P arece ayer cuando Pep Guardiola comenzó a construir el reloj perfecto del fútbol, un trabajo de precisión sin igual que ha transformado el juego como nunca se ha visto. Sí, tenía un rico bagaje como jugador y una curiosidad sin límites, animado por su apasionado carácter y el ideario de su maestro, Johan Cruyff. Podía esperarse de Pep una buena carrera, quizá excelente, como técnico. “Un entrenador en el campo”, se decía de él cuando dirigía la orquesta del Barça desde el medio campo.
P arece ayer cuando Pep Guardiola comenzó a construir el reloj perfecto del fútbol, un trabajo de precisión sin igual que ha transformado el juego como nunca se ha visto. Sí, tenía un rico bagaje como jugador y una curiosidad sin límites, animado por su apasionado carácter y el ideario de su maestro, Johan Cruyff. Podía esperarse de Pep una buena carrera, quizá excelente, como técnico. “Un entrenador en el campo”, se decía de él cuando dirigía la orquesta del Barça desde el medio campo.Seguir leyendo…
P arece ayer cuando Pep Guardiola comenzó a construir el reloj perfecto del fútbol, un trabajo de precisión sin igual que ha transformado el juego como nunca se ha visto. Sí, tenía un rico bagaje como jugador y una curiosidad sin límites, animado por su apasionado carácter y el ideario de su maestro, Johan Cruyff. Podía esperarse de Pep una buena carrera, quizá excelente, como técnico. “Un entrenador en el campo”, se decía de él cuando dirigía la orquesta del Barça desde el medio campo.
Tenía un pie exquisito y una cabeza privilegiada, suficiente para que cualquier aficionado comprendiera el tremendo valor de su posición, mediocentro. Guardiola fue el regidor que Cruyff utilizó para cambiar la vida al Barça y, por extensión, al fútbol español. Tanto tiempo después, se puede decir sin riesgo que Pep le ha cambiado la vida al fútbol mundial.
Después de diez temporadas memorables –seis títulos de Liga, una Copa de Europa, tres Copas de Inglaterra, cinco Copas Carabao, finales y semifinales por doquier, récords de goles y puntos que difícilmente se superarán, 70% de victorias en más de 1.000 partidos–, Guardiola abandona el Manchester City. Afirma que su hora en el club ha llegado. Siente el mismo agotamiento que consumió a Jurgen Klopp, su admirada némesis en el Borussia Dortmund y Liverpool.
“Yo era uno de esos hinchas del City que nunca ganaba cuatro partidos seguidos”, ha comentado Noel Gallagher, líder de Oasis, “hasta que Pep nos dio cuatro campeonatos consecutivos en la Premier League”. Sin embargo, no es tiempo de nostalgia todavía. La hinchada citizen despedirá hoy al entrenador que esta temporada ha logrado dos títulos (Copa inglesa y Copa Carabao) y ha perseguido al Arsenal hasta el último partido de la Premier, prueba irrefutable de la vigencia de Guardiola en un equipo radicalmente transformado en los últimos meses.

Atrás quedará su vínculo con una ciudad de viento y lluvia, adherida durante décadas a la hegemonía del Manchester United, presidida por la gigantesca figura de Alex Ferguson, un excepcional conductor, pero no un revolucionario. Ese papel lo ha cumplido Guardiola. Hay un fútbol anterior y posterior a Guardiola, en Inglaterra y en el resto del mapa. Su influencia se advierte en la élite y progresivamente en el resto de la pirámide futbolística, hasta llegar a la base infantil.
No juegan igual los porteros, ni los laterales, posición de menor prestigio durante décadas y ahora trascendental en todos los aspectos. Se hablaba del falso nueve antes de Pep, pero consagró la idea en el célebre 2-6 que el Barça infligió al Real Madrid en el Bernabéu. Desplazó a Eto’o a la derecha y trasladó a Messi a la indetectable posición que amargaba a las defensas tradicionales. Fue su primer año como entrenador del Barça, marcado por el éxito absoluto -seis títulos conquistados- y por un escepticismo inicial, característico en cada una de sus aventuras, primero en el Bayern, después en el City.
En el Barça era demasiado joven, no estaba probado, una solución descabellada para la enorme crisis del equipo. En la Bundesliga el desafío era doble: trasladar una nueva cultura al Bayern, club híper vigilante con los entrenadores, y confirmarla en el vértigo de la Bundesliga. Tres años, tres títulos sucesivos de Liga. La Premier League le esperaba con una condescendencia muy inglesa. “El fútbol inglés no está hecho para entrenadores como Guardiola”, era la opinión más extendida. Predominaba el morboso placer del futuro fracaso.
Diez años después, su huella en el fútbol inglés es monumental, como lo fue en el alemán y anteriormente el español (España ganó el Mundial 2010, Alemania lo consiguió en el 2014). Mientras tanto, Guardiola se enfrentaba a una paradoja. En el Barça construyó el reloj perfecto, escrutado, revisado y deconstruido en todas las cancillerías del fútbol mundial, de manera que Pep tenía que defender sus ideas y, a la vez, resolver el problema del éxito de sus propuestas, acogidas con entusiasmo por los rivales, por el fútbol en general. Está claro que de ese desgastador trabajo también sale ganador.
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