En París, las primeras 48 horas de la semana de la moda se han medido en minutos de retraso de Rihanna. Más de 60 el lunes en Matières Fécales; otros 50 al día siguiente en Dior. En el primero, la espera encerraba una ironía: una colección titulada The ninety-nine percent mantuvo parado al 99% del público hasta que llegó una invitada que pertenece, de manera bastante indiscutible, al 1%. Hannah Rose Dalton y Steven Raj Bhaskaran habían elegido la plaza de la República para continuar el argumento iniciado seis meses atrás, cuando caricaturizaron a The 1%, esa fauna de yates y privilegio para la que buena parte del lujo trabaja aunque finja hablarle a todo el mundo. Esta vez desfilaron 99 modelos racializados alrededor del monumento. El mensaje era literal, quizás demasiado, pero la imagen funcionaba: una de las plazas políticas de París convertida en pasarela y, fuera de las vallas, una multitud intentando ver.
Primeros días entre debuts, aniversarios y cambios en algunas de sus grandes casas
En París, las primeras 48 horas de la semana de la moda se han medido en minutos de retraso de Rihanna. Más de 60 el lunes en Matières Fécales; otros 50 al día siguiente en Dior. En el primero, la espera encerraba una ironía: una colección titulada The ninety-nine percent mantuvo parado al 99% del público hasta que llegó una invitada que pertenece, de manera bastante indiscutible, al 1%. Hannah Rose Dalton y Steven Raj Bhaskaran habían elegido la plaza de la República para continuar el argumento iniciado seis meses atrás, cuando caricaturizaron a The 1%, esa fauna de yates y privilegio para la que buena parte del lujo trabaja aunque finja hablarle a todo el mundo. Esta vez desfilaron 99 modelos racializados alrededor del monumento. El mensaje era literal, quizás demasiado, pero la imagen funcionaba: una de las plazas políticas de París convertida en pasarela y, fuera de las vallas, una multitud intentando ver.

El público esperaba bajo el calor impropio de finales de septiembre en una estructura levantada sobre uno de los estanques de las Tullerías el comienzo del desfile de Dior. Cuando empezó, Jonathan Anderson entregó la primera colección verdaderamente grande de esta semana. Parecía también la más ligera que ha hecho desde que llegó a la maison . El chifón y los plisados casi transparentes convivían con flores que parecían deshacerse sobre las chaquetas. El diseñador lleva 17 meses tratando de resolver una pregunta bastante ingrata: cómo introducir su rareza dentro de Dior sin convertir el archivo en un museo ni su trabajo en una recapitulación de citas. Dedicó el desfile a Mathilde Favier, durante décadas una de las figuras esenciales de la casa, fallecida este verano.
Drew Henry heredaba una casa que Nicolas Di Felice había colocado en el centro de la conversación
Bajo tres enormes lámparas, con la torre Eiffel detrás, desfilaron gabardinas y vestidos, además de sastrería y grandes piezas de noche en lamé, brocado, encaje o látex dorado. Era difícil no pensar en el Yves Saint Laurent de la opulencia absoluta, el del salón del InterContinental. Tanto como no tener presentes los rumores de despedida. Al final, Vaccarello atravesó la fila de ejecutivos de Kering, sacó del bolsillo un juego de llaves y se lo entregó a su hijo de cinco años antes de desaparecer. La firma explicó que se trataba de un amuleto, pero las notas de la colección avivaron el incendio: mencionaban una luz que brilla más precisamente porque sabemos que no puede retenerse. En moda una puerta puede cerrarse antes de que alguien admita que estaba abierta.

Ayer llegaron las lluvias y el debut de Drew Henry en Courrèges. El diseñador sudafricano, formado en Central Saint Martins y curtido en los estudios de Céline con Phoebe Philo, J.W. Anderson y, recientemente, Burberry, heredaba una casa que Nicolas Di Felice había logrado volver a colocar en el centro de la conversación. Henry recuperó algunos de los códigos reconocibles de la casa, incluido el vinilo, para desmontarlos desde la proporción, y aportó prendas que parecían haber encogido sobre el cuerpo, chaquetas demasiado pequeñas y volúmenes deliberadamente desplazados.

Después, Dries Van Noten complicó el día de la mejor forma. Julian Klausner había adelantado su propuesta con Vipère, un cartel de película protagonizado por una serpiente. En la pasarela, el veneno se infiltró en un guardarropa reconocible: polos de rayas, cárdigans grises, americanas y faldas rectas aparecían marcados por brotes de cristales, broches y pequeños bordados. Hubo vinilo azul junto a punto deportivo que mezclaban ornamento y facilidad sin convertir ninguna de las dos cosas en una ocasión especial. Klausner parece haber entendido una de las cosas más difíciles de heredar de Van Noten: que el exceso funciona mejor cuando se lleva como si no lo fuera.
Al cierre de esta crónica, Acne Studios se preparaba para celebrar 30 años en el Collège des Bernardins. “Quiero hacer lo siguiente”, decía Jonny Johansson. En París algunos se toman el pasado como material, no como
mausoleo.
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