Seúl y Tokio ven cómo Estados Unidos reduce su capacidad militar en Asia, clave en la disuasión frente a Pekín o Pyongyang Leer Seúl y Tokio ven cómo Estados Unidos reduce su capacidad militar en Asia, clave en la disuasión frente a Pekín o Pyongyang Leer
El Tripoli, un buque de asalto anfibio estadounidense, acaba de zarpar de su puerto base en Sasebo, en la isla japonesa de Kyushu, rumbo a Oriente Próximo con 2.500 infantes de marina a bordo. El despliegue incluye cazas furtivos F-35, aviones de transporte MV-22 Osprey y lanchas de desembarco listas para trasladar tropas a tierra.
En Corea del Sur llevan dos semanas viendo cómo las tropas estadounidenses desmantelan sistemas THAAD y Patriot en la Base Aérea de Osan, a 70 kilómetros de Seúl. Estos escudos, diseñados para proteger a los surcoreanos de un posible ataque aéreo norcoreano, se cargan ahora en aviones C-17 rumbo al Golfo Pérsico, destinados a proteger bases estadounidenses de ataques con misiles y drones iraníes.
En Seúl y Tokio, los aliados más cercanos de Washington en el Indo-Pacífico, la reducción temporal de la capacidad militar estadounidense, clave en la disuasión frente a Pekín o Pyongyang, genera preocupación. La guerra en Oriente Próximo está poniendo a prueba la promesa de seguridad de EEUU en una región que la Administración Trump bautizó como «nuestro teatro prioritario».
En Corea del Sur, el presidente Lee Jae Myung ha intentado tranquilizar a la población asegurándoles que el país aún puede disuadir a Corea del Norte, incluso si EEUU traslada recursos y armamento. Pocos días después de que Lee hiciera una primera afirmación en este sentido, Pyongyang realizó una demostración de fuerza lanzando 10 misiles balísticos hacia el Mar de Japón.
Analistas y diplomáticos coinciden en que, a largo plazo, este conflicto puede debilitar la influencia estadounidense frente a China, que acelera su modernización militar. «La atención de Washington en Irán abre a Pekín un margen para su asertividad territorial», advierte un diplomático europeo con base en la capital china, citando desde una mayor presión sobre Taiwan hasta la construcción de nuevas islas artificiales en el Mar de China Meridional.
Según un informe de 2024 del Congreso de EEUU, en el este de Asia hay 24 bases estadounidenses permanentes y otros 20 sitios militares a los que el Pentágono tiene acceso. La base aérea más grande es la de Okinawa, en Japón. Filipinas amplió en 2023 a nueve el número de bases accesibles a EEUU, incluyendo cuatro nuevas, tres de ellas en Luzón, cerca de Taiwan.
En Taipei observan también con inquietud cómo la guerra en Irán está drenando las reservas de misiles de crucero de largo alcance que EEUU necesitaría para frenar cualquier intento de invasión china. En apenas seis días, las fuerzas estadounidenses dispararon 786 misiles JASSM y 319 Tomahawk, suficiente para agotar varios años de producción. Para expertos en defensa, estos sistemas son clave: permiten atacar desde fuera del alcance de las defensas enemigas, reduciendo riesgos para aviones y buques.
«Mi principal preocupación es que se están consumiendo municiones que necesitaríamos para disuadir un ataque contra Taiwan», declaraba en una entrevista con el Financial Times un alto funcionario taiwanés. Otro funcionario de seguridad nacional agregó: «Si EEUU dedica demasiado tiempo y recursos a otros campos de batalla, se crea un verdadero desequilibrio». Con China reclamando la isla y amenazando con tomarla por la fuerza, la pérdida de capacidad estadounidense no es un detalle menor: debilita la disuasión y aumenta la vulnerabilidad de Taiwan justo cuando más dependería de Washington.
«Cualquier debilitamiento de la presencia estadounidense en Asia-Pacífico inevitablemente beneficiará a alguien, y pueden imaginarse a quién», asegura Li Yihu, decano del Instituto de Investigación de Taiwan en la Universidad de Pekín y diputado del Parlamento chino. «Pekín podría sin duda beneficiarse. La participación de Washington en múltiples conflictos, incluida la guerra en curso en Irán, está tensionando sus fuerzas armadas», continúa.
En Pekín, los portavoces chinos continúan pidiendo el fin del conflicto en Oriente Próximo, advirtiendo sobre su impacto en la energía, el transporte marítimo y el comercio global. «La historia y la realidad han demostrado repetidamente que la fuerza no resuelve problemas y que el conflicto armado solo engendra más odio», dijo Lin Jian, portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores.
El ministro de Exteriores, Wang Yi, calificó el conflicto como una «guerra injusta» durante una llamada con Emmanuel Bonne, principal asesor diplomático del presidente francés Emmanuel Macron. Con excepción de Estados Unidos, Wang ha discutido el conflicto con todos los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU. «Debemos trabajar juntos para defender el derecho internacional e impedir que el mundo vuelva a la ley de la selva», declaró.
Este domingo, en la apertura de un foro económico en Pekín, el primer ministro Li Qiang lanzó otra crítica velada contra Washington en un alegato contra el proteccionismo: «Ahora, la política de poder actúa con impunidad; al mismo tiempo, los llamamientos a defender la equidad y la justicia se escuchan con más fuerza».
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