«El partido de Abascal ha buscado ser parte de un fenómeno global» Leer «El partido de Abascal ha buscado ser parte de un fenómeno global» Leer España // elmundo
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¿Vox es un fenómeno particularmente español, o es la versión doméstica de un movimiento internacional? La duda no es nueva, pero la derrota de Viktor Orbán en Hungría la ha vuelto a plantear. Siguiendo la costumbre de ver cualquier acontecimiento extranjero a través de nuestra política doméstica, se busca algún augurio para España en las entrañas de las elecciones húngaras. Y se debate, sobre todo, si el declive de la estrella de Orbán anuncia un retroceso de Abascal. Es decir, si nos encontramos ante una marca ideológica cuyo desgaste empieza a arrastrar a todas sus franquicias, o si más bien estamos ante el cierre de un negocio por razones particulares y que no afectan a otros locales parecidos; esos cuyo futuro estaría asegurado por su arraigo en el barrio y la fidelidad de su clientela.
En principio, el cambio político en Hungría no contiene grandes lecciones para España. Los motivos del declive de Orbán no se aplicarían a Vox. Análisis como los publicados en este diario por Gerg Medve-Bálint y Fernando Casal Bértoa, o por el siempre inteligente Xavier Colás, indican que los votantes húngaros no han rechazado unas ideas sino una gestión. Es decir, no han dado la espalda a la principal fuente de afinidad entre Orbán y Abascal, sino justamente a aquello que los separa: la diferencia entre un líder que ha gobernado su país durante 16 años, y debe responder del estado del mismo, y un líder que opera desde la oposición y puede recoger el descontento con la situación actual. Tan claro es el contraste que incluso produce una inversión de papeles: en Hungría, el victorioso Magyar ha denunciado algunos problemas parecidos -la corrupción, la colonización de las instituciones, el estancamiento del país- a los que Vox señala en sus críticas a Sánchez.
Luego está el hecho de que Vox siempre ha sido un caso muy particular dentro de su familia ideológica. Su auge estuvo vinculado a la crisis catalana de 2017 y, también, a la llegada al poder de un presidente que estaba dispuesto a apoyarse en quienes habían causado dicha crisis. Ninguno de los partidos afines a Vox, en Europa o en América, ha surgido como consecuencia de una crisis separatista. Y si Vox no creció por motivos parecidos a los de sus aliados, ¿por qué iba a verse afectado por las mismas fuerzas que conducen a su caída?
Sin embargo, la conexión con Orbán no es irrelevante. Más bien ejemplifica una de las decisiones más trascendentales de Vox en los últimos años. El partido de Abascal tenía unas raíces genuinamente locales y relacionadas con las peculiaridades de la política española -empezando por la alianza que se produce aquí entre izquierda y nacionalismos-; sin embargo, ha buscado presentarse como parte de un fenómeno global. Porque no han sido sus adversarios quienes han vinculado a Abascal con Trump, Le Pen u Orbán. Ha sido la propia cúpula de Vox la que ha querido aparecer con ellos en todas las fotos. En los últimos años incluso ha ido cambiando el discurso del partido para que se pareciese menos al del Vox primigenio y más al de unas formaciones extranjeras a las que desea emular. Ya fuera por convicción o por oportunismo, Vox ha querido que se piense que su destino está vinculado al de un movimiento internacional. Y de tanto buscarlo, puede que lo haya conseguido. Aunque no con el efecto que buscaba.
