Jamaica y otras naciones de la región exigen a Londres una reparación por siglos de tráfico humano y al monarca una petición de perdón por el papel de la Corona en el mayor crimen de lesa humanidad de la Historia Leer Jamaica y otras naciones de la región exigen a Londres una reparación por siglos de tráfico humano y al monarca una petición de perdón por el papel de la Corona en el mayor crimen de lesa humanidad de la Historia Leer
«Me importa un bledo el rey. ¿Alguien podría decirme si viene a disculparse por la esclavitud impuesta por los británicos, o si viene a darnos dinero por lo que le hicieron a nuestra gente? Si no viene a hacer eso, si el tipo no vuelve a respirar no me importará». Con esa dureza se expresaba el ex ministro bahameño Leslie Miller sobre Carlos III apenas unos días antes de que el soberano británico iniciara la gira que está protagonizando por varias naciones del Caribe. Se trata de la empresa más delicada desde que asumió el trono, en septiembre de 2022. Porque, aunque está pisando algunos países de los que también es jefe del Estado, ni mucho menos le están recibiendo sólo con honores y gestos para agradarle. Antes al contrario, el rey se está encontrando, como cabía esperar, con una incesante demanda para que el titular de la Monarquía británica pida disculpas por el papel de la institución en la lacra que supuso durante siglos el comercio de esclavos. Una cuestión muy espinosa que persigue a los Windsor en los últimos años, y que se ha avivado especialmente por la reclamación de las naciones del Caribe, con Jamaica a la cabeza, de reparaciones económicas a Londres por el crimen de lesa humanidad más grave de la Historia.
El asunto va a centrar inevitablemente desde hoy la 28ª cumbre de jefes de Gobierno de la Commonwealth presidida por Carlos III en la última parada de su gira por la región, Antigua y Barbuda, a donde ayer comenzaron a llegar mandatarios de las 56 naciones que conforman la alianza que reúne sobre todo a países vinculados con el viejo Imperio británico.
Carlos III hablará con «honestidad inquebrantable» y «sincera tristeza» sobre el dolor perdurable de la trata transatlántica de esclavos, adelantó ayer el Palacio de Buckingham, en un intento de atajar las críticas por la tibieza con la que muchos consideran ha abordado estos días la cuestión en sus visitas a Bahamas y Guyana. Tanto el rey como el Gobierno británico temen que este asunto orille cualquier otro de la agenda a abordar en la reunión de tantos mandatarios, y les preocupa que descarrile la cumbre en un momento en el que a Londres le interesa más que nunca la profundización de relaciones en el seno de la Commonwealth por la influencia que la organización concede al Reino Unido cuando la geopolítica global se ve tan zarandeada y otras potencias como China o Rusia avanzan a pasos agigantados en la firma de acuerdos con países antaño en la órbita de los Windsor.
El primer ministro británico, Andy Burnham, se ha declarado en ese sentido «abierto» por primera vez a la posibilidad de que el Reino Unido pida disculpas formalmente por su papel en la esclavitud, lo que supone un cambio en la postura mantenida por los sucesivos gobiernos del país. Eso sí, Burnham aclaraba en una tribuna en The Guardian que las «reparaciones» económicas no son «la respuesta adecuada». «No creo que los británicos de hoy puedan ser considerados responsables de injusticias históricas, por muy atroces que sean, que ocurrieron en otra época, bajo leyes diferentes en las que no tuvieron ninguna participación personal», añadió en el artículo.
Ya hace dos años, durante la cumbre de la Commonwealth de Samoa, Carlos III reconoció que ciertos «aspectos dolorosos» del pasado siguen resonando en las relaciones entre el Reino Unido y el resto de los países miembros de la Mancomunidad Británica de Naciones, en una alusión velada al capítulo lacerante de la esclavitud y el pasado colonial. Pero, desde entonces, los países del Caribe que forman parte de la organización no han dejado de articular estrategias en busca del pago de reparaciones por el comercio de seres humanos por parte de Londres. Jamaica presentó semanas atrás una petición al rey para que remitiera una serie de preguntas sobre la responsabilidad del Reino Unido en la infame práctica mantenida durante siglos ante la comisión del Consejo Privado de Su Majestad que actúa como máximo tribunal para antiguas colonias que hoy mantienen vínculos con el sistema jurídico británico.
La demanda de Kingston al monarca se hizo coincidir con el mismo día en que en 1781 el barco Zong, registrado en Liverpool, zarpó de África Occidental con 442 personas negras esclavizadas a bordo. Durante la travesía hacia el Caribe, cuando empezaron a escasear las reservas de agua, el capitán ordenó a la tripulación arrojar por la borda a 132 hombres, mujeres y niños tras calcular que le era más rentable presentar una reclamación al seguro por las «propiedades perdidas» que vender al llegar a Jamaica a los esclavos supervivientes a un precio más reducido por las secuelas de las deshidratación. No es más que una salvajada de tantas como darían para escribir un libro interminable sobre el comercio de carne humana. Pero de pronto en la isla que mantiene a Carlos III como rey, al igual que en otras naciones vecinas, estos escalofriantes hechos del pasado se han tornado en argumentos que centran el actual debate político.
«Es justo que reconozcamos el gran sufrimiento y las injusticias del pasado», subrayó el rey en uno de sus primeros discursos nada más pisar Nassau, la capital de Bahamas el martes. Días después, durante su visita a Guyana -en este casó rompió sus lazos con la Monarquía británica al abrazar el sistema republicano en 1970-, el jefe de los Windsor visitó no por casualidad el Parque de la Independencia, en Georgetown, el lugar donde en 1823 entre 15.000 y 20.000 guyaneses esclavizados se alzaron en armas y protagonizaron el mayor levantamiento de esclavos en América, reprimido brutalmente por las autoridades dependientes de Londres que dominaban el lugar.
Gran Bretaña abolió el comercio de esclavos en 1807, aunque no fue hasta 1834 cuando quedó prohibida la esclavización de seres humanos en sus dominios. Algo mortificante para los grupos que exigen hoy reparaciones a la metrópoli y se encuentran ante el portazo en forma de argumentos como el expresado por Burnham es que la ley de abolición de Westminster del siglo XIX comportó compensaciones económicas a los propietarios británicos de plantaciones que dejaban de tener mano gratis de personas negras para trabajar sus tierras, y el Reino Unido no terminó de saldar la deuda contraída para cubrir aquellos pagos hasta el año 2015.
El pasado febrero, la historiadora Brooke Newman publicó un monumental libro en el que detalla los espantosos y pingües vínculos de la Monarquía británica desde finales del siglo XVI con la trata de esclavos. Los documentos que acreditan cómo los sucesivos titulares de la Corona se enriquecieron personalmente gracias al comercio transatlántico de negros cazados en África son otro de los argumentos más agitados para exigir al actual rey, Carlos III, el acto de contrición que no termina de llegar.
No es la Casa Real británica una excepción ante este asunto. El Papa León XIV pidió perdón por el largo retraso de la Iglesia católica en condenar la esclavitud, calificándola como «una herida en la memoria cristiana» en su primera encíclica, publicada en mayo. La Asamblea Nacional de Francia aprobó por unanimidad el mismo mes de este año la anulación formal del Code Noir de 1685 —el decreto firmado por Luis XIV que regulaba la esclavitud y definía a los esclavos como bienes muebles—. Y el presidente Macron calificó de «ofensa» el silencio mantenido desde entonces ante semejante crimen de lesa humanidad. Sin embargo, París también sortea las demandas de reparaciones que se exigen desde naciones como Haití. Y, en octubre, el rey Guillermo de los Países Bajos fue mucho más lejos que ningún otro monarca contemporáneo al expresar que siente «la responsabilidad, ante la sociedad y los descendientes de personas esclavizadas, de aclarar el papel que desempeñó mi familia en la historia colonial». Todo tras conocerse las conclusiones de una investigación de la Universidad de Leiden, bajo la supervisión de un comité independiente, promovida por el propio soberano, para determinar las responsabilidades concretas y el enriquecimiento personal de los Orange con la trata de personas durante siglos.
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