La tienda se convierte en uno de los centros neurálgicos de la comunidad para suministrar alimentos, medicamentos y recaudar dinero para los colectivos más vulnerables por las redadas migratorias Leer La tienda se convierte en uno de los centros neurálgicos de la comunidad para suministrar alimentos, medicamentos y recaudar dinero para los colectivos más vulnerables por las redadas migratorias Leer
Cuatro cosas llaman poderosamente la atención al cruzar las puertas del Smitten Kitten, un histórico sex shop en el barrio de Lyn-Lake de Mineápolis. La primera, la cantidad de gente que entra y sale, más de 120 en poco más de una hora, en un gélido mediodía de jueves de finales de enero. La segunda, que buena parte de ellos, un goteo incesante de vecinos, llegan cargados de bolsas y dinero, pero se van sin nada. La tercera, que junto a juguetes, libros y preservativos hay montañas de snacks, medicamentos para intentar reanimar por sobredosis de opiáceos, bebidas o máscaras antigás. La cuarta, la que encoge el estómago, es descubrir que Anne, la agotada educadora sexual de 30 años que se ha convertido en un fenómeno en las redes sociales durante las protestas contra el ICE, lleva un chaleco antibalas debajo de la sudadera y lo asume ya como algo inevitable.
El Smitten Kitten es mucho más que una tienda. Lo abrieron hace más de 20 años una pareja llegada de Alabama y se ha convertido en un pilar de la comunidad. «Es un lugar seguro, de reunión para los vecinos y el barrio si tienes problemas de salud, legales, si estás transicionando, no sabes leer un informe médico, has sobrevivido a un matrimonio difícil, una agresión, el cáncer o simplemente necesitas ayuda«, explican Jenifer Pritchett (JP), la dueña, y Anne Lehman, una de las responsables.
El local siempre ha tenido una personalidad fuerte, única, pero desde principios de año se ha convertido además en uno de los ejes inesperado de la respuesta ciudadana contra la presencia de agentes migratorios y de apoyo a los colectivos en riesgo. «Es el corazón de la resistencia», dice, con mucho orgullo, una de las clientas al salir.
El trasiego es constante. En verano la situación económica fue crítica y pasaron de ocho a cuatro empleados y estuvieron dos semanas sin poder cobrar sus nóminas. Desde el Covid la gente compra más online; desde la muerte de George Floyd hay menos peatones por la zona. Y desde los aranceles de Trump, las piezas son más caras. Todos los motores de los vibradores, por ejemplo, vienen de China. Estuvieron a punto de cerrar, pero en los momentos más bajos, la comunidad respondió y ayudó a mantenerlos a flote. Las cafeterías o restaurantes del barrio empezaron a ofrecer descuentos a quien presentara un recibo de Smitten Kitten. Algunos negocios incluso compraron tarjetas de regalo para obsequiar a sus propios clientes. Así que ahora, dicen en el Smitten, les toca devolver el favor.
Desde el cambio de año necesitan más personal y han tenido que contratar seguridad, explica Anne señalando a un hombre sentado a la puerta y que escruta a cada persona que llega, y a un segundo empleado con pistola visible en la cintura, por encima de la ropa. «Hace unas semanas el ICE nos puso en el radar. Nos habíamos convertido en un punto vital de asistencia a los más vulnerables y precisamente por eso empezaron a venir, para intentar detener a los más expuestos. Las familias dejaron de venir a buscar pañales, comida o medicinas y empezaron a mandar a sus hijos, que tienen la nacionalidad. Notamos que las patrullas seguían a los voluntarios y los paraban, y no estábamos preparados para algo así. Hemos tenido que pedir identificaciones en la puerta, porque empezó a llegar gente muy sospechosa intentando infiltrarse», añade. «Cada día recibimos muchas amenazas y bueno, nunca se sabe», dice jugueteando con la placa del chaleco. «La comunidad se ha volcado, pero no estamos formados para todo esto».
El local y sus miembros están viviendo una fase de enorme popularidad y presión, y van aprendiendo sobre la marcha a asimilarlo. Han recaudado decenas de miles de dólares para varias asociaciones, especialmente de mujeres somalíes y familias hispanas. Coordinan donaciones, gestionan el efectivo, han involucrado a restaurantes y cáterings y ayudan a pagar alquileres y llenar neveras. Y hay días en el que dedican el 100% de sus ingresos a costear abogados de inmigración «para más de 500 familias locales de origen somalí y de África Oriental que corren el riesgo de ser deportadas».
En poco tiempo han pasado de un fenómeno local a uno global. Son citados por influencers, la revista Playboy les ha dedicado un lago artículo e incluso actores y cantantes están de golpe en su radar. «Perdona pero tengo que irme un momento a mandar un email», dice Anne durante nuestra visita. Al volver, más de media hora después, explica con cierta incredulidad que estaba hablando con Tom Morello, de Rage Against the Machine, que estará en la ciudad el fin de semana para un concierto de «Solidaridad y Resistencia contra el fascismo» y ha sabido de ellos. «No sé cómo se digiere hablar con uno de tus ídolos», dice sobrepasada.
Ella y sus compañeras intentan cabalgar la situación. «Es muy difícil de explicar. Que de algo tan horrible haya salido una respuesta tan increíble, que de lo peor del ser humano salga lo mejor. Yo siempre he sido artista, hacía performance y en cierto modo buscaba la celebridad, supongo. Ahora, más o menos, ha llegado, pero por las razones equivocadas, y arrastro mucha culpabilidad. Todo esto me pasa factura, mañana tengo que ir a terapia», cuenta mientras explica los mecanismos de ayuda del barrio y el papel de la tienda.
JP, la propietaria, va de un lado a otro lidiando con el stock de juguetes y lencería y el stock de pañales, fórmula y comida de la trastienda. «Cuando empezaron las detenciones entendimos que no podíamos hacer como si nada pasara, preparar San Valentín como si fuera un año normal. Y ahora se ha convertido en lo principal. Nuestro mensaje a nuestros clientes, amigos y vecinos fue: ‘si tienes unos cientos de dólares para un consolador, probablemente los puedes destinar a una causa más urgente’. No sé qué pasará mañana, pero hoy tenemos que hacer lo que tenemos que hacer», dicen mientras atienden a periodistas, abrazan a señoras mayores muy emocionadas o dan a las gracias a los fans recientes que los han descubierto por Instagram y se acercan a dar apoyo y unos dólares.
«Mineápolis es una ciudad hermosa, llena de corazón y alma», dice Anne, que lleva 12 años viviendo aquí. «Son, somos, gente que se preocupa por sus vecinos. Nuestra humanidad no se apaga, no la van a apagar«.
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