucho dirigidos por el mítico Guy Roux, que pasó 44 años de técnico del Auxerre. Roux se llevaba a Pineda a ver partidos y, en ocasiones, mandaba a Cantona y a él a pintar las vallas del campo cuando quería castigarlos. Fue una aventura.
Con la selección sub-21 ganó el Europeo de 1986 y fue olímpico en Seúl-88, pero por lo que es más recordado es por su etapa en el Espanyol. De 1984 a 1990. Marcó 73 goles en 233 partidos y fue clave en la UEFA de 1988 de triste desenlace en Leverkusen.
Pineda colaboró con dos goles al Borussia Mönchengladbach (marcó el primero de la competición el día en el que fue capitán porque hablaba francés, como el árbitro) y otro al Vitkovice. Luego, vivió un descenso y un ascenso y se fue a Santander. El destino quiso que, en la promoción de 1993, su gol mandara al Espanyol a Segunda. Más que festejar el ascenso, Pineda lloró en el vestuario por lo que le arrebató a su exequipo. Se retiró, esta vez sí, en el Alavés, de donde procedían sus padres y donde tenía arraigo: el Celedón –el personaje de las fiestas de la ciudad– era su primo Iñaki Landa.
Pineda vivió en Andorra y luego en Vilafortuny (Tarragona). En sus últimas entrevistas confesaba que disfrutaba más de una copa de vino que de un partido. Jugaba a pádel desde los noventa, incluso el hermano de Sergi Casal le planteó que fuera profesional. Ahora, ya hacía años que no cogía una pala, pero mantenía el tipo. Y se dedicaba a sus gemelas (María y Aloma). Así como la muerte de Diego Orejuela no sorprendió por su enfermedad, la de Pineda ha descorazonado al Espanyol. Aún más, a los acérrimos de los maravillosos ochenta y fans de monsieur.
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