La pregunta se puede formular de otro modo: ¿Es un ordenador capaz de replicar memorias, olfato y vivencias? Según avanza el debate, parece obvio que la industrialización no es capaz de imitar a la artesanía Leer La pregunta se puede formular de otro modo: ¿Es un ordenador capaz de replicar memorias, olfato y vivencias? Según avanza el debate, parece obvio que la industrialización no es capaz de imitar a la artesanía Leer
Audio generado con IA
Se lamentaba hace unos días Enrique Dans en su página web de una acusación cada vez más pertinaz: algunos lectores le achacan, como a tantos otros autores, el vicio de recurrir a la IA para elaborar sus artículos. Dans se hacía eco a su vez de un texto firmado en uno de los medios nacionales de mayor tirada donde se explica que, para evitar la sospecha, lo ideal es introducir pequeñas erratas, deslices sin importancia que, no obstante, acrediten el carácter imperfecto y por ende humano del escribiente.
No hay que engañarse: las versiones generalistas y de pago de los mejores LLM permiten a todo tipo de profesionales mejorar sus flujos de trabajo. Al final, el avance se traduce en velocidad y la velocidad, aplicaba al ámbito laboral, significa mayor tiempo libre, o más horas invertidas en otros clientes y, en consecuencia, más dinero.
En esa línea explica Dans su metodología: «Sí, uso inteligencia artificial, y mucho, pero no para escribir. La uso para documentarme mejor, para encontrar fuentes que antes me habría costado más tiempo localizar, para que agentes configurados por mí y bajo mis instrucciones busquen artículos que puedan ampliar o contrastar lo que estoy pensando. La uso para revisar ortografía y gramática. La uso, en ocasiones, para que otro agente, entrenado con mis propios artículos, me sugiera pequeños ajustes de estructura o me señale puntos débiles, basándose en la comparación con mis artículos más exitosos o con más lecturas. A veces, incluso, al terminar un texto, se lo copio a un agente que lo critica y me dice qué ángulos no he considerado. Después leo esa crítica y, si me parece pertinente, escribo un párrafo adicional, matizo una idea o refuerzo un argumento».
El matiz parece obvio. Entrenar a un agente para crear una suerte de avatar divulgador es tan fácil como pagar la versión Plus de ChatGPT y alimentar a la máquina con artículos previos del individuo en cuestión. Hacerlo, no obstante, equivale a dejar de ejercitar un músculo, un boleto a medio plazo para perder frescura y reflejos y convertirse, como tantos otros con menos habilidades comunicativas, en un producto estandarizado. La IA es cada vez más AGI (o ágil), pero carece de la chispa, de la listeza que permite a alguien con 10.000 textos a cuestas discernir el giro seductor del recurso manido.
Puede concretarse esta distinción recurriendo a ¿Quién Mató a Palomino Molero?, la novela negra publicada por Mario Vargas Llosa en 1986. El Nobel peruano recurre aquí a un lenguaje difícilmente replicable, cargado de localismos que una IA puede aprender pero a duras penas colocar, y también se perderían los matices descriptivos, la sutileza, sencillez y eficacia con que se plasman los rasgos del curtido teniente Silva, el temeroso subordinado Lituma, la desconcertante hija del coronel Mindreau o la turgente doña Adriana. Peor aún lo tendría la versión Plus de ChatGPT ante la colosal tarea de preparar una obra remotamente parecida a La Montaña Mágica, de otro Nobel, Thomas Mann, cuya genialidad para recrear escenas es tan elevada como la densidad que otorga a algunos de sus personajes (el humanista Settembrini y el jesuita Naphta).
La IA puede recombinar patrones estilísticos, pero no posee biografía profesional ni memoria emocional acumulada del oficio. Un reportero que ha pasado años entrevistando a empresarios, políticos, celebridades o víctimas de conflictos desarrolla un olfato que no se puede automatizar. Ocurre algo parecido con la consciencia humana, que Silicon Valley pretende replicar para alcanzar la cumbre de la inteligencia artificial general, aunque el propio Dans, expertos en ética tecnológica como Juan Ignacio Rouyet y emprendedores como David Villalón (Maisa) o Álvaro Martínez-Higes ponen en duda semejante ambición. La pregunta se la hace en voz alta nada menos que el astrofísico Neil DeGrasse: «Si ignoramos qué es la consciencia e incluso a dónde va cuando morimos, ¿cómo demonios vamos a ser capaces de replicarla en un ordenador?». Esa es también la base de cualquier tribu de escritores frente a la industrialización de la prosa y la información. Sin necesidad de recurrir a una ortografía defectuosa, para reivindicar lo auténtico basta con hacer lo de siempre: escribir a dos manos a partir de lo vivido y leído.
Actualidad Económica // elmundo
