Estábamos avisados. El viejo Maracaná, estadio mítico entre míticos, fue restaurado y elitizado con motivo del Mundial 2014 disputado en Brasil. Con el pretexto de una supuesta modernización fueron expulsados para siempre decenas de miles de geraldinos , llamados así porque eran quienes ocupaban La Geral , la amplísima grada a pie de campo a precios baratísimos donde se ubicaban las clases populares de Río de Janeiro. El fútbol dejaba de abrazar a quienes menos tenían (la grada era un espectáculo, un crisol heterogéneo de gente donde cabía y valía casi todo) para lanzarse a los brazos del negocio.
Estábamos avisados. El viejo Maracaná, estadio mítico entre míticos, fue restaurado y elitizado con motivo del Mundial 2014 disputado en Brasil. Con el pretexto de una supuesta modernización fueron expulsados para siempre decenas de miles de geraldinos , llamados así porque eran quienes ocupaban La Geral , la amplísima grada a pie de campo a precios baratísimos donde se ubicaban las clases populares de Río de Janeiro. El fútbol dejaba de abrazar a quienes menos tenían (la grada era un espectáculo, un crisol heterogéneo de gente donde cabía y valía casi todo) para lanzarse a los brazos del negocio.Seguir leyendo…
Estábamos avisados. El viejo Maracaná, estadio mítico entre míticos, fue restaurado y elitizado con motivo del Mundial 2014 disputado en Brasil. Con el pretexto de una supuesta modernización fueron expulsados para siempre decenas de miles de geraldinos , llamados así porque eran quienes ocupaban La Geral , la amplísima grada a pie de campo a precios baratísimos donde se ubicaban las clases populares de Río de Janeiro. El fútbol dejaba de abrazar a quienes menos tenían (la grada era un espectáculo, un crisol heterogéneo de gente donde cabía y valía casi todo) para lanzarse a los brazos del negocio.
El paso era seguramente inevitable, la industria del balón mueve billones y no es cuestión de desaprovecharlos, pero hay maneras y maneras de adaptarlo.
El FC Barcelona, por ejemplo, ha optado por zampárselo todo, espinas incluidas. Amparado por una situación económica que lo justifica todo, incluidos parques de atracciones infantiles indoor, la actual directiva ya decidió modificar el primer proyecto del Spotify Camp Nou, que incluía un anillo con 3.500 asientos vip entre la primera y la segunda gradería, por otro distinto con un doble anillo que alcanza los 9.500 entre la segunda y la tercera, lo que elevaba la tercera, el gallinero de toda la vida, 15 metros más. La inyección económica será extraordinaria y hay que devolver el dineral prestado por los inversores (1.500 millones de euros, sin contra el Palau), así que caer en la tentación hasta parece comprensible.

No lo es, sin embargo, lo que está sucediendo con el resto de entradas. Y ahí el margen de maniobra del club es total. Dejando a parte los socios abonados (las cuotas a pagar, teniendo en cuenta todos los partidos que entran, son muy razonables), la posibilidad de ir al Camp Nou (gallinero incluido) se están reduciendo radicalmente. Supongamos un padre de Nou Barris que quiere ir al fútbol con su hija al Barça-Getafe. Ahora mismo una entrada en uno de los Laterales cuesta 430 euros, así que dos son 860. Del clásico no hablamos, porque la más barata sube a 649.
Es obvio que la industria del fútbol, como la de la música de masas (el concierto de Oasis en Barcelona es para refrescar la memoria a los riquísimos hermanos Gallagher: ‘chavales, que de pequeños compartíais habitación en una vivienda de protección oficial’), son los grandes entretenimientos de nuestro tiempo. Pero destinar, qué se yo, un 20 por ciento del aforo a la clase media (¿hay alguien ahí?) o baja no debería ser motivo para escribir un artículo. La música y el fútbol, por definición, son expresiones populares. No se pueden secuestrar.
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