De los escándalos de Maine a la estrategia de Newsom y el ala radical neoyorquina. La izquierda estadounidense empieza a asumir que a Trump, el maestro de los populistas, sólo se le vence con sus propias armas Leer De los escándalos de Maine a la estrategia de Newsom y el ala radical neoyorquina. La izquierda estadounidense empieza a asumir que a Trump, el maestro de los populistas, sólo se le vence con sus propias armas Leer
Graham Platner es uno de los fenómenos políticos más extraños y reveladores de la actualidad. El pasado 11 de junio, ganó con claridad las primarias demócratas en Maine pese a una cascada de polémicas que, en circunstancias normales, habrían hundido a cualquier candidato al Senado. Ex marine y miembro de la Guardia Nacional, con varios despliegues en Irak y Afganistán, el ahora político trabajó como contratista de seguridad del Departamento de Estado antes de regresar a Maine y comprar una pequeña granja de ostras.
Cuando decidió dar el salto, se supo que varias ex parejas le han acusado de comportamientos abusivos, amenazas y actitudes intimidatorias. Él niega que hubiera nunca violencia física, y sólo reconoció haber sido «un mal compañero» en determinadas etapas de su vida por secuelas del servicio militar, como el estrés postraumático y el abuso del alcohol. Pero hay mucho más. En la campaña salieron a la luz mensajes sexuales enviados a varias mujeres mientras estaba casado, se han encontrado mensajes suyos en Reddit y otras plataformas muy ofensivos, sexualmente explícitos o impropios para un candidato a la Cámara Alta. El lunes, Platner canceló sus actos de campaña tras una denuncia de agresión sexual y, horas después, arrojó la toalla.
El elemento principal, al menos hasta esa denuncia, había sido un tatuaje de una calavera y huesos cruzados que sus críticos enlazan con la simbología de unidades nazis o grupos de extrema derecha. Platner ha dicho que nunca tuvo intención política, que nunca ha sido nazi o antisemita, y que, al ver que podía ser entendido erróneamente, optó por tapárselo. Pero fue un escándalo inmenso en una campaña gestionada de forma poco profesional.
El asunto es que Platner ganó. A pesar de todo. O quizá gracias a ello. La combinación de veterano de guerra y agricultor de ostras ha resultado ser una biografía muy atractiva en su estado, donde está considerado casi antisistema, cercano al populismo y la mejor opción para derrotar a la senadora republicana Susan Collins. Los rumores y denuncias, lejos de ahuyentar a los votantes, han provocado lo contrario.
El electorado (sin que se conociese la denuncia de agresión sexual y antes de que todas las figuras demócratas se lanzaran a exigir su renuncia) parecía haber interpretado las polémicas como elementos personales, una fisura del carácter más que algo que descalifique políticamente. En cierto modo, como grupos religiosos han aupado a Donald Trump, difícilmente un ejemplo de ética, moralidad o fe. Los analistas hablan de Platner como una mezcla entre Bernie Sanders y Trump: un candidato nuevo, con toques populares y populistas, muy poco convencional y durante mucho tiempo inmune a escándalos que habrían destruido a candidatos más tradicionales. El político del futuro. El político del presente.
El gran debate en Estados Unidos ahora mismo, tras una década de trumpismo, es si sólo un populista puede ganar al maestro de los populistas. Y si solamente los extremos tienen opciones en una política polarizada que premia la radicalidad. No se trata de igualar, equiparar o comparar extremos cuando uno está ahora mismo destruyendo las instituciones, sino de una cuestión de términos relativos más que absolutos. Porque el mantra entre los jefes de campaña, en el lado demócrata, es que, aunque la pulsión, la fuerza y la iniciativa parecen claramente estar en la izquierda de la izquierda, los votos en teoría siguen estando en el centro. Pero los votantes, especialmente los más jóvenes y urbanos, van en dirección opuesta. Una parte creciente está deseando un Tea Party de izquierdas, desacomplejado y combativo. Que juegue igual de duro, o de sucio, que sus rivales.
El debate es doblemente interesante porque el populismo imperante, que recorre América, Europa, África o Asia, abarca tanto el fondo como las formas. En la era del scroll infinito, la mayor commodity es la atención. Y para eso hacen falta políticos nada convencionales, capaces de marcar y dominar la agenda mediática, conectar emocionalmente con los votantes y romper las reglas del discurso político. Expertos en redes sociales, en boutades. En lo que dicen y cómo lo dicen.
Tras la victoria de Donald Trump, el primer demócrata en dar claramente un paso como posible candidato para las presidenciales de 2028 fue el saliente gobernador de California, Gavin Newsom, alguien plagado de escándalos personales, infidelidades y líos. Aunque no ha formalizado su candidatura ni tiene todavía plataforma, ha hecho dos cosas fundamentales. La primera, cortejar a los varones jóvenes y blancos, el grupo que en 2024 pareció lanzarse a los brazos de Trump. Lo hizo alejándose de políticas identitarias y lanzando un podcast al que invitó a figuras polémicas de la manosfera, como el después asesinado Charlie Kirk. Su explicación es que si su propio hijo, en un hogar claramente progresista, era fan de Kirk, algo se está haciendo mal entre los demócratas.
Pero el segundo elemento, más llamativo, está en las formas. Para conseguir atención, acaparar titulares y buscar el choque con Trump, el gobernador Newsom empezó a imitar en X el estilo del presidente. Sus mayúsculas, las burlas, los insultos. Era una parodia, pero que en el fondo parecía revelar la creencia de que en el mundo de 2026 sólo puedes competir contra un populista usando sus métodos, su estilo, su lenguaje.
Para entender la profundidad de la grieta hace falta pensar en Alexandria Ocasio-Cortez y en Zohran Mamdani. La primera es una de las opciones claras de los demócratas para 2028. Asusta al establishment porque está, como el senador Bernie Sanders, a la izquierda del todo, en el socialismo a la estadounidense. Lleva meses viajando por el país, probando las aguas, viendo cómo respiran los estadounidenses. Demostrando que la iniciativa y la fuerza están efectivamente sólo en ese extremo, un mix de una socialdemocracia europea en gran parte de su programa, pero con marcados dejes identitarios y alma woke.
El segundo ejemplo es Mamdani, que no puede ser presidente porque no nació en Estados Unidos, pero que está demostrando como alcalde de Nueva York que hay, al menos en la gran ciudad, apetito por políticas que provocan sarpullidos al establishment del partido. El mes pasado, tres candidatos al Congreso apoyados por él se impusieron a los favoritos de toda la vida, a diputados nacionales consagrados con discursos contra el ICE, la Policía y contra Israel, muy centrados en la identidad y el género. Con toques populistas más allá de las políticas redistributivas, centrados mucho más en el mensaje que en el fondo.
Darializa Avila Chevalier, una de las figuras emergentes, se ha hecho famosa por mandar «a tomar por culo» a Kamala Harris, decir que Joe Biden era un «violador», abogar por la nacionalización de los medios de producción, culpar a Occidente de la invasión rusa de Ucrania, relativizar los brutales atentados de Hamás el 7 de octubre o decir que usaría la bandera estadounidense para limpiarse las manos. Con eso, machacó al veterano hispano Adriano Espaillat en las primarias.
Tras las victorias de Trump en 2016 y 2024, Mamdani y los Socialistas Democráticos de América sostuvieron que el Partido Demócrata necesitaba candidatos con más ideología, un estilo más combativo y perfiles menos tecnocráticos y menos temerosos del choque, y refugiados en un centro como el que representan grandes oradores como Pete Buttigieg que, quizás, ya no existe. Trump impone un ritmo agresivo y un conflicto permanente, mientras que el Partido Demócrata sigue funcionando como una organización basada en consensos y procedimientos. Buscando votantes debajo de las farolas como el borracho busca sus llaves, suspirando porque ahí es donde hay luz, a pesar de que las perdió en otras partes.
Se ha sabido recientemente que Kamala Harris, que en su momento no quiso apoyar a Mamdani o lo hizo con la boca pequeña porque lo consideraba demasiado peligroso por ‘rojo’, está ahora en contacto constante con él. Lo mismo, Newsom. Robert Reich, que fue ministro con Clinton y asesor de Obama, lo plantea en términos directos: «El populismo regresivo de Trump, cruel, intolerante y tiránico, debe ser contrarrestado por un populismo progresista audaz que fortalezca la democracia y distribuya la riqueza». Un informe del verano pasado del Centro para la Política de la Clase Trabajadora (CWCP) y la revista Jacobin sostenía que el electorado obrero no está fuera del alcance de la izquierda, pero sólo si los demócratas «están dispuestos a liderar con populismo económico».
«Los trabajadores han apoyado durante mucho tiempo -y aún lo apoyan mayoritariamente- una agenda económica progresista y audaz. Si los demócratas situaran estas políticas de forma consistente en el centro de su plataforma, no solo podrían mejorar las condiciones en las comunidades obreras, sino también comenzar a reconstruir la confianza con los votantes que más necesitan», afirmaban.
Todos notan que los aires han cambiado y que 2028 se aventura como un enfrentamiento entre los polos. Trump es el primero en haberlo percibido, y por eso sus discursos del 3 y del 4 de julio, en el Monte Rushmore y en el National Mall de Washington, celebrando el 250º aniversario del país, estuvieron centrados en el «comunismo», el «temor rojo» y el socialismo como una amenaza mayor para Estados Unidos y su identidad que el nazismo o el 11-S. El presidente lo tiene claro: será una lucha entre los que él llama comunistas y los que dicen que él y los suyos son unos fascistas.
El pasado noviembre, el presidente recibió al alcalde electo de Nueva York en el Despacho Oval, una cita muy esperada porque ambos habían intercambiado ataques muy duros durante la campaña. Mamdani había llamado a Trump «fascista» y «déspota». El republicano lo tildaba de «comunista» y «peligroso». Pero la comparecencia conjunta fue sorprendentemente amigable, sin tensiones. Al revés. Un periodista preguntó al socialista si seguía manteniendo que Trump era un fascista y, cuando el alcalde, apurado, empezó a responder de forma matizada, Trump intervino sonriendo: «Está bien, puedes simplemente decir que sí. Es más fácil que explicarlo. No me importa. Me han llamado cosas mucho peores que déspota«.
Esta era polarizada, agresiva y acelerada ha sido bautizada por el politólogo Robert Pape como «la era del populismo violento». Quizá no se trata sólo de que «todo se desmorona; el centro no puede sostenerse», como dicen los famosos versos de W. B. Yeats en La segunda venida. Sino de que eso ocurre porque, cuando se imponen el caos, el ruido y la violencia, «los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores rebosan de una apasionada intensidad».
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