La conspiranoia es una narrativa diseñada para ser infinita, un misterio que no debe ser resuelto. Es el opuesto del activismo, aunque imite su lenguaje Leer La conspiranoia es una narrativa diseñada para ser infinita, un misterio que no debe ser resuelto. Es el opuesto del activismo, aunque imite su lenguaje Leer
Es fácil calcular la edad de Buñuel en relación a los acontecimientos históricos que atravesó porque, en un acto de coherencia, nació a la vez que el siglo. Con 36 años contempló en primera fila el estallido de nuestra guerra y así describió sus emociones: «La violenta revolución que íbamos sintiendo ascender desde hacía unos años, y que yo personalmente tanto había deseado, pasaba bajo mis ventanas, ante mis ojos. Y me encontraba desorientado, incrédulo». Es el fragmento de Mi último suspiro que tengo más presente, el que más me escalofría.
Durante su asombrosa juventud había pertenecido a los surrealistas, una tribu recién inventada que idealizaba la destrucción violenta del paisaje urbano. Describió Un perro andaluz como una llamada al asesinato y cultivó una pasión por las armas de fuego que no abandonaría jamás. Pero, como en una película de ciencia ficción, el siglo materializó ante sus ojos los monstruos de aquel imaginario y se vio obligado a renegociar el contrato con su genio. Los horrores del siglo fueron letales para el surrealismo, y la sublimación de la violencia y el caos tendría que esperar hasta los años 70 para ser rescatada por el movimiento punk.
Imagino a los conspiranoicos sufriendo ahora un trauma parecido al de aquellos surrealistas. La publicación parcial de los archivos de Epstein ha convertido las irresistibles teorías estrella de las últimas décadas en actualidad para el gran público. Debería ser un motivo de celebración para los que llevan tiempo advirtiéndonos de la existencia de una red secreta de explotación sexual de menores, pero hasta los gurús más volcánicos como Joe Rogan o Alex Jones llevan dos semanas titubeando. El motivo concreto es la evidencia de que los villanos han resultado ser los amigos que hicieron por el camino y que el camino de migas de pan esparcido desde rincones como 4chan, donde se acuñó el término pizzagate, era un instrumento de radicalización política diseñado desde la misma sombra.
La razón honda es que la conspiranoia es una narrativa diseñada para ser infinita, un misterio que no debe ser resuelto. Es el opuesto del activismo, aunque imite su lenguaje. Por eso las teorías más extremas que están brotando estos días, apoyadas en imágenes generadas con IA de un Epstein barbudo paseándose por Tel Aviv, terminan hermanándose con las voces que quieren rebajar el volumen del escándalo, aunque la información oficial constata que cientos de documentos no han sido escaneados por contener imágenes de abuso sexual a menores. Unas y otras, en el fondo, comparten la misma vocación opuesta a la de Un perro andaluz, son una llamada a la calma.
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