Ganar títulos en octubre es imposible y se nos fue la cabeza a todos un poco. Suele pasar en el fútbol, terreno movedizo que permite celebraciones y decepciones dos veces por semana. El clásico más deseado por el barcelonismo acabó en baño de realidad condicionado por la precuela de París, un extraño harakiri culé en el que demasiada gente alrededor del equipo le ofreció en sacrificio con un incomprensible “si no ganamos, al PSG no pasa nada”. Mentira. El conformismo provoca alergia en los equipos campeones, y si el Barça de Flick pretende serlo, debe plantearse ganar todos los partidos, en especial los que miden si el ascenso de jerarquía en Europa es real o no. El Madrid de Mourinho, entrenador que recuperó crédito en el Camp Nou contra todo pronóstico, disputó un partido de Champions. El Barça tuvo sus opciones pero no fue del todo él. Lo mismo que sucedió en París. El equipo que presionaba la salida del balón en campo contrario montando emboscadas en cada esquina duró diez minutos. El resto del partido, el dominio se lo repartieron los dos equipos, y eso es novedad porque normalmente el ejército de Lamine, ante el Madrid muy desdibujado por cierto, suele encoger a sus adversarios. No lo logró esta vez ni por asomo.
Ganar títulos en octubre es imposible y se nos fue la cabeza a todos un poco. Suele pasar en el fútbol, terreno movedizo que permite celebraciones y decepciones dos veces por semana. El clásico más deseado por el barcelonismo acabó en baño de realidad condicionado por la precuela de París, un extraño harakiri culé en el que demasiada gente alrededor del equipo le ofreció en sacrificio con un incomprensible “si no ganamos, al PSG no pasa nada”. Mentira. El conformismo provoca alergia en los equipos campeones, y si el Barça de Flick pretende serlo, debe plantearse ganar todos los partidos, en especial los que miden si el ascenso de jerarquía en Europa es real o no. El Madrid de Mourinho, entrenador que recuperó crédito en el Camp Nou contra todo pronóstico, disputó un partido de Champions. El Barça tuvo sus opciones pero no fue del todo él. Lo mismo que sucedió en París. El equipo que presionaba la salida del balón en campo contrario montando emboscadas en cada esquina duró diez minutos. El resto del partido, el dominio se lo repartieron los dos equipos, y eso es novedad porque normalmente el ejército de Lamine, ante el Madrid muy desdibujado por cierto, suele encoger a sus adversarios. No lo logró esta vez ni por asomo.Seguir leyendo…
Ganar títulos en octubre es imposible y se nos fue la cabeza a todos un poco. Suele pasar en el fútbol, terreno movedizo que permite celebraciones y decepciones dos veces por semana. El clásico más deseado por el barcelonismo acabó en baño de realidad condicionado por la precuela de París, un extraño harakiri culé en el que demasiada gente alrededor del equipo le ofreció en sacrificio con un incomprensible “si no ganamos, al PSG no pasa nada”. Mentira. El conformismo provoca alergia en los equipos campeones, y si el Barça de Flick pretende serlo, debe plantearse ganar todos los partidos, en especial los que miden si el ascenso de jerarquía en Europa es real o no. El Madrid de Mourinho, entrenador que recuperó crédito en el Camp Nou contra todo pronóstico, disputó un partido de Champions. El Barça tuvo sus opciones pero no fue del todo él. Lo mismo que sucedió en París. El equipo que presionaba la salida del balón en campo contrario montando emboscadas en cada esquina duró diez minutos. El resto del partido, el dominio se lo repartieron los dos equipos, y eso es novedad porque normalmente el ejército de Lamine, ante el Madrid muy desdibujado por cierto, suele encoger a sus adversarios. No lo logró esta vez ni por asomo.
A Mourinho le dio un ataque de generosidad con el espectáculo y alineó juntos por sorpresa a Güler y Bernardo Silva, apostando antes por el pie que por la fibra, novedad en su caso que hizo presumir un partido de mayor intercambio de posesiones de lo esperado. Y así fue. El Madrid se parapetó bien y supo qué hacer con la pelota y el Barça, que nunca abandonó la lucha ni la excitación (quizás demasiada), no fue capaz de evitar la sensación de que el Madrid era todo el rato peligroso, en especial por los desmarques que en especial Mbappé iniciaba justo antes de la línea del centro del campo para evitar caer en fuera de juego.

Mourinho y su equipo recuperan el crédito en el Camp Nou contra todo pronóstico
Señalar a Cubarsí y Gerard Martín por la derrota sería una injusticia mayúscula. Bastante hicieron los dos centrales al cortar jugadas de uno contra uno sin red, con unas cuantas hectáreas a su espalda, abandonados por un sistema de juego admirado por su valentía pero que debe ajustarse con urgencia para no seguir dando esa sensación de fragilidad.
Ni siquiera la baja de Courtois, regalo inesperado de la previa para los intereses blaugrana, fue explotada con la suficiente mala uva. Empezó el día torcido para el Madrid cuando el belga despertó con fiebre. La gestión de su ausencia no fue la mejor: se alargó el suspense durante horas dando a entender que el primer portero, medio enfermo, era mejor que Lunin, percepción que puede ser cierta pero que cabía disimular para no hundir de antemano al segundo portero. No aprovechó el Barça ese factor. Chutó en situaciones forzadas, mérito de la defensa madridista, y cuando las tuvo las desperdició, como en el caso de la clarísima ocasión de Lamine Yamal al borde del descanso. La parada de más mérito de Lunin fue a cabezazo de Gerard Martín. Una grandísima intervención. Pero solo una.
El partido se planteó como la estocada del Barça y dejó la conclusión contraria: el Madrid sale reforzado y con una alineación (la de Bernardo Silva y Güler juntos) con la que construir las bases de un edificio del que antes de visitar Barcelona ni siquiera tenía los planos.
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