Algo olía a podrido en Cornellà cuando a las primeras de cambio el público abucheó el himno de Egipto, una república con la que mantenemos relaciones cordiales. Y aunque una noche mala la tiene cualquiera, el espectáculo terminó por cubrirnos de vergüenza a muchos ciudadanos –podría decir barceloneses, catalanes y españoles–, indignados con semejante expresión de españolidad tóxica. No fue un tiro en el pie, fue una ráfaga de disparos, de los pies a la cabeza.
Algo olía a podrido en Cornellà cuando a las primeras de cambio el público abucheó el himno de Egipto, una república con la que mantenemos relaciones cordiales. Y aunque una noche mala la tiene cualquiera, el espectáculo terminó por cubrirnos de vergüenza a muchos ciudadanos –podría decir barceloneses, catalanes y españoles–, indignados con semejante expresión de españolidad tóxica. No fue un tiro en el pie, fue una ráfaga de disparos, de los pies a la cabeza.Seguir leyendo…
Algo olía a podrido en Cornellà cuando a las primeras de cambio el público abucheó el himno de Egipto, una república con la que mantenemos relaciones cordiales. Y aunque una noche mala la tiene cualquiera, el espectáculo terminó por cubrirnos de vergüenza a muchos ciudadanos –podría decir barceloneses, catalanes y españoles–, indignados con semejante expresión de españolidad tóxica. No fue un tiro en el pie, fue una ráfaga de disparos, de los pies a la cabeza.
Todo salió mal, dentro y fuera del terreno de juego. Nos guste o no, existe una España xenófoba –y una Catalunya, ver la alcaldesa de Ripoll–, pero no con las suecas, los groenlandeses o los malayos, sino con ciertos musulmanes: magrebíes y pobres. No ayuda que algunos de los delincuentes habituales en las calles de Barcelona sean magrebíes, pero una sociedad debería tener el suficiente criterio para no estigmatizar a todos por una minoría, a la que bastaría con aplicar las leyes (muchas leyes, mucha norma, mucha monitorización y protocolo, pero después sin los medios materiales indispensables para hacerlas cumplir).
Noche xenófoba y muy, muy clasista: no ven a Lamine como musulmán porque es rico, joven y, si mucho me apuran, guapo
Dudo que lo acontecido anteanoche escape a una maniobra premeditada de quienes empezaron a corear eso de “bote, bote, musulmán el que no bote”. Y quiero creer –sin base empírica alguna– que los miles de espectadores que se sumaron a la fiesta lo hicieron por mimetismo. Las masas son así, entre borregas y oportunistas. Se apuntan raudas a las fiestas. No se trata de investigar a todo el público que botó porque aquí se persiguen los llamados “delitos de incitación al odio”, no el odio en sí mismo, un sentimiento lamentable pero de libre albedrío.
A todo esto, mil disculpas y un cariñoso abrazo a los egipcios y las egipcias pese a que –aunque cueste creerlo– esta fiesta no iba con ellos. Como tampoco iba con Lamine Yamal porque los mismos que coreaban “musulmán el que no bote” no ven a la estrella de España como un moro –y por tanto, un muerto de hambre–, sino como un futbolista joven, rico y, si mucho me apuran, incluso guapísimo. Es racismo, pero se llama clasismo.
La lista de damnificados es grande: el RCD Espanyol, la RFEF, TVE –condenaron unos gritos sin informar de ellos–, la aspiración de Barcelona de albergar la final del Mundial 2030… Nos queda un consuelo: los mismos que durante finales y finales de la Copa del Rey veían gracioso y legítimo abuchear el himno de España han venido al terreno de quienes sosteníamos, Cruyff incluido, que los himnos se respetan. ¡Bienvenidos!
Noche lamentable que ofreció la peor cara de España (y de la roja , aunque fuese lo de menos).
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