La actriz capitaliza apenas 15 minutos de La bola negra en los que canta, baila y se hace con una de las frases más emblemáticas de la película, del festival y, apurando, de nuestro tiempo. Leer La actriz capitaliza apenas 15 minutos de La bola negra en los que canta, baila y se hace con una de las frases más emblemáticas de la película, del festival y, apurando, de nuestro tiempo. Leer
Penélope Cruz es de Cannes. Nació aquí, creció aquí, aquí dio sus primeros pasos, aquí abrió sus ojos al cine. Obviamente, todo lo anterior no es verdad, pero cuesta creerlo a juzgar por la familiaridad, cariño, entrega y hasta alevosía con la que es recibida a cada paso que da por la Croisette. Probablemente en Alcobendas también se la quiera lo mismo o más, pero ahora toca Cannes. Lo último que interpreta, y que no hace más que agigantar el tamaño de su mito, es la escena más comentada (o una de ellas) de La bola negra. Penélope se reconvierte en cupletista y el mundo, todo él, deja de girar. A medio camino entre la soltura de Macarena de La niña de tus ojos, el remango de Raimunda en Volver y sin renunciar al gesto trágico de Lena en Los abrazos rotos, la actriz española más internacional se rompe y rompe la propia pantalla. «Para mí, poder bailar y cantar otra vez es algo a lo que no puedo renunciar. Solo lo pude hacer en Nine, de Rob Marshall, cuando en verdad yo quería ser bailarina y, antes de ser actriz, llevaba toda la vida bailando», dice a modo de presentación, se toma un segundo y, ya en su papel en la cinta de Javier Calvo y Javier Ambrossi, continúa: «Además, lo definitivo es que mi personaje representa el sueño de libertad que ningún otro tiene en la película. Para aceptar un papel no mido si mis líneas son muchas o pocas, sino por su importancia y por lo que aportan al conjunto». Queda claro.
A ese personaje, además, le corresponde una de las frases de la película que ya se puede considerar emblema: «El travestismo es la fantasía de la posibilidad». ¿Algo que añadir? «Lo importante es que, aunque la película transcurra en el pasado, habla del presente. Y esa frase es una de las pruebas. Los Javis son jóvenes, pero tienen el alma vieja. Su inteligencia y humor va a conseguir que a las nuevas generaciones les llegue un mensaje que jamás habría sido posible de otro modo, ni con un libro de texto ni con una materia en clase. Y eso, a mi juicio, es definitivo», dice convertida en mesías de su nuevo credo. ¿Y con respecto a la relevancia de la frase de marras para lo que nos sucede aquí y ahora? «Hay una frase en la película que lo aclara perfectamente. Uno de los personajes dice: ‘Cuidado que aún nos acechan’. Pues exactamente eso. No hay que bajar la guardia». Queda claro.
Sea como sea, y volviendo al predicamento de Penélope Cruz como representante del cine español (en muchas ocasiones en solitario) fuera de España y de Alcobendas, la actriz con Oscar habla desde un Cannes con hasta tres películas españolas que, a su modo, han capitalizado la edición que nos ocupa en cada una de sus fases. Primero fueron Javier Bardem y Sorogoyen con El ser querido; luego Almodóvar convertido en clásico con su personalísima Amarga Navidad, y ahora, ya al final de todo, Los Javis transformados en hype mundial. «En el cine no hay garantías de nada», dice. «Lo que está pasando en Cannes no te asegura que luego las salas vayan a estar llenas, pero la imagen que transmite España es que las cosas se están haciendo bien y, por eso, estamos donde estamos. Además, yo noto como al cine español se le respeta. Y eso es así tanto fuera como dentro, pese a lo que algunos piensen. Sé que mucha gente cree que es fácil levantar una película, pero, en verdad, es casi un milagro. Mi experiencia personal es que cuando una película funciona, la gente lo celebra como si fuera un éxito suyo, que, en verdad, lo es. Desde que se anunció que iba a haber tres películas en Cannes, la gente me para por la calle para felicitarme como si fuera cosa mía. Y eso es mucha alegría».
Y llegados a este punto, Lorca. El cine español en su momento más celebrado internacionalmente al lado del más internacional de los poetas españoles. «Yo siempre he sido muy precoz. Me colé en el cine para ver Átame y, cuando era apenas una niña, entré en la escuela de Cristina Rota. Recuerdo que con 14 o 15 años, me pedían que eligiera dos personajes femeninos y yo elegí uno de Las criadas, de Jean Genet, y otro de Doña Rosita la soltera, de Lorca. Lorca no solo es un talento por la belleza que transmite, sino que, además, su obra es más actual que nunca. Mira lo que está haciendo Juan Diego Botto en Una noche sin luna. Qué puedo decir, simplemente amo a Lorca», afirma. ¿Y qué le parece la reivindicación de la homosexualidad de Lorca como parte fundamental de su obra? «Eso lo ha escondido quien no lo ha querido ver. Hay que mirar para otro lado para no darse cuenta al leer a Lorca».
Para el final queda el asunto, entre espinoso y solo médico, del falso anuncio de aneurisma que a punto estuvo de arruinar su trabajo en La bola negra. Días antes de rodar la escena, una prueba anunciaba la posibilidad de algo no normal en el cerebro de Penélope. ¿No fue demasiado arriesgado rodar la escena de todos modos? «Vamos a ver, hice mil preguntas al médico, le expliqué en que consistía lo que iba a rodar y todo el trabajo de cardio que significaba subir y bajar de un tanque. Pero no soy una inconsciente, él me dijo que sí podía. Lo que ocurre es que hasta que me hicieron otra prueba para descartar que no había nada, pasé unos días rarísimos. Se lo tenía que contar a alguien, se lo conté a los Javis y ellos me ofrecieron retrasarlo todo, pero no, preferí hacerlo… Sinceramente, no sabía si contarlo o no, para nada quiero hacerme la víctima o la heroína, pero imagino que contarlo puede ayudar a la gente que está en una situación similar«. Hubo final no solo feliz, sino algo más. Mucho más. Penélope Cruz acaba de nacer de nuevo –con permiso de Alcobendas– en Cannes.
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