Cotiza al alza un perfil capaz de traducir la tecnología a implicaciones concretas para el negocio y de actuar como activista del cambio Leer Cotiza al alza un perfil capaz de traducir la tecnología a implicaciones concretas para el negocio y de actuar como activista del cambio Leer
En la tercera temporada de la serie Silicon Valley, la startup Pied Piper va a lanzar, por fin, su plataforma. Mandan antes el beta a sus amigos… tan frikis como ellos. Todos bendicen la nueva maravilla que va a revolucionar internet. Solo Mónica, socia de una empresa de capital riesgo, se desmarca: le parece demasiado… ingenieril. Nadie la escucha. Y llega el desastre. Tras darse cuenta de que ha lanzado un producto demasiado avanzado, Richard, el entrañable fundador de la empresa, valora más a ignorantes como Mónica y se lanza a explicar su plataforma.
Más acá de Silicon Valley, un informe de la consultora Qaracter advierte de algo parecido. Admite que el 21,1% de las empresas españolas de diez o más empleados utilizaba alguna tecnología de IA en el primer trimestre de 2025, 8,7 puntos más que un año antes, según el INE. Sin embargo, el informe The State of Organizations 2026 señala que el 81% de las organizaciones que experimentan con IA no reporta todavía mejoras económicas significativas y el 86% de los líderes considera que su empresa no está suficientemente preparada para incorporarla a las operaciones cotidianas.
Por eso en Qaracter consideran necesario «pasar de medir cuántas personas utilizan una herramienta a comprobar qué decisiones se toman antes, qué pasos desaparecen, qué errores se reducen y qué capacidad adicional obtiene el negocio». Y de forma urgente. El 81% de los directivos consultados por Microsoft espera integrar agentes de IA de forma moderada o extensa en los siguientes 12 a 18 meses. «La transformación no consiste en hacer lo mismo más deprisa, sino en rediseñar cómo se crea valor, manteniendo siempre responsabilidades claras, supervisión humana y criterios de confianza», dice José Manuel Casado, presidente de Qaracter, cuyo informe concluye que «la adopción mejora cuando existe un propósito de negocio comprensible, los empleados participan en el rediseño, se modifican los objetivos de desempeño y la dirección utiliza la tecnología de forma visible y responsable».
En este momento crucial se impone la figura del líder divulgador. Esteve Almirall, profesor del departamento de Operaciones, Innovación y Data Sciences de Esade, distingue dos niveles. «El de los divulgadores, influencers y profesionales que realizan una labor de difusión en redes sociales y otros canales abiertos es un ecosistema muy heterogéneo en el que conviven youtubers, consultores que se benefician también de la notoriedad que genera esta actividad, académicos con vocación divulgativa y profesionales que comparten conocimiento desde su propia práctica».
El segundo nivel es el de las organizaciones, «donde ocurre algo similar, también en dos planos. En el bottom-up, el uso de la IA como tarea puede generar mejoras muy significativas de calidad y productividad, pero su difusión dentro de la organización depende en gran medida de la existencia de champions o promotores internos en cada equipo, estén formalmente reconocidos o no. Por otro lado, la concienciación y adopción por parte de los equipos de dirección también depende, en gran medida, de personas capaces de traducir la tecnología a implicaciones concretas para el negocio y de actuar como verdaderos activistas del cambio».
Almirall cree que «se necesitan personas capaces de filtrar, interpretar y trasladar esa información al conjunto de la sociedad de una forma comprensible y útil. No basta con conocer la tecnología: hay que ser capaz de explicar qué cambia realmente, qué aplicaciones son relevantes, qué es todavía humo y cuáles son los límites. Al final, el cambio no lo producen las tecnologías por sí solas: lo producen las personas que entienden su potencial, lo traducen a usos concretos y consiguen que los demás lo adopten».
«No existe un único perfil. Entre los divulgadores e influencers conviven profesionales de enorme valor y prestigio reconocido con personas que acaban de entrar en este campo y que, por motivos muy distintos -desde la curiosidad intelectual hasta una oportunidad puramente comercial-, comienzan a dedicarse a esta labor. Lo importante no es tanto una formación concreta como una combinación de capacidades: entender suficientemente bien la tecnología, saber distinguir lo relevante de lo anecdótico y, sobre todo, ser capaz de explicarlo con claridad y traducirlo a implicaciones prácticas». Oro en polvo… «Convertirse en una de estas personas puede ser una gran oportunidad de crecimiento profesional».
Algunos ya vuelan alto. Almirall da dos ejemplos. En el ámbito de la divulgación, Carlos Santana, de dotCSV, «que ha hecho un trabajo excelente explicando IA accesible sin perder el rigor técnico». En el empresarial, Elena Alfaro, que «en el BBVA ha desempeñado también un papel muy relevante en la difusión y adopción de la IA dentro de una gran organización, ayudando a acercar estas tecnologías tanto a los equipos como a los niveles directivos».
En The epistemic debt of generative AI, publicado por la revista científico Nature, Irene Unceta, Paula Subías-Beltrán y Oriol Pujol han analizado cómo el tiempo que ganamos al delegar tareas cognitivas en la IA puede acabar generando una brecha entre lo que somos capaces de producir y lo que realmente comprendemos y podemos defender por nosotros mismos.
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