El flamante ganador de las elecciones cargó en verano contra el boicot del Gobierno al concurso desde 2019 Leer El flamante ganador de las elecciones cargó en verano contra el boicot del Gobierno al concurso desde 2019 Leer
Hubo un tiempo no muy lejano, hasta que la ofensiva militar sin fin de Netanyahu y los atroces crímenes cometidos en Gaza entre otras consecuencias rompieron políticamente a Europa, en el que el Festival de Eurovisión, más allá de su carácter festivo y de su naturaleza de programa de televisión, era sinónimo de los mismos valores que están en el acervo comunitario. Diversidad, tolerancia, libertad o respeto a las minorías han sido durante algunas décadas esencia del certamen, un acontecimiento que va mucho más allá de lo musical. Hoy el Festival atraviesa una crisis existencial, justamente cuando se cumple su 70º aniversario, marcada por la presencia de Israel y el boicot de varios países fundamentales en el concurso, España incluida. Y es en estas circunstancias cuando cobra más relevancia que Eurovisión, al menos en lo que llevamos de siglo XXI, se hubiera convertido en el Festival que tanto ofende a nuestros tiranos y a los líderes de la deriva iliberal y antieuropea, luego trumpiana, con el ahora derrotado Viktor Orban a la cabeza.
Tan es así que el flamante ganador de las elecciones legislativas en Hungría y próximo primer ministro, Péter Magyar, hizo oír su voz el pasado verano para reclamar que su país regresara al certamen. «Eurovisión es una plataforma europea que permite mostrar nuestra cultura y talento musical al mundo. Hungría necesita volver a estar presente en ese escenario y aprovechar su potencial artístico», destacó un Magyar que ya entonces empezaba a cabalgar sobre la ola de cambio que se respiraba en Budapest y otras ciudades de la nación. Cómo no recordar, en este sentido, la multitudinaria manifestación del Orgullo LGTBi que se celebró en la capital a finales de junio, en lo que supuso un simbólico e inequívoco desafío ciudadano al autoritario Orban, cuyo Gobierno había vetado la marcha tras endurecer las aberrantes leyes contra la «promoción» de la homosexualidad.
Magyar exigía el retorno de Hungría a Eurovisión, del que está ausente desde el año 2019, cuando su último abanderado, Joci Pápai, participó en la edición celebrada en Tel Aviv. Nunca hubo una explicación oficial por parte de la televisión pública húngara MTVA del por qué del abandono del certamen. Sin embargo, era vox populi que se trató de una exigencia del Ejecutivo de Orban, que ordenó la retirada justamente por considerar que el Festival era un escaparate de los valores que él ha tratado de combatir como un Atila. En especial, al líder de Fidesz le provocaban sarpullidos los innumerables guiños del concurso a la comunidad LGTBi.
Magyar subrayó que la presencia de Hungría en el Festival «mejoraría la imagen exterior del país, fomentaría un mayor sentido de unidad nacional y estrecharía su relación con la Unión Europea». Justo lo contrario de lo que pretendía Orban, claro. «El Festival de Eurovisión no solo es una competencia musical, sino también una oportunidad para expresar nuestra identidad y valores culturales en Europa«, añadía el ahora ganador de las legislativas, que tenía bien claro el asunto: «Es un error no participar y no deberíamos habernos retirado».
Además, en claro contraste con Orban, Magyar también se mojaba para aplaudir la decisión de la UER en 2022 de expulsar del certamen a Rusia y Bielorrusia, tras el inicio de la invasión a gran escala de Ucrania. «Estoy de acuerdo con la exclusión de Rusia; no deberíamos permitir que ningún criminal de guerra participe», afirmó en verano el dirigente que lideraba la oposición húngara.
No es el país centroeuropeo una excepción en el asunto que nos ocupa. Turquía abandonó en 2012 el Festival, que generaba audiencias millonarias entre sus espectadores, cuando Erdogan, en la deriva autoritaria e islamista que emprendió ya como primer ministro, consideró que su proyecto político era incompatible con las libertades que exudaba Eurovisión. Nunca se ha curado el mandatario turco de sus freudianas obsesiones eurovisivas. «Eurovisión supone una amenaza para los valores de la familia tradicional», soltó a modo de titular en 2024. A partir de ahí, se explayó diciendo que los participantes en el concurso son «caballos de Troya de la corrupción social» (sic) y que en el evento «se ha vuelto imposible encontrarse con una persona normal». Y eso que los turcos hacía ya muchos años que tenían que recurrir al pirateo o a enlaces digitales para poder seguir viendo el concurso, sin representantes nacionales.
También en Turquía, cómo no, la vuelta al concurso se ha convertido en un anhelo de la asediada oposición, dado que es tanto como volver a abrazar el acervo comunitario, hoy aplastado por un régimen personalista casi autocrático. El candidato opositor Kemal Klçdarolu -quien al frente de una amplia coalición intentó en 2023 arrebatarle la Presidencia a Erdogan- denunció la «decisión vergonzosa» de retirarse del Eurofestival. Klçdarolu cargó contra el Gobierno de Ankara por impedir a los artistas turcos participar en el concurso musical más seguido en el mundo y, sobre todo, por vetar a los ciudadanos su visionado.
La furia de los partidos ultras y populistas del Viejo Continente contra el concurso se ha disparado en los últimos tiempos. En Letonia, el Parlamento tuvo que debatir en 2024 la continuidad en el certamen, tras una campaña en contra que denunciaba que los participantes «tienden a comportarse de forma obscena» (sic). La Saeima -el órgano unicameral que ostenta el poder legislativo en la República de Letonia- dedicó una sesión a debatir la cuestión, y fue tumbada una moción presentada por los ultras que abanderaban la marcha. La directora de programación de la televisión pública nacional había explicado previamente la importancia del concurso para la industria musical local, así como el enorme seguimiento y la repercusión de un certamen visto por casi 200 millones de personas en todo el mundo.
Y, en la vecina Lituania, la dirección de la radiotelevisión pública nacional tuvo que salir al paso, igualmente, para denegar la petición promovida, entre otros, por el controvertido eurodiputado Petras Grazulis, para que la nación dejara de participar.
Ambos casos se inspiraban en lo que ya había ocurrido en Hungría. La victoria aplastante en las urnas de Magyar promete reencaminar a Budapest hacia la senda comunitaria. Y, si cumple su promesa, uno de los gestos simbólicos más visibles de que Hungría vuelve a la casa común europea se vivirá ya en 2027 con el esperado regreso al Festival, mucho más que un concurso de canciones, como no deja de demostrarnos la geopolítica.
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