Análisis de las tendencias mundiales que, tarde o temprano, afectarán a su bolsillo. Leer Análisis de las tendencias mundiales que, tarde o temprano, afectarán a su bolsillo. Leer
Con su actuación en la Super Bowl, Bad Bunny ha provocado a Donald Trump uno de sus habituales ataques de histeria online. Pero, más que al presidente de EEUU, el cantante puertorriqueño tiene que temer a dos jamaicanos: Wycliffe (alias Steely) Johnson, y Cleveland (Clevie) Browne. Ambos afirman haber creado en 1989 el ritmo conocido como Poco o Poco Man Jam que, una década después, fue usado por músicos puertorriqueños para crear el reguetón. Steely & Clevie han demandado a más de 160 artistas, incluyendo Bad Bunny, Luis Fonsi, Pitbull o Karol G, por 1.800 canciones que, dicen, usan su ritmo o variaciones de este sin permiso. En las próximas semanas, la Justicia de Estados Unidos decidirá si el caso va a juicio. Una victoria de Steely & Clevie les daría cientos de millones en compensación y sentaría un precedente en la era de la música producida por Inteligencia Artificial (IA), que toma ritmos y melodías y luego los modifica.
El viernes 6 de febrero quedó claro que el día a día de la guerra de Ucrania depende en buena medida de una sola persona: Elon Musk. Ese día, los soldados ucranianos en el frente detectaron un desplome de la actividad militar rusa. ¿La razón? Musk había decidido, a petición de Kiev, desactivar los terminales de su servicio de comunicación por satélite Starlink que no estaban registrados en la empresa. Rusia tiene decenas de miles de esos terminales en Ucrania, pero los ha adquirido de contrabando, ya que EEUU ha prohibido su exportación a ese país. Starlink ha sido clave en la guerra. Primero, Musk dio el servicio gratis a Ucrania en 2022. Y pocos meses después se lo quitó cuando Kiev iba a atacar a la flota rusa. Ahora, Moscú deberá construir redes de fibra óptica, o recurrir a otros proveedores menos fiables y más caros aunque, dada la volatilidad (¿inestabilidad?) de Musk, nadie sabe si va a mantener la prohibición o no.
Mientras los Gobiernos de la UE hablan este fin de semana en la Conferencia de Múnich de la autonomía estratégica respecto a EEUU sus actos van justo en dirección contraria. Francia ha dado un gran ejemplo de ello al bloquear la venta de la división de antenas de la empresa de satélites Eutelsat al fondo de private equity sueco EQT. La razón es, como ha declarado orgullosamente el ministro galo de Finanzas, Roland Lescure, que «es el único competidor europeo de Starlink [la empresa de Elon Musk que monopoliza el sector a nivel mundial]. Claramente es un activo estratégico. Así que dije que no». La contradicción es obvia porque, si Eutelsat es «el único competidor europeo», ¿por qué no puede tener las antenas Suecia, que está en la UE y en la OTAN? A este paso, la misma obsesión con la soberanía nacional que ha impedido que la UE tenga un sistema bancario unificado va a impedir que su industria de defensa se consolide.
Marte es tan… 2025. En 2026, lo que se lleva es la Luna, adonde la empresa de cohetes de Jeff Bezos, Blue Origin, va a enviar, probablemente el mes que viene, una nave no tripulada. Y SpaceX, el líder mundial en viajes espaciales acaba de renunciar a su objetivo de poner a seres humanos en Marte para conformarse con la Luna. La razón no es el pique entre Elon Musk, el dueño de SpaceX, y Bezos, sino la Bolsa. Ir a la Luna es mucho más barato que a Marte. Y, con SpaceX preparando su OPV para este año, Musk tiene que rebajar sus delirios de grandeza. También tienen que enfriar sus sueños de hacerse superricos los pequeños inversores que entraron en el capital de SpaceX a través de vehículos de inversión que venden a particulares acciones de empresas no cotizadas a unos precios exorbitantes y con unas comisiones que no son de este mundo. Esos inversores se están encontrando con que malamente van a recuperar su inversión con la OPV. Y todo por jugar a ser hedge funds.
Cerca de 1,7 billones de euros en criptomonedas han desaparecido de la economía mundial en cinco meses, con la mayor parte de las pérdidas concentradas desde que el 30 de enero Donald Trump (un gran defensor de estos criptoactivos) nominó a Kevin Warsh a la presidencia de la Reserva Federal. Esos activos han perdido nada menos que el 45% de su valor total, y nadie se ha enterado (salvo los pocos que invierten masivamente en ellos). La razón es que, al menos por ahora, las cripto son irrelevantes a nivel sistémico, por más que políticos y periodistas hablemos de ellas sin parar. El valor total de las criptodivisas es hoy de unos 2 billones de euros, de los que 1,2 billones los concentra el bitcoin. Estas cifras palidecen frente a los 122 billones de euros de la renta fija global o los 107 billones de la variable. Hasta la fecha se han creado más de 50 millones de criptodivisas en sus diferentes manifestaciones pero solo una veintena tienen cierto valor.
Una idea que popularizó Trump y todo Occidente acepta es que, si se fijan aranceles a productos chinos, las empresas de este país tendrán que invertir en los mercados a los que venden, preservando así la base industrial y el empleo de esos territorios. Brillante, ¿verdad? Pues… a lo mejor no. Porque, a veces, las empresas chinas pulverizan desde dentro a la competencia autóctona. Un ejemplo: Fuyao, que en 2014 compró a General Motors (GM), una planta de fabricación de ventanillas de coches recién clausurada en Ohio, está a punto de liquidar a la competencia. Lo mismo podría ocurrir en la fabricación de paneles solares, hilos de cobre y baterías. Hace cuatro décadas, otro proteccionista disfrazado de liberal, Ronald Reagan, obligó a los fabricantes japoneses de coches a producir en Estados Unidos. Desde entonces, la cuota de mercado de las empresas de automoción de capital estadounidense se ha hundido a la mitad, del 75% en 1985 al 37% en 2025.
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