Los franceses reconstruyen ahora sus infancias compartidas en ‘Tiempos de ilusión’, una comedia dramática a vueltas con las heridas de la memoria Leer Los franceses reconstruyen ahora sus infancias compartidas en ‘Tiempos de ilusión’, una comedia dramática a vueltas con las heridas de la memoria Leer
Hay que estar muy desesperado para arrancar una entrevista, una reflexión, una broma o un simple lamento con una cita de Oscar Wilde. Pero la desesperación, de sobra es conocido, figura entre las principales motivaciones del ser humano. «Haría cualquier cosa por recuperar la juventud… excepto hacer ejercicio, madrugar o ser un miembro útil de la sociedad», escribió en un momento dado el autor de El retrato de Dorian Gray y los cineastas Olivier Nakache y Eric Toledano no solo están de acuerdo, sino que se lo han tomado al pie de la letra. Su desesperación, o casi, por la juventud perdida les ha llevado a Wilde y al cine, que, al fin y al cabo, es la forma más elegante de no levantarse temprano. «En verdad», comenta Toledano, «el problema es cumplir los 50 años. Todas nuestras películas nos traen recuerdos de nuestra infancia, pero al llegar al medio siglo, que es donde estamos los dos, todos esos recuerdos surgieron con la fuerza suficiente para plantearnos hacer una película con la memoria mezclada de los dos», dice, se toma una pausa y, para sorpresa de nadie, cita al irlandés otra vez: «Wilde diría que los viejos se lo creen todo, los adultos sospechan y los jóvenes lo saben todo… Nosotros llevamos tiempo sospechando».
Tiempos de ilusión, la última película de la pareja responsable de cataclismos como Intocable y divertimentos libres de prejuicios como Samba o Especiales, opta por la comedia grave y, tal como anuncia la mitad del equipo, inaugura un género en la historia del cine: la biografía compartida. Ambientada en 1985, la cinta fábula la vida de sus directores, dos vidas distintas aglutinadas por la ficción casi real en una sola. «Lo que hicimos básicamente es compartir recuerdos. Lo llevamos haciendo desde nos conocimos y parte de ellos aparecen en películas como Aquellos días felices, sobre el tiempo pasado en las colonias infantiles, o C’est la vie, donde contamos nuestra experiencia de camareros antes de ser cineastas. Ahora lo que hemos hecho es crear un frankenstein con fragmentos de la vida de Eric y trozos de la mía. Hay muchas más historias en común de lo que cabría imaginar. Rápidamente, nos dimos cuenta que nadie tiene una vida tan original como cree», dice ahora Olivier.
«¿Cómo es posible sentir nostalgia de los 80, la época del sida, las crisis, el paro, el terrorismo…?»
En verdad, hasta los orígenes ancestrales de uno y otro son coincidentes. O casi. Toledano tiene raíces judías en un familia procedente de Marruecos. Como sefardí que es, y al contrario que buena parte de los descendientes de exiliados de la dictadura franquista, hasta podría votar si se lo planteara en España. «Sí, creo que es así, pero mi relación con España se limita a las clases de español que recibí en el colegio», admite. Y Nakache comparte esa misma procedencia hebrea, pero desde un poco más allá en la costa mediterránea: Argelia. Los dos, eso sí, se han criado y crecido en Francia (Puteaux y Versalles), en la Francia que se ve en la película atravesada por las formas, las músicas, los anuncios, el funk, el new age y, admitámoslo, la grima de los 80.
«Pese a lo que pueda parecer, no hemos querido hacer una película nostálgica de aquella época. Lo que echamos de menos es la juventud, no ese tiempo histórico. ¿Cómo es posible sentir nostalgia de la época del sida, el paro, la crisis, el terrorismo..?», continúa Toledano para, acto seguido corregirse y hasta contradecirse un poco: «Lo que sí es cierto es que entonces la cultura era un lugar de encuentro. Todos veíamos las mismas películas y los mismos programas de televisión; todos escuchábamos la misma música… No digo que eso fuera necesariamente buenos, pero sí es cierto que la cultura celebraba lo que nos unía. Ahora, con las llamadas guerras culturales, con las redes sociales y con el efecto burbuja que lo domina todo y nos aísla, se diría que la cultura se nutre del odio, que cumple la función contraria que debería. Miro al rededor y veo que lo que se ha roto en Francia y Europa es precisamente eso, el sentido de comunidad y de sentido compartido». Es decir, que un poco de nostalgia del pasado sí que parece haber.
Tiempos de ilusión está narrada desde la mirada de un chaval de 13 años (Simon Boublil). Sus padres (Camille Cottin y Louis Garrel) viven en una especie de crisis eterna que les distancia casi tanto como les encadena uno al otro. Su hermano mayor, una figura idealizada, cumple la función de guía y promesa de futuro. Y no lejos, el primer amor. De por medio, temas tan clásicos y recurrentes como la identidad, la familia, el deseo y, por qué no, la función educativa de las cintas VHS con eso que algunos creíamos porno y, en verdad y comparado con Onlyfans, es menos que comedia romántica. «Es imposible no echar de menos la curiosidad, la emoción, esos momentos en la vida en los que todo parece nuevo, cuando vives con la ilusión de poder cambiar el mundo. Y aquí coincidimos todos», concluye Nakache y Wilde, desde la cama probablemente, le da la razón.
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