En el 2004, tras retirarse del torneo de Estoril, Rafael Nadal pidió consulta a los médicos. Le dolía terriblemente el pie izquierdo.
La estadounidense se sometió este lunes a una doble cirugía en el fémur de la pierna izquierda; según el escueto diagnóstico médico, se halla “estable y estabilizada”
En el 2004, tras retirarse del torneo de Estoril, Rafael Nadal pidió consulta a los médicos. Le dolía terriblemente el pie izquierdo.
El diagnóstico fue demoledor. Nadal sufría el síndrome de Müller-Weiss, dolencia crónica que se agrava con el tiempo pues actúa sobre los huesos y es incurable y degenerativa.
–Tu carrera deportiva es imposible. El escafoides se irá deshaciendo. No sabemos si podrás seguir compitiendo como tenista profesional –le dijeron.
¡Vaya por Dios!
A un tipo como Nadal no se le dicen estas cosas.
Veinte años más tarde, el manacorí había acumulado 22 títulos del Grand Slam y ahí seguía, buscando el novamás , mientras centenares de analistas y miles de aficionados, estos también desafortunados, voceaban:
–¿No debería haberse retirado antes?
Cierto, para entonces, Nadal estaba ya desconfigurado. Su tenis había perdido el aura, el cuerpo había perdido estabilidad y sus posibilidades eran una quimera. Sin embargo, la industria, los medios y su propio espíritu le decían: “Show must go on!” .
Y así es como el cronista desemboca en esta conclusión: si Nadal no fuera Nadal y se hubiera retirado en el 2004, cuando los médicos le daban por vencido, el hombre, uno de los deportistas más importantes de la historia, no habría logrado nada de lo que conseguiría.
Si Vonn no fuera Vonn y hubiera renunciado a estos Juegos, no sería la personalidad que hoy conocemos
Este lunes, en Treviso, los médicos le han practicado una doble cirugía a Lindsey Vonn (41).
Había que estabilizarle la maltrecha pierna izquierda, rota por varias partes, incluido el fémur, definitivamente destrozada tras su terrible accidente del domingo, cuando se estrelló en el descenso de Cortina d’Ampezzo.
El accidente ha generado debates en la opinión pública.
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Llevamos días hablando de esto: Vonn, leyenda del esquí alpino con 84 victorias de la Copa del Mundo y un oro olímpico en descenso (Vancouver 2010), había vuelto a escena tras cinco años fuera del foco, lastrada por un abanico de lesiones en el codo, el hombro o la rodilla derecha (hoy, esa rodilla ha sido sustituida por una prótesis de titanio).
Una semana antes de los Juegos de Milano-Cortina, Vonn se había estrellado en Crans Montana y se había roto el ligamento cruzado anterior y parte del menisco de la rodilla izquierda.
–¿Competirá? –se le preguntaba en estos últimos días.
–La rodilla está estable y los médicos me han dado el OK –contestaba ella.
Y para reforzarse, colgaba vídeos en las redes: la veíamos practicando sentadillas y vertiginosos descensos en la misma Cortina.
Su descenso, el domingo, duró once segundos. Lanzada a 90 km/h, tocó con una puerta, cayó revirando en el aire y, entre los montes nevados, la parroquia escuchó sus gritos de dolor.
A la espera del diagnóstico exacto, augures y tertulianos se preguntan: “¿Valió la pena?”.
Como ocurre en el caso de Nadal, este analista defiende la decisión de Lindsey Vonn, una decisión que tomó ella misma pues solo le atañe a ella: si Vonn no fuera Vonn y se hubiera retirado hace años y hubiera renunciado a estos Juegos, no habría logrado nada de lo que ha conseguido y el mundo del esquí alpino –ese que hoy se frota las manos pues se ve en el centro del mundo– la estaría echando de menos.
Show must go on!
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